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Las clarisas de Gandia vuelven al obrador

Las cuatro religiosas más jóvenes actualizan las instalaciones y los permisos con Sanidad para elaborar dulces y helados - Desde hace unas semanas también han vendido detalles de regalo y decoración para financiar obras de restauración

El convento de Santa Clara de Gandia, en la plaza de la Duquessa Maria Enríquez. | LEVANTE-EMV

La máxima religiosa del ora et labora, reza y trabaja, siempre ha estado en la actitud de las monjas del convento de Santa Clara de Gandia. Y en ese labora estaban los dulces, especialmente el membrillo, que eran muy apreciados en la ciudad. También se hacían formas para consagrarlas y usarlas en las parroquias de la Safor, e incluso fuera de la comarca. Con ese dinero la institución podía sufragar los gastos del día a día.

Pero como en todos los lugares, las prioridades van por delante y por eso hace cerca de diez años esa actividad se suspendió porque las monjas jóvenes tenían que cuidar de las más mayores. «Ellas son nuestro mayor tesoro», señala sor Caridad, que atiende a este periódico para explicar que en todo este tiempo han fallecido varias de las más ancianas y que eso permite que ahora dispongan de un poco más de tiempo para trabajar y vender sus productos.

Así lo están haciendo ya con unos detalles que han tenido mucho éxito en días previos a la Navidad. Nacimientos, figuras del Niño Jesús y otros objetos a los que se añaden recuerdos para bodas, bautizos, comuniones u otras celebraciones religiosas. Con ese dinero, señala sor Caridad, no solo se contribuirá a los gastos ordinarios del convento, en el que ahora viven ocho mujeres, cuatro jóvenes o otras cuatro más mayores, sino que también meterán algo en una hucha para poder acometer obras de mantenimiento. Como ellas esperaban, y como es habitual en esta ciudad, la respuesta de los gandienses ha sido muy positiva y en poco tiempo han consolidado ese pequeño «mercado» de artesanía religiosa que se vende a través del torno del convento, porque, como es sabido, en Santa Clara viven monjas de clausura.

Además, el deseo de volver a invertir una parte del tiempo en la elaboración de productos no se queda solo en el arreglo de detalles. Siempre separados por la mampara de la clausura, sor Caridad explica a este periódico que la comunidad «quiere vivir de nuestro trabajo» y que ya están ultimando el obrador, adaptado a las normas exigidas por la Conselleria de Sanidad, para ponerse a elaborar dulces. «Ya hemos pedido un horno, una batidora y todo lo necesario», señala la religiosa sin ocultar su satisfacción, y añade que incluso se ha gestionado el seguro de autónomos para las cuatro monjas más jóvenes que llevarán a cabo esa función. Así quedarán cubiertas por la Seguridad Social en el caso que se se produzca cualquier accidente.

«Hemos estado viviendo de la caridad y de la Providencia», indica la que es una de las hermanas más jóvenes de este convento ubicado en pleno centro de Gandia y en el que es muy posible, según añade, que se puedan vender hasta helados durante el periodo de verano.

Una mujer se asoma al torno del convento, donde se venden los productos, como los del mostrador. | LEVANTE-EMV

Tradición en toda España

Lo de elaborar y vender productos realizados en conventos, tanto de monjas como de monjes, es muy habitual en toda España y, en algunos casos, se ha llegado a convertir en una auténtica industria que proporciona mucho más dinero del que se necesita para el día a día. Así se ha podido invertir en las restauraciones y mejoras de edificios que, a veces, son auténticas joyas patrimoniales.

En el caso de Gandia destaca lo que queda de la antigua iglesia conventual. La puerta, que es una transición del románico al gótico, figura entre las imágenes más antiguas de la ciudad, pero donde se necesita actuar rápidamente es en el interior. Ese pequeño templo, que desde hace algunos años alberga la primera capilla de adoración perpetua de la Safor, sufre humedades importantes y requiere una buena mano de pintura. «Sabemos, porque el convento está declarado Bien de Interés Cultural, que tendremos que pedir permiso» a la Conselleria de Cultura, señala sor Caridad, que insistentemente proclama el deseo de todas las monjas en contribuir en el sostenimiento de las instalaciones en esta nueva etapa de sus vidas. «Para las obras en la capilla», concluye, «se necesitan miles de euros».

Más allá del aspecto religioso, el convento de Santa Clara de Gandia, en el que fue abadesa María Enríquez, abuela de san Francisco de Borja, es una institución querida en la ciudad. Pese a tratarse de hermanas de clausura, en los últimos años su relación con el exterior es mucho más abierta, y disponen de mucha colaboración, tanto entre el colectivo de la Semana Santa como en el conjunto de los ciudadanos y entidades sociales.

Entre los aspectos curiosos, aunque no sea exclusivo de esta ciudad, figura llevar una docena de huevos al convento para pedir que no llueva en jornadas señaladas, como Fallas, Semana Santa, bodas u otras celebraciones. Pero otros han donado este producto con otro tipo de deseos.

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