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el arte urbano

el arte urbano | FOTOGRAFÍA DE RAFA ANDRÉS

el arte urbano | FOTOGRAFÍA DE RAFA ANDRÉS

el arte urbano

el arte urbano

El arte, a lo largo de su propia historia, se ha adaptado camaleónicamente a los contextos sociales, culturales, políticos y religiosos que le ha tocado vivir. Precisamente la esencia del arte es la de llevar consigo un discurso que reivindique estos aspectos y separarse así de lo que podría considerarse artesanía, por ejemplo. Esto le ha llevado a madurar a la par de la cronología que lo ha atestiguado o reinventarse, como muchos dicen, aunque no sé si sería la palabra exacta. Así será como se verá nacer el arte no institucionalizado, por contra al que constituía la fuente de legitimidad de los espacios museísticos, junto a otras formas de vida artística que casi por generación espontánea, poco a poco, se han ido alumbrando.

El arte urbano, entre ellos, nació en París y en un primer momento solía acuñar a todas aquellas manifestaciones plásticas que se hacían en las calles y que reunían a un grupo bastante heterogéneo de artistas que desarrollaban diferentes expresiones artísticas mediante técnicas tan afines como los murales, los pósteres o las pegatinas y que solían hacerse dentro del marco de la ilegalidad. Esto no nos puede sorprender ya que todo arte, por muy legitimado y genuino que pueda parecer ahora, siempre nació bajo la sombra de la censura.

Ahora parece ser que el arte urbano empieza a salir de ese halo centrífugo de vandalismo al que siempre se la ha asociado y arraiga con fuerza, manifestando en la mayoría de los casos el elevado grado de virtuosismo que pueden llegar a alcanzar sus obras. De todas formas, en muchos ámbitos, algunos académicos todavía, engloban a este arte como una manifestación de una subcultura de transición sin fuerza ni carga plástica o, en el peor de los casos, como una muestra de contaminación visual.

Personalmente soy de los que disfruta con estas joyas plásticas que podemos encontrarnos diseminadas en recónditos espacios de diversas ciudades de una geografía, ya prácticamente, mundial. La primera vez que me interesaron firmemente los murales fue en Bratislava (Eslovaquia). Su historia particular como ciudad y una arquitectura de raíz comunista, muy racional y austera, le llevó a dar toques plásticos en diferentes lugares de su núcleo histórico que casan, debe decirse, perfectamente con esas cúpulas bulbosas que ya asoman en Centroeuropa, aunque de manera tímida. Otras, como Lisboa, compaginan perfectamente sus fachadas tapizadas de cerámica con obras de arte urbano. En Nueva York, por ejemplo, hay mucha vida fuera de Manhattan y auténticos museos urbanos al aire libre, sobre todo en Brooklyn, concretamente al noroeste: en Bushwick. Sus calles vertebradas por naves industriales y viviendas humildes estuvieron habitadas antaño por inmigrantes irlandeses, alemanes e italianos. Poco a poco se ha ido gentrificando y convirtiendo en un barrio riquísimo en galerías de arte y murales que emplean técnicas verdaderamente depuradas. En cuanto a artistas, tal vez Bansky sea el que ha marcado precedente. Su nombre probablemente sea Robin Gunningham , aunque oculta continuamente su identidad a la prensa y a sus seguidores. Sus obras trascienden las barreras del lenguaje, configurándose estas en una pura retórica plástica que amalgama perfectamente a través de una línea limpia cargada de un siempre necesario discurso social.

En la ciudad de València tenemos grandes obras murales repartidas también, sobre todo, por el barri del Carme y, como lugar de obligada visita, la muestra que hay en la calle Moret.

En Gandia, por ejemplo, desde hace unos años se está desarrollando el proyecto Serpis Urban Art con artistas como Kraser, Elisa Capdevila , Violetta Carpino o Manomatic entre muchos otros. Una de las obras, concretamente la de Toni Espinar y que lleva por título Canviar el món no és bogeria ni utopia, sinó justicia, intenta recrear en su parte izquierda el exterior de la Galeria Daurada del Palau Ducal dels Borja. Totalmente conseguido este efecto, no son pocos los visitantes que perpetúan la arquitectura esgrafiada del mismo Palau con el efecto óptico que propone el mural sin atisbar, en la gran mayoría de las veces, la ilusión que el mismo supone y que el guía debe aclarar.

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