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víctimas y victimarios

El 11 de mayo de 1943 Franco visitó Jaén. Recorrió la ciudad en un vehículo descapotable y fue recibido por las autoridades y por un Batallón Ciclista del Ejército. Una semana después, al alba del día 18, un hombre de 39 años fue fusilado por un piquete de soldados de ese batallón. El ajusticiado era un aparejador de un pueblo de Teruel, que durante la Guerra Civil se hizo llamar Pancho Villa. Había huido del campo de concentración de Albatera al finalizar la guerra y consiguió una documentación falsa que le permitió vivir y trabajar en Madrid durante dos años, pero en 1941 fue detenido por la Guardia Civil y enviado a Jaén para ser juzgado.

La historia se puede observar desde distintos ángulos. La trayectoria de José Poblador, alias Pancho Villa, se puede ver desde su papel de víctima o en su vertiente de victimario. Víctima de la represión franquista y también victimario cruel. Lo que es extravagante es considerarle defensor de la democracia, aunque ya figura en algunas webs dedicadas a la memoria democrática.

Poblador fue un miliciano que estuvo en Gandia en el verano de 1936 y no sólo atemorizó a derechistas sino también a comunistas y socialistas. El Pancho Villa auténtico, el mejicano Doroteo Arango, había muerto trece años antes y Poblador adoptó su alias quizá por identificación con el mítico bandido-revolucionario, que no dudaba en aplicar la violencia extrema frente a sus adversarios.

En julio de 1936 la CNT le encomendó a Poblador tareas de avituallamiento para las milicias anarquistas de la FAI de Madrid, lo que explicaría su presencia en Gandia durante agosto y sus correrías por Valencia, Alicante y Murcia, en las que utilizaba un autocar rotulado con el texto «VIVA PEPE PANCHO VILLA». El 19 de agosto la columna de Poblador asesinó a siete derechistas y a otros diez el 23 de agosto, procedentes de la prisión de Gandia y de la cárcel de las Escuelas Pías, entre ellos cuatro jesuitas y un canónigo. En septiembre de 1936 se integró en la Columna de Andalucía y fue destinado a Alcalá la Real (Jaén) y también allí realizó sacas y asesinatos que están perfectamente documentados. Trasladaba a los presos en su autocar y los ejecutaba en algún paraje cercano. Sin embargo, en otras localidades liberó a derechistas condenados a muerte previo pago de sustanciosas cantidades.

En 1937 se incorporó a un batallón de la 79 Brigada Mixta, pero reservaba su valentía para la represión en la retaguardia. Cuando tuvo que atacar una posición enemiga, se disparó en una pierna simulando haber sido herido en combate y logró ser evacuado a una clínica de la CNT de Jaén. Al ser procesado por su autolesión argumentó diferencias políticas con los mandos de su unidad. Era más fácil asesinar a sacerdotes ancianos y a derechistas indefensos que enfrentarse con un enemigo armado. Dijeron de él que tan pronto parecía «un asesino en cuyos viles propósitos nadie le detenía», como «una persona de aparente bondad», un perfil probablemente de sociópata.

Las motivaciones de Pancho Villa se situaban en el fanatismo anarquista extremo, pero sus acciones no guardaban relación con la defensa de la democracia y la República. Los anarquistas se habían sublevado contra la República en 1932 y 1933 y se habían adherido parcialmente a la revolución de 1934 alentada desde el PSOE. La democracia, si no se retuerce el concepto hasta vaciarlo de contenido, no estaba entre los ideales de Poblador ni de gran parte del espectro político. Tanto a derecha como a izquierda abundaban quienes no contemplaban más opciones que la revolución proletaria -comunista o anarquista- o la contrarrevolución -burguesa o fascista-, despreciando lo que denominaban despectivamente la democracia burguesa.

El mismo nombre del proyecto de ley de Memoria Democrática causa perplejidad. Confunde a víctimas con victimarios a partir de un objetivo digno que se difumina en el articulado de la ley. Es loable el «reconocimiento de los que padecieron persecución o violencia por razones políticas, ideológicas, de conciencia o creencia religiosa, de orientación e identidad sexual, durante el período comprendido entre el golpe de Estado de 1936, la Guerra Civil y la Dictadura franquista», aunque excluir la revolución de 1934 sea obviar a sus víctimas. Declara nulas «todas las condenas y sanciones dictadas durante la Guerra Civil y la Dictadura por los órganos de represión franquista» lo que excluye, por ejemplo, a las víctimas de Pancho Villa. Se condena el golpe de Estado de 1936, pero no la insurrección de octubre de 1934, de la que el socialista Indalecio Prieto tuvo la gallardía de pedir perdón: «Me declaro culpable ante mi conciencia, ante el Partido Socialista y ante España entera, de mi participación en aquel movimiento revolucionario. Lo declaro como culpa, como pecado, no como gloria».

La ley de Memoria Histórica desprende aromas propagandísticos y electoralistas. Se pretende construir un relato en el que la izquierda tiene el papel de víctima y sus adversarios el de victimarios. Como dijo Viktor Frankl «en este mundo hay dos razas de hombres: la de los hombres decentes y la de los hombres indecentes. Ambos se encuentran por todas partes, penetran en todos los grupos sociales. Ningún grupo consiste por completo de personas decentes o indecentes», pero eso es algo que el Gobierno de España prefiere olvidar.

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