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ex libris

ex libris | FOTOGRAFÍA DE RAFA ANDRÉS

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Dicen que cuando un árbol crece tuerto ya no hay manera de enderezarlo, pero también dicen, por otro lado, que los milagros existen. Legitimar una de estas afirmaciones en pos de la otra sería desprestigiarla, así que vamos a darle la oportunidad al imaginario popular y por esta vez, sólo por esta vez, pensemos que no todos los árboles que crecen tuertos nunca se enderezan y que hay milagros que existen. Obviamente, a los milagros que se consiguen con trabajo y dedicación me refiero, dejemos mejor los supraterrenales para los expertos teólogos en la materia.

Se dice que la etapa de la educación primaria es la que esboza tímidamente el dibujo que, con algo de suerte, algún día conseguirás hacer de tu vida. Yo la hice en un colegio público que más parecía acercarse a lo privado que a la lucha de igualdad que, parece ser, poco a poco se va instituyendo. Eran los 90, una época que todavía respiraba de esa Transición postfranquista que se negaba a resistirse y que en la educación todavía bosquejaba algún reflejo caciquista. Un colegio público que, sin haber estudiado a Marx, uno se aprendía el sistema de clases a través de representaciones teatrales navideñas donde se simulaba el nacimiento de Cristo. Muy acorde esto, por cierto, con la aconfesionalidad del Estado que pagaba a estos improvisados directores que nos hacían aprendernos papeles que tenían más de letanía lauretana que de villancico pastoral. Obras teatrales perfectamente estamentadas en las que maestros poco objetivos situaban en la cumbre superior a aquellos a quienes creían futuros ingenieros y en el estamento inferior al resto de vulgo. Eran otros tiempos, los musulmanes todavía no estaban por aquí y se acercaban más a personajes míticos que a una realidad tangible y al único testigo de Jehová que había en la clase a veces lo tocábamos para ver si era real o fruto de nuestra pueril imaginación, espiándolo a veces a hurtadillas para ver si sus padres eran como los nuestros o tenían dos cabezas o algo por el estilo. Ahora los colegios son plurales y eso es bello. Hay una unión étnica que enriquece y marca de por vida. Eso enseña respeto y nos aleja de falsos chauvinismos.

Fue en este colegio donde descubrí que tenía dislexia. En realidad, lo descubrió mi madre ya que ni maestros ni pedagogos ni psicólogos supieron a ciencia cierta qué era lo que tenía. Eso fue lo que le dijeron a mi madre aquel 23 de abril de cuyo año no me acuerdo, sinceramente. Sé que era 23 de abril porque al salir del colegio había un mercadillo de libros y mi madre me compró el primero que vio. En vez de rendirse como hicieron otros me obligó a leer. Leí hasta la saciedad. Una y otra vez hasta memorizar fragmentos enteros que todavía hoy sería capaz de recitar -hay que ver qué esponja es nuestro cerebro en esas edades- y cuando llegué a sexto de primaria abandoné el umbral de ese colegio con la capacidad lectora más alta de toda la promoción. Umbral que espero no volver a atravesar, aunque parte de esa generación esté ahora cobrando del Estado una jubilación por el trabajo que tan bien desempeñó. En aquellos momentos, lo recuerdo perfectamente, estaba leyendo Un corazón sencillo, de Gustave Flaubert. Mis compañeros una adaptación del Fantasma de Canterville de 20 páginas, creo recordar.

Luego vinieron aires frescos y renovados. Fue la época del instituto Ausiàs March en secundaria y el Maria Enríquez en bachiller. Fue donde conocí a dos grandísimos profesores, de esos que tienen vocación. Fina Cánovas en el primero y Pep Moncho en el segundo. Ella perfiló magistralmente esa pasión que tenía por la lectura y él fue quien me dio el coraje para empezar a escribir aquello que mi mente adolescente cavilaba. Textos que poco tienen que ver con la corrección que ahora me impongo y andaban más por las vías de la voluptuosidad carnal que por aquel tiempo, innegablemente, todos teníamos.

Siempre recordaré ese primer libro que mi madre me regaló y que fue germen para todo lo que luego vino. La caseta que lo vendía se parecía a uno de esos quioscos de madera cetrina que uno siempre encuentra vagueando sanamente por Lisboa. Él fue la semilla del árbol en el que poco a poco se ha convertido mi biblioteca. Es plural y étnica como las aulas de ahora. Tengo libros en muchas lenguas diferentes que se alternan con Biblias católicas, evangélicas, Torás judías, Coranes musulmanes y Vedas budistas. Ediciones antiguas y otras más actuales. He llegado, incluso, a comprar bibliotecas enteras por Wallapop a herederos poco lectores. Tal vez ocurra lo mismo con la mía el día de mañana, pero lo que importa ahora es el presente. Todos ellos descansan en un lugar estratégico de mi casa que no tiene luz natural porque está en el centro justo de la vivienda. Todos los límites equidistan de esa habitación los mismos metros. Es, por lo tanto, el corazón de la casa. Su centro neurálgico. Es el lugar al que voy, curiosamente, cuando algo marcha mal y veo mi vida como si de la Tragedia de Caldesa se tratase. Cuando veo todos esos libros y todos esos autores revitalizo al instante porque lo que hacen es recordarme que si fui capaz de enfrentarme a la dislexia cuando nadie daba un duro por mí, soy capaz de lo que sea.

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