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haciendo historia

En uno de sus ensayos Juan Marichal recordaba que el historiador francés Charles Seignobos «defendía el carácter de su disciplina como ciencia que investiga lo que solo ocurre una vez». En ese sentido el inesperado salto de Diana Morant a la primera línea de la política nacional es un hecho histórico que ha tenido una resonancia especial, como es lógico, en la ciudad de la que ha sido alcaldesa durante los últimos seis años. Hace ocho días la conciencia de lo monumental y lo insólito se apropió de la ciudad, pero no menos que sus representantes en el Ayuntamiento de Gandia, la mayoría de los cuales desconocía el nombramiento de Morant, incluidos los concejales socialistas. Si algunos elogios un tanto pasados de rosca dedicados al fulminante ascenso de Morant compararon su importancia a la de «los clásicos del siglo XV» se debían a la excitación y a las improvisaciones del momento y a que la política rara vez tiene ocasión de celebrarse a sí misma.

Los socialistas celebraban un éxito en clave de ciudad, pero, sobre todo, en clave de partido, y la presencia de Pepa Frau y José Manuel Orengo en los plenos extraordinarios del pasado domingo venía a subrayar el acierto de la apuesta sucesoria hecha en su día por Diana Morant, quien tanto debe a Pedro Sánchez (si se puede hablar de política en esos términos) desde que hace seis años el hoy presidente del Gobierno pactara con Albert Rivera desalojar al PP de la alcaldía de Gandia.

Ahora Morant es ministra de un gobierno presidido por alguien a quien no votó en las elecciones a la Secretaría General del PSOE (lo hizo por Susana Díaz) y aunque la titular de la cartera de Ciencia e Innovación posee la formación y la experiencia política suficientes para cumplir las expectativas, es indudable que las combinaciones y equilibrios de poder en el seno del PSOE le han sonreído en la misma medida en que han condenado a destacados sanchistas como José Luis Ábalos o Carmen Calvo. Desde el punto de vista de la distribución del poder, Diana Morant pasa a ser una valiosa pieza del aparato socialista valenciano en Madrid, pero además representa algo nuevo en la política española: la revalorización de la experiencia local como salvoconducto para ejercer las más altas magistraturas del Estado.

Al renovado ejecutivo de Pedro Sánchez se han incorporado tres alcaldesas de ciudades pequeñas y medianas, y esa necesaria apuesta por desdramatizar la alta política cambia en el enfoque que hasta ahora se había tenido sobre la importancia de la gestión en los ayuntamientos.

Tras seis años en la alcaldía de Gandia, el legado de Diana Morant puede resumirse como el de la normalización institucional, el de la recuperación económica (la reconducción de la deuda) y el de la elaboración de un programa coherente de objetivos de ciudad. Morant ha sido la cabeza visible de ese proceso de puesta al día que no ha terminado y se inició en condiciones especialmente adversas en un ayuntamiento económicamente arrasado, intervenido por el Ministerio de Hacienda y obligado a cambiar radicalmente la ruinosa pedagogía populista de su predecesor en el cargo. Como responsable última de dos gobiernos de coalición en sendos mandatos, Diana Morant queda ligada a un periodo de pactos que han devuelto a la ciudad sus coordenadas democráticas, aunque las circunstancias hayan limitado el alcance su radio de acción personal, que ahora podrá desarrollar sin trabas en un ministerio crucial para aproximar la ciencia y tecnología españolas a estándares europeos.

Que una política gandiense sea nombrada ministra, al cabo de una semana no es más que una anécdota por mucho siglo XV e imaginación que se le eche, pero que esa política se ponga al frente de una cartera de la que depende en gran parte la transformación del país y vaya a manejar además un presupuesto estratosférico es sin duda un dato memorable. Y más aún visto desde escalas locales, o desde los progresos escalonados habituales en las promociones internas de los partidos.

El nombramiento de Morant provocó un efecto carambola sobre otro valor emergente socialista, José Manuel Prieto, desde hace una semana convertido en la primera autoridad municipal. No es probable que Prieto defraude como alcalde porque, pese a su juventud, ha demostrado tener dotes naturales para la política y la inteligencia suficiente para relacionarse con los hechos sin autoengañarse ni faltar escandalosamente a la verdad, encajando deportivamente las críticas, lo cual es más de lo que puede decirse de la mayoría una clase política moldeada en la disciplina de partido, la cultura de las listas cerradas y la retórica oficial. Ese ensimismamiento crea un muro de incomunicación con la calle que los políticos no suelen percibir hasta que el muro se les viene encima y se quedan sin margen de maniobra. Por eso resulta alentador que, a menos de dos años de las próximas elecciones locales, el nuevo alcalde haya dicho que no dejará sin pisar ninguna calle de Gandia y que la política es «la capacidad de escuchar». Como declaración de principios (o como definición de la política) es de manual, pero si Prieto la ha señalado es precisamente porque su partido ha cubierto de manera desigual esa necesaria aproximación a los ciudadanos.

En solo unos días, a través de varias declaraciones y actuaciones (como los inesperados elogios a Compromís o la remodelación de ciertas áreas de gobierno) Prieto ya ha comenzado a marcar un perfil propio y, para los intereses inmediatos de la ciudad, su llegada a la alcaldía es un dato que también puede verse desde los criterios históricos de Seignobos. Aunque, bien mirado, ¿qué no ha sido histórico en estos tiempos pandémicos? De lo que se trata ahora es de normalizar lo extraordinario en el ministerio y en Gandia, porque de que terminen bien esos curiosos giros de la historia dependen, como diría Josep Alandete, la felicidad y el bienestar de los ciudadanos.

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