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San Valentín

En esta racha de vacas flacas en la que todo tiene un aire tan raro, incluso días como el de San Valentín parecen especialmente estimulantes. ¿No habíamos quedado en que esas celebraciones eran un poco cursis y tan impostadas que solo permitían una sonrisa cínica acompañada de comentarios sobre la elevada tasa de divorcios? Sí, pero vivimos tiempos en los que, como dijo Jaime Gil de Biedma, poeta que tanto amó, «nos hacen compañía hasta las manchas de nuestro traje» y no es cuestión de andar derrochando la calderilla porque, ¿podemos aspirar a más? Sin duda los lectores de Gil de Biedma creerían poco menos que un sacrilegio asociarlo a un día como el de San Valentín, pero hasta Falstaff, el excesivo personaje de Shakespeare que amaba tanto la vida que nunca tuvo tiempo para deslumbramientos y flirteos, yendo siempre directo al grano estaría de acuerdo en la necesidad de improvisar, de crearse discretas expectativas de futuro, (entendiendo por futuro un plazo no superior a una semana), a costa de nuestras viejas creencias y costumbres, (entendiendo por viejas las de hace solo un año).

Si pocas cosas pueden imaginarse hoy con garantías de que sucedan tal como las pensamos, ¿por qué no ver en el día de San Valentín un motivo de improvisación y de optimismo, aunque sea para llenar las calles y el vacío de las tiendas? Por otra parte, esa fecha, ¿no evoca situaciones que forman parte de nuestra biografía sentimental, las hayamos vivido en carne propia o en las historias de los libros? Y, sobre todo, ¿no nos recuerdan el misterio fatal de los hechizos y los deseos, que nos acompañan desde la infancia platónica hasta el final?

Aschebach muere en Venecia por amor, la pobre Madame Bovary se suicida en el intento de encontrarlo, y si todos los amantes, a su manera, se sitúan con frecuencia en el filo de la navaja es porque, como dijo Lorca, tienen «miedo a perder la maravilla» sin que nada más importe.

Qué exageración, decían antes las señoras respetables, qué derroche de recursos, reprobaban los padres de familia, que no entendían los réditos de tales aventuras, qué locura, comentaban los sensatos amigos del hechizado o la hechizada cuya edad, desde los dieciocho en adelante, siempre se consideraba excesiva para emprender ciertos viajes sembrados de peligros.

Se diría que esas grandes pasiones no tienen mucho que ver con San Valentín, que parece una fecha pensada, más que para los amantes dispuestos a arriesgarlo todo, precisamente para las versiones actuales de las antiguas señoras respetables y los juiciosos padres de familia. Es decir, para personas realistas, respetuosas con las convenciones, que aspiran a encontrar una razonable cuota de felicidad y seguridad en relaciones de pareja, conscientes de los riesgos de llevar demasiado lejos las cosas del corazón. Pero en favor de las razonables cuotas de felicidad y de la zona templada del amor hay que decir que ya observaba hace más de un siglo Robert Louis Stevenson con cierto asombro el gran número de matrimonios «pasablemente felices» que existían en comparación con los que fracasaban aun cuando quienes los formaban no parecían tener mucho en común. Incluso quienes sean mucho más entusiastas de la segunda señora Bovary que de la primera no dejarán de admitir imparcialmente las ventajas prácticas de esos convenios que transcurren en la zona templada del amor. Quizás sigan siendo muy pobres para la vida, pero para la política, por ejemplo, resultan ejemplares. Y sería estupendo que algunos partidos, conscientes de la importancia de las formalidades, se comportasen con los ciudadanos con esa antigua lealtad: pero les prometieron amor y se van de casa, últimamente a hoteles, y les mienten… Mal tienen que les feliciten por San Valentín. Eso, si les dejan volver.

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