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fouché

Teodoro García Egea y Pablo Casado, en un acto en Cartagena.

Q uiso la casualidad que cuando estalló la crisis que en estos días afecta al Partido Popular, estuviera leyendo un libro de Stefan Zweig: Fouché: retrato de un hombre político. Joseph Fouché fue un personaje político clave durante la época convulsa que abarcó la Revolución Francesa de 1789, el Consulado de Napoleón, el Imperio napoleónico y la Restauración borbónica de 1814. El genio de Zweig, con magistral dominio narrativo y profundidad psicológica, ofrece un retrato del que posiblemente ha sido el político más marrullero de la historia. Fouché, un maestro de la hipocresía, la doblez y la traición, basó su poder en fabricar rumores, escándalos y extorsiones a partir de una tupida red de espionaje. Cuando tras veinticinco años de intrigas el monarca restaurado, Luis XVIII, le degrada fulminantemente y le envía al destierro, «Fouché tendrá que pagar su culpa de no haber servido jamás a una idea, a una pasión moral de la Humanidad, sino siempre y únicamente al favor perecedero del momento y de los hombres», escribe Zweig.

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Teodoro García Egea parece una especie de Fouché de medio pelo, obsesionado con el poder, con el control del partido, con fulminar sin escrúpulos y con medios indignos a todo el que le haga sombra o disienta de él. No sé si cuando se publiquen estas líneas ya le habrán cesado o dimitido, como han hecho con Ángel Carromero, su presunto Superagente 86 particular. Fouché era un genio de la política, malvado y amoral, pero a fin de cuentas era un genio. Nuestros fouchés de pacotilla domésticos no parecen ser unas lumbreras, sino que se acercan a la estupidez.

Me temo que Pablo Casado ni siquiera ha llegado a ser consciente del papel que ha jugado en este vodevil, lo que le invalidaría como presidente del primer partido de la oposición. No sé si fue consciente de lo que dijo en su entrevista con Carlos Herrera en la COPE, o si se ciñó al guion que le habían preparado. Dijo Casado: «La cuestión es si es entendible que el 1 de abril, cuando morían en España 700 personas, se puede contratar con tu hermana y recibir 300.000 euros de beneficio por vender mascarillas». Lo dijo sin ninguna prueba, queriendo manipular emocionalmente las 700 muertes y multiplicando por cinco la cantidad de euros de la transacción económica del hermano de Isabel Díaz Ayuso. Es decir, el presidente del PP puso públicamente en la diana de la corrupción a alguien de su partido tan significativo como la presidenta autonómica de Madrid. Lo hizo por medio de insinuaciones, datos erróneos, sin pruebas y sin haber puesto en conocimiento de la Fiscalía los presuntos hechos delictivos.

Cayetana Álvarez de Toledo dijo hace algún tiempo que ella daba por hecho los ataques que iba tener que soportar de la izquierda y del nacionalismo, pero lo que nunca esperó es que esos ataques vinieran también desde dentro del Partido Popular y señaló directamente a Teodoro García Egea y a Pablo Casado. Esos ataques desde dentro, ese «fuego amigo» intencionado, es el que sufre Díaz Ayuso desde que anunció su intención de presentarse al congreso regional del PP de Madrid, a lo que tiene todo el derecho del mundo si aún creemos en la democracia interna.

Es imposible predecir lo que puede ocurrir, pero es evidente que el PP tiene que abordar una regeneración moral muy profunda y una transición que acabe definitivamente con el contumaz cesarismo de unos dirigentes que, cuando tienen que elegir entre el bien común, el bien del partido o su provecho personal, se decantan por cuidar de su propio poder. Es indudable que es necesario un Congreso Extraordinario, en el que todos los afiliados del PP puedan hablar y participar. Habría que instalar megáfonos delante de todas las sedes del partido, para que sonara con fuerza la icónica canción de la transición: ¿Quién puede obligarte a callar? Habla, pueblo, habla. Habla y no permitas que roben tu palabra. Porque hace ya demasiado tiempo que la palabra de los afiliados y simpatizantes está ignorada, devaluada o silenciada. Comparto la sentencia de Arcadi Espada: «Los militantes, simpatizantes y votantes del Partido Popular tienen hoy una certeza donde antes solo había indicios: la cúpula de su partido está formada por inmorales mequetrefes que jamás, jamás, gobernarán España».

Estanislao Figueras, que fue el primer presidente de la I República Española en 1873, acabó harto de gobernar y a los cinco meses dimitió y huyó a Francia. Personalmente, como afiliado del PP de Gandia durante cerca de treinta años, yo también estoy harto, y creo que ese hartazgo lo comparte buena parte de los militantes, simpatizantes y votantes. No puedo sino repetir la exclamación de don Estanislao: «¡Estoy-hasta-los-cojones-de-todos-nosotros!».

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