Últimamente, cuando salgo a la calle, surgen en mi mente las palabras Bonjour tristesse, título de una antigua película de Otto Preminger. Esa evocación recurrente no responde ciertamente al argumento del filme, sino más bien a su melancólico título. Las calles casi vacías, la hostelería cerrada, la ausencia del bullicio habitual de una ciudad del Mediterráneo como Gandia, la sensación de encierro, tiñen de tristeza nuestros días y evocan la nostalgia de un tiempo que ya parece muy lejano.

Acuden también a mi mente los versos iniciales del poema Ash Wednesday (Miércoles de Ceniza) de T.S. Eliot, teñidos de desesperanza: «Porque no tengo esperanza de volver otra vez. Porque no tengo esperanza. Porque no tengo esperanza de volver. Deseando el don de este hombre y la capacidad de ese hombre. Ya no me esfuerzo por esforzarme por tales cosas». Bonjour tristesse parece que nos dicen con resignación las decenas de miles de personas que han perdido a familiares y amigos en la pandemia. Y también aquellos otros que han perdido su trabajo o ven cómo se hunde su negocio sin que a nadie parezca importarle… porque no tienen esperanza de volver.

El daño a la economía, secuela de la pandemia, ha golpeado con fuerza a decenas de miles de empresas, especialmente autónomos y a empresas de menos de 50 trabajadores, sin que el Gobierno de España ni los gobiernos autonómicos activaran ayudas directas suficientes para evitar esa sangría. Además, se estima que cerca de un 10% de las empresas están en riego de quiebra, atrapadas en la trampa mortal de verse obligados a cesar su actividad sin recibir a cambio una compensación adecuada.

Probablemente, esa masa de personas que saludan cada nuevo día con un bonjour tristesse, son aquellos a quienes, para frenar la pandemia y por imperativo legal, se les ha «expropiado» su trabajo y su negocio. Están siendo simplemente descartados de la sociedad, abandonados a su suerte. Aunque se les ofrecen algunas ayudas, lo justo y solidario sería darles una compensación suficiente que permita que, cuando finalicen las restricciones, puedan retomar su actividad. Al igual que una expropiación forzosa exige una compensación económica, quienes han tenido que cerrar o limitar su actividad en beneficio de la protección de la salud pública, tiene derecho a un justiprecio, a una indemnización que deben pagar las administraciones públicas.

Y no nos engañemos, desgraciadamente todavía nos queda por vivir mucha tristeza, mucho miedo, mucha desazón. El nivel de riesgo actual, según cálculos propios aún no publicados, es aún similar al de principios de octubre o principios de enero. De ninguna forma puede descartarse una cuarta ola, que incluso puede ser peor que las anteriores. Aunque en el mejor de los casos esto no sucediera, aún faltarían entre diez y doce semanas antes de poder alcanzar un nivel de relativa normalidad.

El error sería comenzar a desescalar las restricciones de forma precipitada y comenzar de nuevo una carrera entre comunidades autónomas para ver quien relaja más las limitaciones a la movilidad y al distanciamiento social. No se debería añadir un nuevo error a una gestión de la pandemia que ha sido desafortunada de forma continuada desde hace ya un año.

En su última comparecencia en el Congreso de los Diputados el 24 de febrero, el presidente Pedro Sánchez afirmó que «en todos los países de nuestro entorno hubo un repunte en Navidad; no se debió bajar la guardia entonces, en consecuencia, no se puede bajar ahora». Tiene razón al admitir el error de no haber extremado las restricciones en diciembre. Y también la tiene al decir que ahora no se puede bajar la guardia… pero es él, como presidente del Gobierno, quien tiene la responsabilidad y la obligación de tomar todas las decisiones necesarias para que no se baje la guardia. El presidente no debe seguir escondiéndose detrás de una cogobernanza que no ha evitado que España esté entre los países con mayor incidencia del mundo. Porque como dijo el mismo Sánchez hace casi un año: «El virus no distingue de territorios ni de ideologías».

Ojalá no pase demasiado tiempo hasta que podamos dejar de comenzar el día con esa sensación amarga que evoca el bonjour tristesse… Aunque de momento, tenemos que seguir esperando porque, como creo que dijo Gandalf, «sólo atravesando la noche se llega a la mañana».