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ahora, pandora

L os Papeles de Pandora han sido vistos por la mayoría de la gente con indiferencia, como uno de esos enredos de millonarios que se repiten cada cierto tiempo sin que las cosas cambien o lo hagan solo superficialmente hasta el siguiente scoop sobre paraísos fiscales. Incluso el divertidísimo caso de ver a un gigante de la literatura como Vargas Llosa reducido a la vulgar condición de hipocritilla (precisamente cuando el admirador de Reagan y Thatcher acababa de instruirnos sobre el arte de votar «bien»), tiene una repercusión limitada en un mundo que ha perdido definitivamente la capacidad de asombro y en el que cualquier información, por sorprendente o importante que parezca, dura un suspiro.

Incluso el volcán de La Palma empieza ya a cansar a los administradores de las noticias candentes. Una vez cubierta con creces la cuota de espectacularidad que las mismas empresas periodísticas contribuyeron a crear, y conscientes de los golpes de efecto en que se basa su negocio, parecen no saber ya cómo hincarle el diente al dichoso volcán, del que no pueden decir nada nuevo, salvo que ahí está, dale que te pego. La atropellada llegada a la isla de políticos y periodistas al inicio de la erupción ha dado paso a un escenario en el que, por falta de costumbre, no saben cómo actuar. A veces las teles llaman a un vulcanólogo para que anime el cotarro, pero la mentalidad científica de los vulcanólogos y sus rigurosas exposiciones técnicas, como las de los epidemiólogos durante la pandemia, no son algo que cautive al personal. Los hechos consumados han dado paso a los hechos consumidos y los Papeles de Pandora no han cubierto más que a duras penas el creciente vacío informativo que van dejando los cada vez más triviales «rugidos» el volcán.

Como los Papeles de Panamá, los de Pandora han sacado a la luz a millonarios del más variado pelaje profesional e internacional demostrando una vez más que nada une tanto a las naciones como el deseo de burlar al fisco y de nuevo han puesto de moda un debate ético simplemente decorativo. Vargas Llosa seguirá escribiendo sus artículos en el mismo periódico que en España informó en exclusiva del escándalo. El primer ministro de la República Checa, que lidera las encuestas de intención de voto pese a las revelaciones de Pandora, probablemente continuará gobernando su país, perteneciente a la UE, tras las elecciones de este fin de semana y en nada se alterarán la popularidad y las fortunas de Santiago Calatrava, Julio Iglesias, Shakira, Miguel Bosé, Pep Guardiola, Corina Larsen y la de quienes aparecen en la larga lista de evasores fiscales. Otra vez se impone sin excesivas trabas la idea de que el mundo está hecho a medida de los ricos, de los muy ricos, esos a los que no cuesta mucho imaginar diciendo sin pasión, como quien informa de un dato, que ellos se limpian el culo con los papeles de Panamá, de Pandora, de Shangri-La y de Kumbayá. Hoy el jefe de la banda de Chicago difícilmente podría ser juzgado por sus alteraciones contables en un país que hace cinco años votó a un presidente que durante una década no pagó un solo dólar en impuestos sobre la renta y después vendió cara su derrota negando la legitimidad de los resultados electorales y provocando el asalto al Capitolio sin que tales hazañas le impidieran seguir jugando al golf.

En España, donde tantos patriotas disfrutan de cuentas en Suiza, tenemos sobradas razones para sorprendemos poco ante ese creciente giro hacia la banalidad del fraude fiscal, y menos después de que el llamado Rey Emérito haya encontrado en la fiscalía del Tribunal Supremo una comprensión ante sus flaquezas tributarias de la que no gozaron raperos como Valtónyc (en el exilio) o Hasél (en la cárcel) por hablar mal de los Borbones. Quizá si los raperos hubiesen sido grandes evasores fiscales los tribunales se habrían mostrado más indulgentes con ellos.

Dentro de dos, tres o cuatro años aparecerán otros papeles de Panamá, de Pandora, nuevas listas de evasores famosos reveladas por esforzados periodistas comprometidos con la verdad. Y volverá a abrirse un fugaz debate ético, un debate de pobres, de verdades mal asistidas por la legalidad, que no podrá, como no puede hoy, competir con la demoledora filosofía de Julio Iglesias, titular de veinte sociedades offshore y de unos 800 millones de euros, porque para los auténticos millonarios la vida sigue igual.

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