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"Los niños y las niñas están teniendo un comportamiento ejemplar en las aulas"

Directoras y directores de cuatro colegios de la Safor hacen balance del primer trimestre del curso más atípico de la historia - Todos coinciden en la rápida adaptación del alumnado a las medidas anticovid y el gran esfuerzo del profesorado

"Los niños y las niñas están teniendo un comportamiento ejemplar en las aulas"

"Los niños y las niñas están teniendo un comportamiento ejemplar en las aulas"

Son las nueve de la mañana y suena la sirena. Los niños y las niñas forman en sus respectivas filas y empieza su rutina diaria: toma de temperatura, lavado de manos, desinfección con gel hidroalcohóico y esperar que entren el resto de clases para no mezclarse con los grupos estables de convivencia. Nada que ver con lo que ocurría hace solo un año en esos mismos patios. Es otra de las pequeñas nuevas normalidades impuestas por la pandemia que azota el mundo desde hace ya un año. La situación podría ser la de cualquier colegio de infantil y primaria de la comarca de la Safor, donde prima, por encima de todo, el cumplimiento de las normas y la seguridad.

Porque el virus trambién ha alterado la vida normal de los centros educativos y ha obligado a los y las escolares a reaprender a convivir en ellos y a los docentes a sumar otra labor más a sus muchas tareas, la de vigilar el cumplimiento de las normas anticovid.

El pasado 22 de diciembre finalizaba de forma oficial el primer trimestre del curso más atípico de la historia. Para los niños y niñas tocaba guardar los estuches y los libros hasta el próximo 7 de enero y para los y las docentes descansar y hacer balance de estos primeros tres meses de nueva normalidad.

Cuando en septiembre empezó el curso muchos temieron que ese regreso a las aulas se traduciría en un aumento de contagios relacionados con la actividad escolar y se dudaba de que el alumnado fuera capaz de adaptarse a tener que llevar mascarilla todo el día y mantener la distancia de seguridad con compañeros y compañeras. El tiempo ha acabado por desmontar aquella teorías y, aunque sí, ha habido confinamientos, cierres de colegios y positivos en aulas, su incidencia ni siquiera se ha acercado a la provocada por las reuniones sociales y familiares.

«Los niños y las niñas han tenido un comportamiento ejemplar, especialmente a la hora de adaptarse a un sistema para el que no estábamos preparados». Lo dice Francesc Sansaloni, director del colegio Cervantes de Gandia y lo comparten otras compañeras como Esther García, que dirige el colegio Gregori Mayans i Ciscar de Bellreguard y asegura que «la adaptación ha sido extraordinaria» o Empar Sastre, del Santa Anna de Oliva, que explica que «desde el primer día, el alumnado ha actuado como si llevara toda la vida cumpliendo esa rutina».

Maria Jesús Santos Juanes, directora del colegio Parroquial San José «Patronato», de Tavernes de la Valldigna remarca que «el uso de la mascarilla y el lavado de manos lo llevan muy bien», pero reconoce que «lo que más cuesta es la distancia de seguridad, especialmente a la hora de jugar». Destaca cómo los pequeños y las pequeñas se han adaptado a las medidas y las han asumido de forma que «son ellos mismos los que están pendientes de todo: lavado de manos, distancia, etc. Ellos no obvian la situación», remarca Santos Juanes.

En este sentido, Esther Garcia destaca «la gran capacidad de adaptación que tienen los niños y niñas» y reconoce que «en el claustro temíamos esta situación con patios divididos, alumnado que no va a poder hacer talleres comunes ni compartir espacios. Pensábamos que la convivencia se vería afectada, pero la respuesta ha sido extraordinaria, han entendido muy bien la situación y eso ha minimizado mucho el impacto emocional».

El director del Cervantes señala, por su parte, que «al principio se les veía más apagados, tristes, les costó acosumbrarse a estar separados de los compañeros, de cumplir normas muy estrictas y cuadriculadas». Esta situación, dice, «duró un par de meses», lo que obligó a los docentes a reforzar el papel sicológico en las aulas. «Aunque no tengas ganas y sea forzado, entras en el aula sonriendo, siempre, intentando que nunca se te borre y les animas, les dices que esto acabará pronto». Esa actitud también se ha trasladado al trabajo docente. «Intentas hacer las clases más amenas, divertidas, incluso con toques de humor para que se rían. Por parte del profesorado se han triplicado los esfuerzos para hacer más llevaderas las clases», explica Sansaloni. Empar Sastre, directora del Santa Anna recuerda que «aquí empezamos el colegio con 70 alumnos y alumnas que no venían porque tenían miedo a contagiarse». Tuvieron que echar mano de los Servicios Sociales e ir casa por casa prácticamente explicando que no había peligro en el interior del centro.

Pasado el tiempo, Sansaloni destaca que «ahora ves que juegan y se lo pasan bien igualmente, porque se adaptan mejor que los mayores» y afirma que «el día que quitemos las vallas del patio y puedan volver a jugar todos juntos será espectacularmente bonito».

Esther García también recuerda que «los primeros días se les notaba más desanimados pero duró muy poco». Eso sí, reconoce que «anímicamente se ha tenido que trabajar mucho, sobre todo en las tutorías, porque hay alumnos y alumnas que han tenido abuelos que han fallecido por covid o madres y padres enfermos». La directora del centro de Bellreguard señala que «se ha invertido mucho tiempo, porque consideramos más prioritario el factor anímico que el trabajo curricular».

«Ha sido raro, atípico»

No poder salir a la pizarra a hacer los ejercicios, mantener la distancia con las maestras o el hecho de que las familias no puedan participar en el día a día de las aulas son cuestiones que tanto los alumnos como el profesorado ha echado de menos. «Para un centro cristiano como el nuestro, donde la Navidad se vive con mucha intensidad y son días en que abrimos las puertas y mostramos a las familias las postales navideñas que cuelgan por todo el centro y celebramos el festival de villancicos, uno de los aspectos más duros ha sido el no poder compartirlo este año con ellas. Ha sido todo muy raro, muy atípico», explica la diretora del Patronato de Tavernes.

En ese sentido, Empar Sastre, casi se emociona al asegurar que «hay niños y niñas que nos dicen que tienen ganas de abrazarnos» y recuerda la anécdota de una alumna que en su carta de Reyes ha pedido precisamante que acabe esta situación para poder volver a acercarse a sus compañeros y compañeras. «Anímicamente esta situación también les ha afectado mucho, porque los niños y las niñas quieren apego», remarca la directora del colegio Santa Anna.

Todas estas cuestiones han recaído en las espaldas del profesorado. Los cuatro directores coinciden en que los maestros y maestras están cansados. No tuvieron vacaciones de verano y ahora, en Navidad, también acuden al centro. A todo el trabajo docente se suma el de «policia» para que se cumplan todas las normas. «Todos lo estamos acusando. Es una situación que causa estrés», señala Maria Jesús Santos Juanes, del Patronato. «Ha sido muy duro a nivel organizativo», señala Sansaloni, del Cervantes. «Nos sentimos cansados, tristes. Se nota en la gestión diaria del centro», insiste.

Empar Sastre, del Santa Anna de Oliva, lamenta que las relaciones entre el equipo docente también sufre los efectos del distanciamiento. «Se ha enfriado porque no nos vemos. Hay gente que tiene factores de riesgo o familiares que lo tienen y es normal que tengan miedo a contagiarse» Las reuniones con las familias tamibén son online. Esther García señala que «la Conselleria de Educación nunca se hará una mínima idea del esfuerzo de los equipos directivos y el sacrificio que estamos haciendo para que se cumplan todas las normas».

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