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La tinta de calamar

La prohibición en algunos centros escolares de que los alumnos se disfracen de personajes de El juego del calamar en Halloween hace pensar en los consejos que hace años daba la Conferencia Episcopal para que los niños se vistieran de santos y angelitos en vez de calaveras y brujas. La opinión, en ambos casos, de que hay cosas que «no son pedagógicas para los niños» choca sin embargo no solo con la fuerza de la industria cultural sino con la psicología infantil (o simplemente con el poder de la imaginación) más fascinada por transgresiones y ficciones que por los hipotéticos efectos de ciertas virtudes menos divertidas y en cualquier caso de rentabilidad mucho más tardía. Por eso los niños, puestos a elegir, han preferido siempre jugar a ladrones, piratas o bomberos rodeados de catástrofes o a indios y vaqueros liados a tiro limpio antes que a inspectores de policía, a almirantes de la Armada o a vendedores de seguros contra incendios. Y no digamos ya a santos y angelitos.

Los psicólogos advierten del efecto de emulación de El juego del calamar y de su recreación en escenas violentas, pero ni las viejas películas del Oeste crearon pequeños jueces de la horca ni las sangrientas películas de acción sembradas de cadáveres y asesinos en las que fueron educados muchos de esos profesionales les convirtieron en un peligro para la sociedad. Tampoco Superman o Spiderman les hicieron saltar por la ventana con intención de salvar al mundo. ¿Significa esto que los niños deberían ver la serie coreana? Claro que no. Significa que para vestirse como ciertos personajes de El juego del calamar no hace falta haber visto la serie, y que el efecto de emulación quizás se limite, simplemente, a seguir una moda. A algunos, o a bastantes, lo que les pone nerviosos es el constante estado de alarma en que parece vivir el equipo de guardia psicológico habitual, cuestión sobre la que extrañamente nunca se pronuncia.

Si no responde a necesidades evidentes, cada limitación de la espontaneidad y la ingenuidad infantil realizada en nombre de la moral adulta suele ocasionar reveses inesperados. Cuando en Réquiem por un campesino español, el cura les dice a los niños que no deben mirar a las mujeres al pasar junto al lavadero del pueblo, los niños lógicamente, hacen lo contrario y empiezan a hacerse algunas preguntas quizás antes de tiempo.

No hay restricción moral que no se inspire en los mejores propósitos, pero cuando ciertas cautelas se trasladan con excesivo celo al mundo lúdico de la infancia lo que indican habitualmente es que los adultos han perdido la imaginación o han olvidado los días de su niñez o comparten las ideas de aquel personaje de Dickens, Mr. Gradgrind, partidario de educar «en realidades». Los padres y madres que han decidido prohibir en Halloween los disfraces copiados de El juego del calamar alegan que la serie es inapropiada para los niños, que no solo no deben verla sino, por lo visto, evitar cualquier contacto mental y epidérmico con ella. Es un punto de vista respetable, y no es probable que ningún niño quede traumatizado por esa pequeña censura indumentaria, aunque solo sea para no terminar en el psicólogo. Pero no menos respetable es la opinión de otros padres y educadores –en realidad la mayoría- que ven menos dramáticamente el asunto, o la de instituciones como el ayuntamiento de Beniarjó, que hasta ha creado un Passatge del terror inspirado en la serie. Como respetables son quienes, por razones distintas a las de la Conferencia Episcopal, ven Halloween como un lamentable ejemplo de colonialismo cultural o echan pestes de la moda de ver series. Todo eso se entiende. Lo que se entiende menos es en función de qué atribuciones la policía municipal de Almoines lanzó en las redes sociales el siguiente mensaje preventivo: «Queridos padres y madres. Les recordamos que El juego del calamar no es para menores en edad de ir a la escuela». Al parecer, los preocupados agentes ignoraban que velar por la recta educación de las familias no se encuentra, ciertamente, entre los deberes de la policía. Lo que nos remite a esa verdad como un templo que nos recuerda que el infierno está empedrado de buenas intenciones.

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