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La España fea

La España fea

A propósito de la «farsa de Bayona» tras la cual Fernando VII y Carlos IV pasaron como patanes a la posteridad, un intrépido historiador español la describía como «un episodio feo del que no vale la pena que volvamos a acordarnos, pese al morbo que pueden dedicarle muchas versiones de la historiografía». Pero como recordaba Eric Hobsbawm la misión del historiador es justamente la opuesta: «recordar lo que otros han olvidado o desean olvidar». En vista de la persistencia de ciertos moldes mentales, que atraviesan el tiempo con envidiable frescura, quizás dentro de cien años otro historiador español describa el regreso de Juan Carlos I en términos igualmente edificantes: «Probablemente no fue la mejor idea volver a España tras dos años de ausencia dejándose ver en unas regatas, y es dudoso que esa decisión un tanto frívola pueda considerarse estéticamente decorosa, por lo que será mejor que nos olvidemos del asunto». Lo curioso es que el arrojo por eliminar ciertos hechos de la historia, que se remonta precisamente a Fernando VII y a su pretensión de borrar «de en medio del tiempo» el Trienio Liberal, como si nunca hubiese existido, sigue formando parte de una mentalidad y pedagogía reaccionarias no solo plenamente vigentes sino reivindicadas con orgullo.

La España fea

El método predicado por el historiador arriba citado para enfrentarse al pasado, (según el cual «el morbo» y «las versiones de la historiografía» vendrían a ser los aguafiestas de relatos más complacientes, expurgados y patrióticos), mezcla el cinismo y la estafa intelectual de manera soberbia. Una técnica que aplica sin desmayo la derecha española a sus ya incontables casos de corrupción sobre la base de que, siendo muy feos, lo mejor es olvidarlos, y frente a la responsabilidad como condición necesaria de la política propone la alternativa de la amnesia colectiva, que lleva casi medio siglo prescribiendo para los golpistas que provocaron la Guerra Civil y la dictadura franquista. Ciertamente ni los escrúpulos ni la responsabilidad ni las preocupaciones estéticas ni la valentía para afrontar los hechos desnudos han sido nunca las características distintivas de una derecha tradicionalmente alejada de los usos y costumbres de los partidos conservadores de la Europa liberal, y por eso el alcalde de Sansenxo sostenía esta semana con una inefable expresión de gozo: «Estamos encantados de recibir al rey emérito y mostrarle una vez más nuestro cariño». No es que ese alcalde sea un extraño personaje del que se avergüence su partido: al contrario, representa fielmente los valores que reivindica el PP nacional no solo para sí mismo sino para la monarquía española como depositarios ambos de prerrogativas tercermundistas y de una desfachatez que no pueden ser vistas sino con desprecio desde las democracias liberales que aún quedan.

El rey campechano con cuentas en Suiza, devenido en padre de la patria y demiurgo de «nuestra consolidada democracia», la derecha reaccionaria y mangui transformada en espejo de virtudes morales y en adalid de «la libertad», y un tinglado mediático concentrado en muy pocas manos ocupado mañana tarde y noche en blanquear a ultras, falsear hechos y lamer culos se reagrupan una vez más en un frente común que si resulta impresentable para exhibirlo ante el mundo civilizado domésticamente ha adquirido un espantoso aire de normalidad. Tanta insolencia, estupidez y arrogancia solo pueden verse ya como una advertencia de por dónde soplan los vientos puesta en escena por quienes creen tener derecho de pernada sobre la historia, las instituciones, la voluntad general y el futuro de la gente. Evidentemente ya han pasado los días en que ese anciano patético salía a la palestra con fingida humildad para admitir que se había equivocado, que sus ridículas cacerías fueron un error que no volvería a repetir. Elegir unas regatas como telón de fondo de su regreso es un alarde grotesco, una reafirmación en sus privilegios de casta, que demuestra la catadura real de un personaje todavía adulado como una figura mítica por la caverna hispánica. Pero es mentira que ese monarca designado a dedo por Franco «trajese la democracia»; es mentira que «detuviese el golpe del 23-F»; es mentira que fuese «nuestro mejor embajador»; es mentira que le debamos respeto o consideración. Más cierto es situarlo en la inercia de esa España «vieja y tahúr, zaragatera y triste» descrita por Machado y que tan bien representan tantos de sus antepasados. Esa España fea que ahora vuelve con nuevos bríos, prietas las filas, y en la que siempre triunfan, entre grandes aplausos, las versiones correctas de la historiografía y de la pornografía.

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