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La cura de las cosas

la cura de las cosas | FOTOGRAFÍA DE RAFA ANDRÉS

la cura de las cosas | FOTOGRAFÍA DE RAFA ANDRÉS

El siglo XXI está innegablemente acompañado por aquello a lo que llamamos «obsolescencia programada». El materialismo, que tan necesario es para alcanzar peldaños en la codiciada Pirámide de Maslow dentro de un sistema tan frío y calculado como lo es el de Occidente, constituye hoy en día la necesidad básica que, de niños, a través de forzadas campañas de marketing y una educación un tanto heterodoxa, nos embullen hasta entrar en ese ciclo sin fin que Buda llamaba Samsara y nosotros, simplemente, hastío comercial.

la cura de las cosas

Se trata de alcanzar continuamente la novedad de un producto que, muchas veces, dista de otras versiones de este simplemente en detalles superfluos en contenido, pero notorios en físico. Al fin y al cabo, la apariencia es lo que importa, ¿no? Esta nueva era es la mueve sistemas tan complejos y volátiles como lo es el Capitalismo, por ejemplo, que de forma cíclica nos condena a años de vacas gordas y otros de vacas flacas. ¿Recuerdan el sueño del Faraón que José debió interpretar? Esto reduce exponencialmente las fortunas que, como meandros, zigzaguean de forma poco arbitraria siempre entre las mismas manos.

la cura de las cosas

Por lo que respecta al llano de valle de la ciudad, poco a poco ha ido presenciando la extinción de cientos de oficios que observaban el valor de las cosas y a través de técnicas que requerían más de precisión que de erudición enciclopédica, eran capaces de devolverle la vida a objetos que, en su momento, fueron fabricados para durar.

Me viene a la mente uno que, si bien no se ha extinguido oficialmente por estas zonas, cierto es que está viviendo su última agonía, y me refiero a los relojeros. Pocas cosas más fascinantes hay en este mundo que observar los engranajes de un reloj y ver cómo acoplan, ajustan y embragan a la perfección sus pequeñas ruecas para que, de forma rítmica -como el pulso humano- nos den una información que es pura invención de la humanidad pero que, sin la cual, la vida como la tenemos planteada sería imposible. Después están los afiladores de cuchillos también, reductos de los cuales todavía podemos encontrar diseminados por algún pueblo del mediterráneo y que, al verlo pasar uno, más le parece tener delante una pieza museográfica del Etno que una manera de subsistir dignamente hasta hace apenas dos días.

En la calle Loreto de Gandia tenemos también un pequeño habitáculo apenas perceptible donde su propietario, natural de Cienfuegos, Cuba, todavía arregla zapatos, cinturones y un largo etcétera. Son personas que conocen profundamente el valor de las cosas y lo aplican a través de cientos de remedios caseros para darle durabilidad a todo aquello que es propiedad de uno mismo. Son conocedores de técnicas que, pareciendo simples a primera vista, su dificultad radica en la búsqueda, muchas veces larga y costosa, que los ha llevado a conocer y aplicar el remedio perfecto al mal que achaca a cada objeto en cuestión.

Luego están los paragüeros, que solían dedicarse únicamente a este menester o englobar en su saber hacer otras técnicas curativo-materiales, y entonces recibían el nombre de lañedores. El paraguas, en realidad, es una de las cosas más simples que ha inventado la humanidad y que es absolutamente necesaria. Adaptados a los poderes adquisitivos de cada uno, tenemos paraguas de rango abolengo y otros más simples y sencillos. Los hay estampados o lisos. Plegables o largos. Se pueden combinar con la ropa que uno viste o, simplemente, dejar la elección en el negro, que como saben siempre combina con todo. Su sistema es fácil; una capa se ajusta al varado que, de forma radial, a su vez se engama al fuste central desde el cual sujetarlo. Los paragüeros se dedicaban por estas tierras, y todavía lo hacen en diferentes regiones africanas y sudamericanas, a acoplar ese varado a la capa central que, muchas veces, se descarna, y más si el agua está acompañada de viento. La caída en picado de la calidad y, por ende, el precio, ha hecho que la «correcta» elección en Occidente siempre sea comprar uno nuevo en vez de perder el tiempo arreglando el usado. No únicamente con los paraguas: también los cuchillos, los relojes, los zapatos… Compramos barato y pensamos así que ahorramos dinero, pero todo lo barato es caro en realidad. La vida útil de los objetos disminuye tangiblemente en base a como nuestra esperanza de vida aumenta. El caldo de cultivo perfecto de los grandes productores en cadena está servido mientras que de los pequeños artesanos ha quedado su esencia, el mito, el recuerdo de que hubo un tiempo en el que la personalidad de uno iba unida a aquello que le pertenecía y cuidaba de ello. Ahora, tanto gustos como modas, son tan irascibles como esos días soleados en los que de repente truena y te pilla sin paraguas.

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