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la doncella justiciera

Todo comenzó en el mes de marzo de 1520. Una tarde fui a tomar el té a palacio invitado por mi tío, el duque Francisco de Borja. Además del parentesco, me unía a él la afición por los trenes eléctricos y la lectura de La Codorniz, la revista más audaz para el lector más inteligente.

Don José Luis, el mayordomo, y doña Teresa, el ama de llaves, habían preparado un exquisito five o’clock tea en el salón de coronas, donde no faltaban las bebidas espirituosas y los más deliciosos pastelitos, entre los que sobresalía el exquisito tiramisú.

Estábamos reunidos con su esposa, la cantante de fados Leonor de Castro, y observé un hondo gesto de preocupación en sus semblantes debido, sin duda, al depravado comportamiento de su sexto hijo, Sixto, que había decidido ponerse por montera el sexto mandamiento. Su libidinoso desenfreno comenzó cuando Leonardo da Vinci le regaló un curioso velocípedo, con el que mi primo se puso a pedalear por los caminos del Ducado abusando de cualquier fermosa moza que cayera en sus redes. Sentado en su trono de balancín, nos acompañaba el duque real Alfonso el Viejo tomando el chocolate del loro municipal mientras evacuaba a modo de ventosidades doctrina sobre la cultureta. El anciano, que era persona muy ilustrada, viendo la zozobra de los duques les aconsejó.

Cherchez la femme.

Es imposible, contestó el duque. No se trata de una sola mujer, son muchas las que ha mancillado.

Yo, que había estudiado francés en un prostíbulo de Marsella, le expliqué a mi tío que el anciano son Alfonso se refería a una mujer justiciera, que como enviada de Dios castigara a aquel hijo descarriado.

Una semana después de aquella tarde en palacio, se precipitaron los acontecimientos. Paseaba mi primo con su velocípedo por los alrededores de Oliva cuando en una de las torres del palacio de los Centelles divisó a una bella muchacha que le llamaba. Sixto se acercó al torreón y la doncella le echó una escala de garduño. 

Sube que sube que sube, trepa que trepa que trepa, cae en manos de un querube, la hija del conde, la Pepa.

Pepita Centelles abrió sus brazos y cuando mi primo intentó abrazarla recibió un fuerte golpe en la cabeza y cayó al suelo.

Todo estaba preparado en el palacio de los Centelles. Mi tío Andrés Cardona, médico de los condes, y su ayudante, el doctor Devesa, esperaban la llegada del cuerpo de mi primo y en cuanto lo tuvieron sobre la mesa de operaciones le abrieron la vejiga y, tras extraerle los testículos, los sustituyeron por dos huevecillos de codorniz. La doncella había hecho justicia.

Dos meses más tarde, mi primo, que no recordaba nada de lo sucedido en Oliva, andaba muy preocupado porque su miembro ya no se excitaba como antes y, de pronto, comenzó a sentir dolores en la vejiga. Los huevecillos habían eclosionado y aparecieron dos pequeños polluelos que a través del uréter intentaban salir a toda prisa al exterior. Los alaridos de dolor de Sixto, el sexto hijo del duque de Gandia, fueron la constatación de que a partir de entonces observaría finalmente el sexto mandamiento.

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