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Hay alcalde

A l final del pleno corporativo celebrado en Gandia el pasado jueves, Víctor Soler resumió los dos meses de José Manuel Prieto en la alcaldía como un periodo en el que no se había producido «ni una mala palabra ni una buena acción». Después, fiel a sus limitaciones políticas, le colgó al alcalde el sambenito de «radical». Si los problemas expresivos de Soler le obligan a caer siempre en los tópicos más adocenados, haciéndole más previsible que la próxima derrota del Getafe, quizás debería apuntarse a un curso de sevillanas para encontrar la alegría comunicativa que le falta y transferir los logros obtenidos en el baile a sus letárgicas intervenciones plenarias. No resultaría más persuasivo, pero sería menos plúmbeo.

Tampoco puede decirse que Prieto sea unas castañuelas, si bien, al contrario que el líder popular, dispone de amplios recursos que le permiten compensar ventajosamente esos rasgos de carácter. Señalaremos dos. El primero es una agilidad mental y una elocuencia puestas de manifiesto precisamente durante el pleno del jueves que desacreditaron por completo los tópicos e insidias de Soler y dejaron dialécticamente al líder de la oposición para el arrastre. Aunque Soler no sea precisamente, como político, un peso pesado y en cada lance verbal, con independencia del contrincante, demuestre su infalible condición de sparring, siempre anima comprobar cómo la fuerza de los argumentos se impone a las embestidas de la desfachatez.

El segundo recurso que asiste a Prieto, y el que más importa a la ciudadanía, se refiere al ejercicio de la autoridad, facultad que nadie puede desempeñar sin demostrar en cada ocasión que se ha ganado el derecho de mandar. Estaba por ver si Prieto se había ganado ese derecho no ante a su partido sino al frente del gobierno y ante una oposición que le había negado los protocolarios cien días de gracia. El jueves el alcalde liquidó las dudas sobre sus capacidades como primera autoridad municipal cortando de raíz el conato de bronca que, a cuenta de la estúpida cuestión del poster de Lenin, sacada a colación de nuevo por Soler, amenazaba con llevar al pleno a las más altas cotas de la miseria. Prieto se apresuró a situar el tema en su auténtica e irrelevante dimensión, negándole el turno de réplica al concejal Nahuel González y recordando que ni las instituciones ni los tiempos están para gansadas. Pese a su carácter casi anecdótico el caso revela que Prieto se consolida como alcalde al tiempo que la oposición demuestra por enésima vez no tener ni de lejos el fuste suficiente para proyectarse como alternativa.

Aunque a un coste ruinoso, en Gandia parece haberse superado la teoría de Barnum, el famoso empresario circense, según la cual lo que quiere la gente es que la engañen. Pero las opiniones de Barnum deben ser tenidas en cuenta en la misma medida en que no hay que confiar en exceso en los vientos favorables, pues pueden cambiar inesperadamente. Como sabemos de sobra, que las cosas cambien es casi lo único con lo que hay que contar. Otro cabeza de lista en el cartel electoral del PP, por ejemplo, transformaría completamente el panorama, y en el mercado electoral, como es evidente, la teoría de Barnum nunca desciende por debajo de cierto nivel.

A año y medio de las próximas elecciones locales entramos en el ciclo político de las persuasiones. En ese escenario, mientras el PP viaja a velocidad de crucero hacia la nada y Pascal Renolt prepara su epitafio, los partidos del gobierno salen, en principio, con ventaja. Personalmente será, además, un momento decisivo para Prieto, que tendrá que demostrar hasta el final de su mandato las virtudes políticas exhibidas el jueves porque en Gandia los plenos municipales no los ve nadie.

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