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los lunes del «mar llatí»

Q uizás los «Toni y Fani», «Mar Llatí», «Olivero», «Ximo» y «Rosquilla», para los lectores treintañeros les puedan sonar a auténtico chino cantonés. Me refiero a los ya desaparecidos merenderos de la playa de Gandia, los primeros grandes hosteleros de la comarca de la Safor. Todos ellos, sin excepción, llenaban a diario sus grandes y luminosos espacios montados sobre la arena, a pocos metros del paseo marítimo.

Era una gozada pasar por allí sobre las siete de la tarde y ver grandes ristreras de paellas secándose al sol limpias como patenas. A ojo de buen cubero, podías hacer un cálculo de la gran cantidad de gente que allí acudía a saborear sus productos, todos de primera calidad. En aquella época lo único congelado eran los helados de Avidesa. Los platos estrella: las paellas y, cómo no, la todavía incipiente fideuá, hoy emblema de la gastronomía gandiense. Los camareros con sus: «¡marchando... ¡una de calamares!, ¡paella mixta para cuatro!, ¡ensalada para cinco!, ¡cuatro ‘biberones’ Águila, ¡tres Starks Turia!, dos Pepsi Colas, dos gaseosas La Gandiense y tres Mirindas para la mesa cuatro». El bullicio de franceses, alcoyanos, saforencs y de los ya multitudinarios madrileños era impresionante.

Recuerdo con nostalgia aquel verano de 88. Un grupo de amigos nos citábamos todas las semanas en la playa en nuestro El Txoco a la valenciana. El merendero «Mar Llatí», propiedad de la familia Pastor. Se nos distinguía por el slogan de nuestras bonitas camisetas: «Los Lunes del Mar Llatí». En aquella peculiar mesa te podías encontrar con todo tipo de personajes. Habitualmente destacaban: El famoso crítico de cine, Oti Rodríguez Marchante, el periodista Basilio Rogado, exdirector de Hora 25 y la revista Interviú, su mujer Lourdes Zuriaga, directora del programa Agroesfera de TVE, Antonio Martín, productor de Blau Films y, cómo no, el gran y popular Antonio Ferrandis, el famoso «Chanquete», en pleno apogeo de su carrera. Acudían también conocidos gandienses como José Luis Olivares, Antonio Mayans, Pascual y Juan Castelló, Jesús Cloquell, Ximo Barber, Rafael Real... y los hermanos de la «Gamba», Paco, Ángel, Pepe, Manolo y yo. En la mesa destacaba por su gran altura y presencia el bróker de origen holandés, Antonio de Wit, padre del jinete Juan Antonio, campeón de España de hípica, y de Santiago, actual Nuncio de la República Centro Africana y Chad.

De las opíparas comidas se encargaban el bonachón, simpático y cariñoso Miguel Torres, más conocido por «Bleda». Lo suyo, entre cervecita y cervecita, eran las paellas y fideuaes. ¡Las bordaba!

Había un plato extrañísimo para la vista de los turistas, del que se encargaba en exclusiva el prestigioso reumatólogo Camilo Añó. La espardenyà, compuesta por anguilas, pollo, conejo, patata, pimentón, ajo, guindilla, aceite… Las hacía tan exquisitas que, aun siendo una bomba de relojería por aquello del calor y calorías, todos los platos quedaban pulidos con aquel pan casero que nos traía de Guadassuar, su pueblo.

A las siete de la mañana ya empezaba a elaborarla. Acercarse a su caldero era misión imposible. Camilo fue una bellísima persona que desgraciadamente nos dejó muy joven.

Cuando íbamos llegando al merendero, en la entrada, nos recibían con una traca y diez acreditados músicos de la banda de Ador que, al son de música fallera, nos daban la bienvenida. No paraban de tocar y, si lo hacían, era para tomarse alguna cervecita, unas aceitunitas rellenas La Española y las famosas papas del Grau. No había pieza musical que se les resistiera. Entre plato y plato desfilaban por todo el comedor al son de: El Fallero, Amparito Roca, Churumbelerias, Valencianeta y la archiconocida Paquito el Chocolatero. Los turistas agradecidos aplaudían a rabiar. Algunos también se animaban a bailar. Después de comer y beber y el café sobre las mesas, llegaba el mayor espectáculo jamás visto en un merendero. Nada más ni nada menos que «El Hombre de Fuego» protagonizado por el valiente Juan Bautista Cano, conocido en el puerto como «El Chato Feliciano». Y de ayudante, su inseparable amigo Juan Bataller, alias «Machinet».

Una vez preparada una mesa sin mantel, se subía, se quitaba la camiseta y se espatarraba como un monje tibetano. «Machinet», el ayudante, siempre a su lado, sostenía en una mano una toalla mojada y en la otra un mechero BIC en espera de instrucciones del rígido «Hombre de Fuego». El repique del tabalet nos ponía a todos de los nervios. Cuando Juan Bautista Cano levantó su dedo pulgar, «Machinet» encendió el mechero y prendió fuego a su peludo pecho. El «Hombre de Fuego» ardió como una falla. Aquellos segundos, hasta que su ayudante le tapó con la toalla, se hicieron interminables. El fuerte olor a gallina quemada llegaba hasta la Colonia Ducal. Los aplausos por la peligrosa actuación también. Después de aquel susto, quemaduras de primer grado incluidas, vino la calma y de nuevo todos a bailar.

Pero aún quedada la traca final. El desfile musical por la misma arena en busca de la pareja ideal. Como notario oficioso, por ser experto en ello, Jesús Cloquell, provisto de un precioso ramo de flores, presidía el desfile. El resto, detrás, en formación de fila india al son de Paquito el Chocolatero. Después de algunas vueltas alrededor de los turistas que no salían de su asombro, Jesús se paraba cuando creía que debía hacerlo y respetuosamente le ofrecía el ramo de flores a la chica elegida, siempre con la complicidad de su pareja. Hoy, como está el tema, de «papel de fumar», estaríamos todos en el cuartelillo por machistas.

Nunca hubo ni un mínimo problema con nadie. Los turistas agradecidos por la actuación de la banda y nosotros por las fantásticas comidas.

Con la desaparición de los merenderos y la llegada de los siempre conflictivos chiringuitos, la playa perdió uno de los atractivos turísticos mejor valorados. Siempre quedará en el aire si fue una buena idea quitarlos y las formas de hacerlo. ¿Por qué no haberlos modernizado periódicamente y ubicarlos estratégicamente por toda la playa? En otras muchas, sobre todo en Andalucía, si lo han hecho y hoy son intocables por lo que aportan al turismo, espetos incluidos...

Este relato lo dedico a todos los de aquel espectacular grupo de «Los Lunes del Mar Llatí», pero especialmente a los que ya no están entre nosotros, entre los que incluyo a mis hermanos Paco y Manolo.

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