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La razón beoda

El presidente del PP, Alberto Feijóo, y la de la comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. | SERGIO PÉREZ

El rechazo a las medidas de ahorro energético del gobierno surgido en los feudos autonómicos del PP y de modo singular en la Comunidad de Madrid gobernada por Díaz Ayuso, rescata sin complejos la vieja sentencia sobre la libertad pronunciada por Aznar contra aquella campaña de la DGT que recomendaba no ingerir bebidas alcohólicas antes de sentarse al volante: «A mí no me gusta que me digan las copas de vino que yo tengo o no tengo que beber. Esa proclama que reivindicaba el derecho a ser un peligro en la carretera se renueva hoy en la divisa de Ayuso, «Madrid no se apaga», que, como la anterior, «Madrid no se cierra», también es cortita y sin duda aparecerá en los informes internos del Kremlin como un jugoso movimiento desestabilizador en el seno de la UE. Mientras Europa adopta a la carrera medidas de ahorro energético con la mirada puesta en el incierto invierno y Bruselas urge a los países de la UE a responder unidos al envite ruso, la derecha española, aferrada al porrón, se opone y pisa el acelerador.

La razón beoda

Los más entusiastas creían que Feijóo venía a infundir moderación, realismo y a acabar con el temblor de manos del partido, pero al final ha sido devorado por la cultura del vino peleón, según la cual cuanto más borrosa es la realidad mayor cuota de libertad se alcanza. «Madrid no se apaga», «A mí no me gusta…» son enunciados que se entienden mejor desde la lógica y modulación de las tajadas monumentales en las que el difícil mantenimiento del equilibrio no impide del todo la locuacidad ni limita los más intrépidos proyectos. Y así, incluso cuando las cosas parecen no tener ya vuelta de hoja, los vigías de la libertad siempre encuentran arrestos para farfullar, ante el asombro general: «¡A que me bebo otro porrón!».

Cierto es que Feijóo, que en su juventud votó a Felipe González, dijo hace dos semanas que le parecía «bien» poner límite al aire acondicionado y a la calefacción, antes de verse obligado a dejar de parecer demasiado sobrio, demasiado europeo para los usos de su partido, a agenciarse el porrón de rigor y dirigir el coro del «con el pipiribipipí con el paparabapapá», que ha sido el único elemento vertebrador del PP desde las queimadas de Fraga hasta el «A mí no me gusta que me digan…» de Aznar, pasando por el categórico «¡Viva el vino!» que un sonriente Rajoy dejó para la posteridad.

Lo que en sentido figurado (aunque no siempre) podría llamarse «razón beoda» ha sostenido el rechazo del PP a cuantos cambios han introducido las fuerzas progresistas en los últimos 40 años. Desde el terminante «No es hora de leyes como la del divorcio» de Fraga en 1981, la derecha española se ha opuesto, por citar solo las sociales, a las leyes del aborto, del matrimonio entre personas del mismo sexo, de igualdad y a la antitabaco de Zapatero, que tantos puestos de trabajo iba a destruir en la hostelería.

La razón beoda se caracteriza por expresarse en frases lapidarias que no precisan de argumentos profundos o medianamente inteligibles, o asimilables a los discursos de las derechas de Europa, sino de una irritación irreprimible que se basta a sí misma para profetizar en cada ocasión que la moral se hunde y se hunden las familias, que la hostelería, el comercio y siempre «la libertad» y España entera se hunden bajo la bota «autoritarista» de una «izquierda» que cuando no es venezolanista es proetarra o anticipa la llegada de los jemeres rojos.

Una de las formulaciones más grotescas de esa borrachera de irrealidad que bebe en las fuentes del esperpento y mira el mundo en los espejos del Callejón del Gato se produjo durante los meses del confinamiento cuando un diputado del terreno escribió en una revista local que no estábamos confinados sino «arrestados». Si entonces ningún país europeo, salvo España, sufrió la desgracia de ver cómo a los devastadores efectos de la pandemia se sumaba la actuación de una oposición tan disparatada y cerril como la de Pablo Casado, que en nada contribuyó a levantar el ánimo de la gente, no cabía esperar ante la ley de ahorro energético un comportamiento más templado de su sucesor. Ni la gestión de una pandemia ni una ley como la originada por la invasión de Ucrania, ni ninguna medida excepcional que implique a la totalidad de un país están a salvo de errores (y por tanto de críticas), como sabe cualquiera, ni pueden contentar a todo el mundo. Ahora bien, lo que marca la diferencia en un partido político entre el sentido de Estado (o simplemente el sentido práctico) y la bulla tabernaria es poner el acento en el sinfín de casos particulares que desvían el foco del objetivo prioritario, alientan la cultura de la queja y ponen en jaque la unidad europea y las estrategias de guerra.

Dice el gobierno que probablemente ha fallado a la hora de hacer pedagogía. Sin duda. Aunque es dudoso que, en la España de la razón beoda, la del «a mí no me gusta que me digan» y el «Madrid no se apaga» tenga mucho sentido subrayar lo evidente. París lleva diez años regulando la iluminación de los comercios, y toda Europa, excepto Polonia y Hungría, desplegarán medidas de ahorro energético similares a las de España. Pero ni el provinciano Madrid es París, ni la derecha española, la que pacta con la ultraderecha y ahora representa servicialmente su euroescepticismo, es la de Von der Leyen. En esa ridícula escala tercermundista la derecha se siente muy a gusto mezclando las bebidas, los fakes y la demagogia, y los números empiezan a salirle.

Abandonemos, pues, toda esperanza, y disfrutemos de lo que queda del verano –tal vez el último verano del mundo de ayer– porque lo que vendrá después será probablemente aún más…embriagador.

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