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otro pleno invisible

otro pleno invisible

El pleno del pasado lunes en el que se votaron –y aprobaron- los presupuestos de Gandia de 2022 no solo fue extraordinario en el sentido reglamentario. Lo fue, sobre todo, en su desarrollo político y en sus repercusiones informativas. Este periódico se refería el martes a la «tensión» que acompañó a las intervenciones, dato más que relevante que sin embargo no apareció reflejado en ningún otro medio de comunicación local.

otro pleno invisible

Nos hallamos una vez más ante otro pleno casi secreto, cuya escasa difusión no parece alterar la idea sobre la «comunicación» municipal que manejan el gobierno y la oposición. En sus cuentas en las redes sociales los concejales, tan activos ante cualquier menudencia de partido, mostraron otra vez un silencio abisal sobre un acto institucional del que, además, eran los protagonistas y que en esa ocasión cobraba una importancia especial. Ningún partido con representación municipal parece haber reparado en que nociones como la de participación ciudadana o la de representatividad difícilmente pueden tomarse en serio cuando ni siquiera se publicitan fuera de los circuitos oficiales las sesiones plenarias, teóricamente los actos instituciones de mayor interés cívico que puede llevar a cabo una corporación. Vivimos en la sociedad red, pero en Gandia nadie ve los plenos, ni siquiera por la red.

Sería ridículo esperar que la gente se aficionase en masa a seguir los plenos, pero entre eso y la nula curiosidad que actualmente despiertan incluso los presupuestarios hay una diferencia que debería invitar a la reflexión política. Más aún cuando se hace necesario conjurar el fantasma de la desafección ciudadana hacia los partidos y a la luz, además, del 33% de abstención registrado en las últimas elecciones locales, el porcentaje más alto desde 1979.

Sin embargo, a día de hoy, la corporación no parece muy preocupada en estimular la demanda ciudadana de política municipal en sus expresiones más solemnes, ni que el vecindario pueda informarse no solo del resultado de votaciones cantadas sino sobre las actuaciones políticas que les preceden y que, en el caso del pleno del lunes, fueron especialmente reveladoras de la calidad del debate político municipal. Probablemente la palabra «debate» sea demasiado elevada para designar el tono del pleno presupuestario, un espectáculo marcado por las agarradas verbales entre el alcalde y el líder popular.

Por enésima vez Víctor Soler construyó un personaje impecable y sin pasado que le permitía interpretar el papel no del actual dirigente del partido que endeudó a la ciudad en 140 millones de euros en un solo mandato sino del político responsable y escrupuloso en el uso de los caudales públicos que no fue cuando gobernó. Esa impostura teatral condicionó y desvirtuó de cabo a rabo el desarrollo del pleno. La cuestión que flotaba en el ambiente no era tanto el debate sobre el ejecutivo en otro ejercicio marcado por la pandemia, o la distribución de los 90 millones presupuestados, como los alucinantes códigos de conducta políticos que aún mantiene el PP local. Probablemente esos códigos le sirvan a su líder para justificar su sueldo –que afortunadamente no ha sido suprimido por el ejecutivo, como el gobierno del que formaba parte Soler hizo con la oposición- pero no le sirve de nada a la ciudadanía para confiar en la política como ámbito de discusiones racionales.

El absurdo de que el único partido con representación municipal que no se ha renovado desde los tiempos de Torró se niegue a admitir su responsabilidad en la deuda es una anomalía no resuelta por el PP local que en el plano político produce los mismos estragos que el despilfarro en el plano económico, con la diferencia de que es más difícil revertir sus efectos perversos. El cambio de liderazgos en el PSOE local no exime a ese partido de su cuota de responsabilidad en la deuda, pero le ha permitido reconvertirse y durante los últimos seis años sanear con éxito el desastroso estado de la hacienda local. Cuando finalice el actual mandato se habrá liquidado una parte importante de la deuda sin que la ciudad haya dejado de funcionar ni haya renunciado a importantes proyectos, sin olvidar que ese proceso también ha dejado como ejemplo de solvencia política una ministra. Por el contrario, como partido, el PP pretende que su parálisis orgánica, su falta de renovación interna y su insólito sentido de la realidad sean metabolizadas por la ciudadanía como parte de la normalidad política. Una situación que no puede producir debates sino espectáculos plenarios como el del lunes.

Pero que las intervenciones de Soler, como las relaciones amnésicas con su pasado, fueran una vez más rechazables en términos de responsabilidad no significa que todas las cuestiones a las que se refirió el líder popular durante el pleno presupuestario carecieran de sentido o fuesen falsas. Aunque afectasen escasamente al grueso del presupuesto algunas eran políticamente relevantes. El aumento en un 90% de la partida de comunicación o la constante exposición mediática del alcalde son datos de interés, no porque hablase de ellos Soler (que tanto contribuyó al despilfarro de esa partida durante el mandato de Torró) sino porque por ese incremento no aclarado también se pregunta la gente que aspira a estar informada.

Si, como dijo Sir Basil Liddell Hart, uno de los más brillantes estrategas militares del siglo XX, en estrategia el camino más largo es la manera más rápida de lograr un objetivo, empieza a ser evidente que el PSOE es la única formación política que a menos de año y medio de las elecciones locales cuenta con una. Pero que los partidos organicen estrategias demasiado visibles indica que no son las mejores. La que el PSOE ha puesto en marcha en torno a la figura del alcalde responde más a necesidades de partido que a exigencias institucionales y el recorrido por esa zona difusa entre la representatividad y la publicidad no puede ser muy largo. Tampoco parecen justificarse en la necesidad o en las atribuciones del cargo las constantes intervenciones del alcalde en la última sesión plenaria, y no solo en esa, para rebatir las de Soler, tarea que corresponde menos a la primera autoridad municipal que a su partido, ni son pertinentes las advertencias de dejar al líder popular sin el uso de la palabra por la naturaleza mendaz o el cinismo de sus afirmaciones, que tampoco son una novedad. Soler ha sido el único político local que ha expulsado a un concejal de la oposición de un pleno, cuando, en junio de 2014, ocasionalmente sucedió a Torró como alcalde en funciones, y aunque las diferencias entre Prieto y Soler sean formidables no debería el alcalde dar motivos para que le confundan. Parece que no, pero en los plenos pasan cosas cuyo evidente interés público merece algo más que una invisibilidad casi total.

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