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berlanga en colón

El otro día el periódico informaba de que Berlanga había dejado un guion inédito titulado ¡Viva Rusia! y páginas más adelante el escritor francés Emmanuel Carrère, premiado con el Princesa de Asturias, decía que España y Rusia eran países «poco razonables». El pensador liberal Isaiah Berlin, escribió a finales de los años 50 del siglo pasado un ensayo en el que, refiriéndose a la de Rusia, señalaba que «seguramente nunca haya existido una sociedad más profunda y exclusivamente preocupada por sí misma, por su propia naturaleza y por su destino». Y después Berlin recordaba la preocupación, pese a sus diferencias, de Chejov, Tolstoi, Turguenev o Dostoievski por el «problema ruso» y de «los publicistas, historiadores, teóricos políticos, sociólogos, críticos literarios, filósofos, teólogos y poetas que analizan qué significa ser ruso, o las virtudes y destino de los rusos en tanto que individuos y sociedad, pero sobre todo el rol histórico de Rusia sobre las naciones», y si ese país era «un ejemplo anómalo, atrofiado o frustrado de algún modelo occidental superior».

Pero ese ensimismamiento por el «ser de Rusia» no es muy distinto de las preocupaciones por el «ser de España», el «problema de España», la «europeización de España» que regresa una y otra vez con fuerza renovada. Solo en España, por ejemplo, un libro como Imperiofobia, ocupado en ajustar cuentas supuestas pendientes con un pasado ingrato -la Leyenda Negra- y señalar a la vez una suerte de destino colectivo nacional podía haberse convertido en un éxito de ventas, y su defensa en un acto de afirmación ideológica hasta tal punto que, de haberse hecho caso a Savater o a Vargas Llosa, su autora, Elvira Roca Barea, también habría recibido, como Carrère ahora, el premio Princesa de Asturias. Y eso a pesar de que Imperiofobia (que José Luis Villacañas considera directamente infumable) ofrece ya desde las primeras páginas trazas inconfundibles de su pelaje, como cuando su autora escribe cosas como esta: «Partamos del axioma de que el ser humano no es por naturaleza suicida y de que tiende a obrar en su mayor beneficio».

Frente a esas efusiones patrióticas impregnadas de erudición, pero descaradamente ideológicas, Victoria Camps, más preocupada por los problemas del presente, ha recordado que «España es un fracaso en términos de construcción nacional». Hasta tal punto el «problema de España» sigue planeando sobre la política española que permite todo género de manifestaciones contradictorias: el llamado «problema» catalán, el insurgente y permanente pulso de Madrid al gobierno como efecto reactivo, la muy distinta percepción de la realidad política que muestran los medios centralistas y periféricos o las simpáticas propuestas de Ian Gibson en su último libro sobre una República Federal Ibérica que solo se entienden en un país, como dice Carrère, poco razonable.

No es extraño, pues, que los indultos previstos para los presos independentistas catalanes hayan provocado una vez más dos visiones irreconciliables que, sin embargo, no permiten la equidistancia desde un punto de vista liberal. Una sigue siendo deudora de una idea nacional esencialista propia del siglo XIX, y la otra parte de la necesidad de reconocer los problemas para superarlos por vías democráticas sin volver la vista hacia un pasado muerto en busca de un supuesto carácter y destino inexorables.

Una se comporta hoy con lo que llama «izquierda bolivariana» como lo hacían con los liberales los monjes que, libro a libro, engendraron el pensamiento reaccionario español, y dedican al «gobierno ilegítimo» los mismos epítetos y anatemas de corte moral y la misma intolerancia y santa ira, ahora en nombre de la Constitución y de «la libertad».

Otra, digan lo que digan los equidistantes, es la España democrática y plural que, con todas sus insuficiencias y defectos, es la única de la que puede esperarse algo más que viejos ensueños patrioteros que hoy no son más que artimañas para conquistar sin escrúpulos el poder.

Sobre el fondo de esa España retraída y cruel cuya última expresión política fue la dictadura franquista Berlanga hizo un puñado de películas inolvidables. Lo que nos proponen hoy los energúmenos reunidos en Madrid es un gran salto hacia Berlanga, hacia la melancolía histórica, hacia una idea de España completamente inútil para la convivencia y más bien cómica a fuerza de presentarse como única solución de un «problema» que solo puede tener un tratamiento político plural, democrático, afrontado con inteligencia, generosidad y desde el respeto a las reglas del juego democrático. ¿En qué país civilizado un grupo de partidos convoca a las multitudes, despreciando las decisiones del gobierno y del parlamento, para exhibir con orgullo su crueldad? Más aún cuando esos partidos representan todo lo que los liberales rechazan de plano: la corrupción organizada, el poder de los grupos de presión y el involucionismo ideológico. Y más cuando la fanática reivindicación del cumplimiento íntegro de las penas desprecia olímpicamente el hecho de que los políticos llevan cuatro años entre rejas, la existencia de razonamientos jurídicos discrepantes (comenzando por los de Martín Pallín y Javier Pérez Royo) o los informes favorables a los indultos emitidos por los organismos europeos, por no hablar de la opinión de los catalanes. Si se tiene en cuenta, además, que el partido de la corrupción fue el que envenenó la convivencia en Catalunya y en el resto del Estado recurriendo el Estatut de 2006 en el Tribunal Constitucional, la vieja pregunta de Larra se impone como la única cuestión moral aceptable: ¿entre qué gentes estamos?

Si algo repitió el liberal Isaiah Berlin (que también votaba a los laboristas) es que los sistemas de pensamiento cerrado, las soluciones dogmáticas y unilaterales que reaparecen periódicamente para dar carpetazo a problemas complejos son un peligro para la libertad y la propia viabilidad de la política que, por naturaleza y como la misma democracia, es conflictiva, imperfecta y a menudo lenta y decepcionante.

Solo las ideas liberales y el principio de realidad nos librarán de ser señalados como un país de majaderos, de los dogmatismos, fanatismos y ensimismamientos sobre los que alertaba Berlin y que en Rusia y en España sembraron las condiciones de regímenes infames. Pero a las hordas de Colón todo eso les importa un bledo, porque lo que pretenden es tomar el poder a cualquier precio. Ni siquiera dan, todos juntos, para preguntarse por qué se quieren ir de España tantos catalanes, a pesar de los errores políticos de sus dirigentes, y si no ha llegado la hora de la reflexión, de la responsabilidad y del consenso. Si como ejemplos de ciudadanos razonables no dan la talla y como liberales tampoco, ¿para qué sirven, entonces?

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