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Alexandru

Alexandru Ion. fotografía de Salva Gregori

Ocurrió el pasado enero en París. René Robert, de 85 años de edad, salió de casa sobre las nueve de la noche para su paseo por el céntrico barrio donde vivía. Repentinamente cayó inconsciente al suelo, pero nadie de los que pasaron por su lado le atendió ni avisó a la policía. Después de nueve largas horas, un indigente se preocupó por él y buscó ayuda. Le trasladaron al hospital, pero ya no se le pudo reanimar de la hipotermia severa que sufrió. Había muerto de frío. Quizá le confundieron con una persona sin hogar que parece invisible y nadie intenta averiguar si duerme o agoniza. Su muerte no hubiera sido noticia de no ser porque era un fotógrafo reconocido, que retrató el mundo del flamenco y expuso su obra por Europa.

Alexandru

Alexandru Ion falleció hace un par de semanas, pero no murió en la calle como Robert. Fue durante años una de las cerca de 40.000 personas que viven en España en «situación de calle», pero desde hacía cerca de tres años ya no dormía en un banco del parque, sino en el Centro de Atención Integral (CAI) de Cáritas de Gandia. Las personas sin hogar son mayoritariamente varones de una amplia horquilla de edad, con diferentes perfiles y problemáticas. Representan quizá el máximo nivel de exclusión social en nuestra sociedad. Se dice de ellas que son invisibles porque pasamos por su lado y no las vemos o preferimos no verlas, pensamos que están ebrios o juzgamos que son vagos, parásitos o vagabundos que no merecen nuestra atención.

Juliana, la mujer que convivía con Alexandru, tuvo en 2018 un final parecido al de René Robert. No murió por hipotermia, pero falleció en la calle durante una ola de frío, detrás de la estación de Renfe de Gandia. Fue por aquella época cuando Alexandru entró en contacto con el «equipo de calle» de Cáritas. Había llegado a Gandia desde Rumanía en 2002. Ya en España abandonó a su familia y se enredó en una espiral de alcohol e indigencia. Sufría además una enfermedad respiratoria. Cuando comenzó el confinamiento por la pandemia se alojó provisionalmente en el Centro de Día de Cáritas y más tarde pasó al CAI. Era un hombre distante, hermético, de pocas palabras, con la salud muy deteriorada.

No conocí a Alexandru, tan sólo le saludé en un par de ocasiones, pero de él me han hablado los profesionales del CAI. Dicen que cuando llegó se convirtió en una persona diferente. Era simpático y colaborador, muy educado y pacífico. En 2021 le operaron de un cáncer avanzado con pronóstico desfavorable. Vivía sentado en un andador y se convirtió en una figura entrañable para los residentes y profesionales del centro, siempre con una sonrisa para todos. Ocasionalmente le visitaban su hija y sus nietos.

Este año le volvieron a ingresar en el hospital, pero la única opción eran los tratamientos paliativos. Le dijeron que le iban a trasladar al hospital de crónicos de La Pedrera, aunque él no quería, su ilusión era volver a su casa, al CAI. No pudo ser, falleció en el hospital el 3 de mayo. Tuvo una vida compleja y difícil, puede que cometiera muchos errores y estupideces, pero pudo acabar sus días acompañado por el cariño de muchos. Una de las profesionales de Cáritas publicó un epitafio en redes sociales: «Te fuiste como has sido siempre, despacio, sin hacer ruido, sin muchos jaleos. Nos costará tiempo entrar al CAI y no verte. Ver ese saludo y esa sonrisa amable que siempre nos regalabas. Empiezas el camino a la felicidad». El entierro de Alexandru tuvo lugar al día siguiente. Unas quince personas asistieron en el cementerio de Gandia a la sencilla ceremonia bajo la lluvia. Su mujer y su hija estuvieron presentes, probablemente ya le habían perdonado. El pope de la Iglesia Ortodoxa Rumana, Emmanuel Pop, rezó un responso.

Mantener la esperanza de los miles de personas sin hogar que viven en nuestro país, para que logren salir del círculo de la pobreza, la exclusión y la falta de oportunidades, debería ser un objetivo asumido por la sociedad. Para ello, la intervención de las administraciones públicas y las iniciativas privadas, así como la implicación de la sociedad, son indispensables. Si consideramos que la dignidad inherente del ser humano -por el simple hecho de serlo- es algo más que un hermoso concepto abstracto, y si creemos que el respeto a la dignidad humana es lo que distingue la civilización de la barbarie, no podremos cerrar los ojos ante la problemática del colectivo «invisible» de las personas sin hogar. Ese es el sentido del CAI de Cáritas, que lleva ya diez años ofreciendo esperanza y dignidad a centenares de ellos.

Alexandru, que vivió durante años en la calle, pudo acabar sus días con dignidad, no sólo en los aspectos puramente materiales sino también sintiéndose respetado, querido y útil, como «abuelo» de los residentes del CAI.

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