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la irresistible ascensión

El alcalde socialista de Valladolid, Óscar Puente, ha dicho esta semana que Toni Cantó es «un mierda que va a cobrar 75.000 euros por rascarse los huevos a dos manos», declaración que invita a preguntarse por los tránsfugas, su naturaleza actual y la de los partidos que les amparan. No importa aquí el caso particular de Cantó, sino el mierda como tipo que tiende a imponerse en la política nacional.

De acuerdo con la octava acepción del término, el socorrido diccionario de la RAE, define «mierda» como «persona despreciable», lo cual no aclara gran cosa. Sin embargo, el mierda político puede objetivarse, y puesto que existe y se presenta con características totalmente nuevas merece un intento de aproximación.

Durante la Transición a quienes saltaban ágilmente de un partido a otro por motivos no siempre edificantes se les llamaba «chaqueteros», si bien el «chaquetero», siendo con frecuencia un oportunista, rara vez era un mierda. Tras encastrarse en el partido que le acogía, no siempre sin reservas, y una vez alcanzado su objetivo, el chaquetero procuraba no dar la nota y se confundía entre el paisaje en un intento, con frecuencia logrado, de exorcizar su pasado, de reinventarse y hacer méritos. El chaquetero aspiraba a no tener historia, a que se olvidasen sus cabriolas, fintas y contorsiones, y hasta a caer simpático para encontrar un lugar bajo el sol en la naciente democracia española, que hizo del chaquetero un fenómeno político hasta cierto punto inevitable durante la construcción del bipartidismo. Contagiado del entusiasmo del momento histórico, el chaquetero no era un simple secuaz, ni carecía de una vaga vocación de servicio público.

Cuarenta años después de la eclosión del chaquetero, el mierda, por el contrario, se siente de maravilla cambiando una y otra vez de piel, de siglas, de programas, y cultiva un exhibicionismo compulsivo, una desfachatez despampanante que ni siquiera pretende justificar, pues el mierda carece de ideología, de principios, de compostura y de condiciones para la política. El mierda no se oculta ya en una discreción pasada de moda, y reivindica sus contradicciones y acrobacias con algo que debe ser más que cinismo, una forma de envilecimiento que a menudo acompaña con una sonrisa o una frase irónica para dejar bien claro no solo que no tiene vergüenza sino que no le importa admitirlo. Pues si algo ha captado el mierda con indudable olfato es el espíritu de los tiempos, la volatilidad y corrupción de los discursos, la fragilidad de las convicciones, la provisionalidad de cualquier plan y la maleable condición de la opinión pública, una parte de la cual apoya al mierda, jalea al mierda y llegado el caso le vota.

A la tarea pedagógica no ya de normalizar la condición política del mierda sino de promocionarlo como como ejemplo de valores deseables, se entregan sin descanso editorialistas, articulistas, tertulianos, presentadores de televisión, locutores de radio, filósofos, y, por supuesto, sus nuevos compañeros de partido, que hacen suyo al mierda, arropan al mierda, le dan palmadas en la espalda y le suministran cargos, coches oficiales, subordinados, despachos enmoquetados y un salario espléndido, todo con cargo al presupuesto, acciones que anticipan y fomentan la aparición de nuevos mierdas ansiosos por despuntar, un mercado político en el que los aspirantes a mierdas compiten entre sí por demostrar quién es más mierda, quién da muestras de valer realmente para afrontar con orgullo, sin complejos y veinticuatro horas al día las patrióticas tareas que se reservan en España para el mierda.

Hasta la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, el mierda era un producto tercermundista, propio de democracias en vías de desarrollo. En las consolidadas carecía de poder, de expectativas, de plataformas –mediáticas, políticas, sociales, económicas- que permitieran su irrupción en la escena pública, donde era percibido solo como una remota posibilidad, una peste y un baldón que ningún país podía permitirse sin perderse el respeto. En esas democracias los cordones sanitarios no se crearon específicamente para el mierda, pero impedían su aparición.

En España, sin embargo, el prestigio del mierda es inmenso, goza de prerrogativas sin cuento, se le colma de elogios, congrega padrinazgos de toda clase, sale mucho en la tele y el pueblo llano no le escatima ese afecto espontáneo que solo destina a aquellos que -no importa por qué métodos- han alcanzado la fama.

Se equivocan quienes ven en el mierda, en los éxitos del mierda, un fenómeno individual, episódico o reparable, otro (otro más) de esos casos de desvergüenza a los que tan acostumbrados estamos, porque el mierda, la irresistible ascensión del mierda, anuncia el regreso de una mentalidad pavorosa cuyo primer objetivo es banalizar y desacreditar los fundamentos de la política, convertirla en un territorio donde ya no se diriman ideas o se resuelvan civilizadamente conflictos sino en el escenario de esa irracionalidad brutal que siempre acaba llegando cuando quienes detentan el poder o esperan conquistarlo anuncian que ya no hay nada qué discutir ni explicaciones que dar. En vez de hablar tan mal del pobre Toni Cantó, el alcalde de Valladolid debería apuntar con más tino y hablar más claro.

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