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pascal renolt y la justicia poética

Expulsado de su partido, ¿Pascal Renolt forma parte del contingente de los políticos sobrantes o, además del derecho a conservar su acta de concejal, tiene razón? En primer lugar hay que recordar que los reparos éticos de los partidos resultan superfluos (además de confusos) cuando la ley asiste plenamente a quienes, huidos o expulsados, se encuentran en la situación del concejal de Cs.

Las lecturas «éticas» sobre tales casos resultan simplemente retóricas si recordamos que la ley y la experiencia de cuarenta años de listas cerradas demuestran que rara vez quienes son expulsados de un partido político dejan de acogerse a sus derechos legales por muchos «códigos éticos» y compromisos que hayan aceptado antes. Lo estamos viendo no solo en el caso de Renolt sino en quienes desertan en desbandada de Cs en espera de ser rescatados, con suerte, por el PP a precios de saldo.

Todos esos comportamientos pueden ser patéticos, pero son legales, nada sorprendentes y no deben someterse a un estéril escrutinio ético que solo desvía la atención del eterno problema de las listas cerradas, del hecho de que no elegimos directamente a los políticos que nos representan, sino que votamos a partidos que todavía nos privan de ese derecho ciudadano. Más allá de la opinión que nos merezcan personajes públicos como Pascal Renolt lo cierto es que la «Carta ética» de su partido es un brindis al sol y que el lanzamiento de Cs a escala nacional bajo el patrocinio de grandes grupos de presión habría sido una operación mucho más complicada de haberse sometido a procedimientos de más calidad democrática, como las listas abiertas. Es simplemente ridículo que un partido que pone y quita candidatos a dedo, impone arbitrariamente a desconocidos como cabezas de lista o les expulsa sin aclarar públicamente las razones de esa medida, pretenda ahora hacer de la ética uno de sus fundamentos.

El descrédito que atraviesan los partidos es el resultado de su espectacular alejamiento de la sociedad, que se produce porque la Ley Electoral, como ya dijo hace veinte años nada menos que Felipe González, «sigue siendo la que pensó el centro derecha en el poder, que provenía del régimen anterior, para mantener la hegemonía política durante cierto tiempo».

Las cosas no solo no han cambiado desde entonces, sino que el debate sobre listas abiertas y la reforma de la Ley Electoral ni siquiera está en la agenda de ninguna formación política. No tenemos, pues, políticos elegidos directamente por los ciudadanos sino listas blindadas servidas por organizaciones cerradas controladas por camarillas que ni siquiera intentan hacer proselitismo.

El otro día decía Alfonso Guerra en una entrevista que los políticos de su generación eran más competentes, lo cual es falso, pero en cualquier caso fue su generación la que consolidó los partidos como organizaciones cerradas que, como sabemos de sobra, no funcionan democráticamente. La famosa frase de «el que se mueva no sale en la foto» es suya.

Pero, para bien y para mal, todavía las convenciones representativas se sostienen únicamente en las siglas de los partidos, y está bastante claro que sin el cartel de Cs Pascal Renolt tenía tantas posibilidades de ser elegido concejal en Gandia como de ser nombrado arzobispo metropolitano de Guatemala. La legalidad le permite conservar su acta, y sobre esa cuestión no hay mucho más que decir, pero tan legal como que Renolt siga en el consistorio representándose a sí mismo contra el criterio de su partido es que la alcaldesa le deje económicamente con aquello a lo que tiene derecho, y sin un euro más.

La política y la estética se llevan rematadamente mal, pero a veces ciertas decisiones cumplen las mismas funciones que la justicia poética. Lo que responde, por lo que se refiere a Renolt, a la pregunta inicial.

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