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de artes y tinieblas

de artes y tinieblas | FOTOGRAFÍA DE RAFA ANDRÉS

de artes y tinieblas | FOTOGRAFÍA DE RAFA ANDRÉS

de artes y tinieblas

de artes y tinieblas

Cuando empecé a estudiar me fasciné perdidamente de la obra de Caravaggio. Díscola y rebelde hasta el paroxismo, su personalidad solo hizo que acrecentar esa magnífica paleta llena de claroscuros que dominó a la perfección hasta el fin de sus días. Prácticamente se puede decir que he pasado tantas horas en esta vida durmiendo, necesidad vital necesaria, como observando sus obras, y que he recorrido el mundo entero buscándolas en cualquier museo o catedral en los que encontrar un mínimo rasgo de su soberbia pincelada. Gracias a él conocí a otra de las grandes: Gentileschi. Y ambos formaron juntos con el preimpresionista Bazille la Santísima Trinidad a la que siempre me encomiendo, pictóricamente hablando.

La obra de Caravaggio es un reflejo de la vida que tuvo, siempre al servicio del poder pero irremediablemente al lado de los más desgraciados. De taberna en taberna iba buscando los modelos imperfectos para sus transgresoras obras siempre cubiertas de un velo de tenebrismo que reflejaba verdades alejadas del canónico idealismo católico que intentaba adoctrinar la Reforma.

Con él, la Virgen ya no transita ni adormece, sino que muere. Todo un sacrilegio para el dogma. Y, además, sus restos corpóreos son los de una prostituta muerta, hinchada, que fue encontrada en el río Tíber. Con él, también, un San Pedro muere humillado, con una mirada aterradora, lejos de acoger con gloria el martirio al que estaba predestinado.

Caravaggio acercó una obra que en origen era catequética e idealista al pueblo que, al fin y al cabo, era el último receptor de dicho mensaje salvífico. Hizo de su vida una obra y de su obra una fuente de legitimidad para el orden social de aquella convulsa época. Todos estos cambios no se pueden atribuir a una especie de protovanguardia, naturalmente, pero está claro que toda desviación del canon acerca cada vez más el cambio.

Precisamente Caravaggio ha sido noticia esta última semana, ya que el pasado jueves, la casa de subastas Ansorena de Madrid estuvo a punto de vender una obra atribuida a la escuela del valenciano José de Ribera por un precio de salida de 1.500 euros. Se trata de una Coronación de espinas claramente tenebrista con un manejo del claroscuro caravaggista bastante notable. Un oleo sobre lienzo de 111 por 86 centímetros.

Fue precisamente el senador italiano y también crítico de arte Vittorino Sgarbi y la profesora Maria Cristina Terzaghi quienes alertaron sobre su posible autoría y desde el museo del Prado se paralizó la venta, ya que de ser una obra de Caravaggio su precio de salida ascendería hasta los 150 millones de euros aproximadamente. Ahora únicamente cabe esperar, ya que la obra se encuentra en un estado de conservación bastante deteriorado y está a la espera de concedernos un poco más de luz en el asunto.

Sin dejar de lado a Caravaggio, una cosa que me sorprende mucho de su herencia actual son los continuos tableux vivant que se hace de sus obras. Es decir, reproducirlas exactamente con una minuciosidad teatral excelente. De esta práctica precisamente, salvando las distancias, vendrían posteriormente las performances y las instalaciones. De estás, por cierto, buena muestra es el Museu Valencià d’Art Modern de València, que cada cierto tiempo nos muestra cómo el arte rebasa fronteras, no limitándose únicamente a la reproducción plástica figurativa o abstracta.

Precisamente todo este movimiento en constante ebullición debe sus raíces a obras que, dentro sus contextos, de alguna manera intentaron desdibujar la norma impuesta. Por lo tanto, ante cualquier obra que transgreda, el espíritu de Caravaggio también está presente. He ahí parte de su grandeza.

En una imagen tan inquietante como la de la fotografía que acompaña este texto está también presente, ya que inquieta al observante, de igual modo que lo hacían los modelos trasnochados del pintor barroco. Ese escorzo incoherente y esa mueca cerrada con un botellín de agua hace un llamado claro a la censura que tanto se ha vivido, y vive, en la historiografía del arte. Son puestas en escenas incómodas porque no se atañen a lo establecido, pero que son precisamente los pasos necesarios para una nueva concepción del arte.

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