Sometidos a la lógica de tácticas y estrategias, a los desfiles de partido y a las urgencias de la propaganda los periodos preelectorales están lejos de ser el terreno más fértil para la deliberación política. En Gandia debates políticos no hay, aunque ya han empezado a aparecer sucedáneos en el frente electoral. Hace quince días, la presentación oficial del nuevo candidato popular en la Plaça del Tirant fue saludada por Compromís con un fuego graneado destinado a evitar que el nuevo mariscal del PP avanzase un milímetro más allá de sus trincheras. Compromís echó mano del arsenal de las hemerotecas para recordar en las redes sociales y en la prensa que con Juan Carlos Moragues como conseller de Hacienda «empezaron los recortes en sanidad, en la educación pública o en ayudas a la dependencia». En el acantonamiento del PSOE, José Manuel Prieto observaba esos movimientos con cautela, ordenando silencio a sus tropas y, en la práctica, cosechando los réditos de la maniobra de Compromís, partido que dos semanas atrás había manifestado por boca de Alícia Izquierdo que «el PP no es nuestro rival político».

La entronización Moragues en la Plaça del Tirant y la implacable contraofensiva de Compromís señalaban con nitidez en qué estado se encuentra el teatro de operaciones, o sea, quién ha ganado las mejores posiciones en precampaña y quiénes las miran todavía desde lejos: las ha ganado el PSOE, cuyo Estado Mayor no alberga dudas –primera regla de la guerra, incluso la de Gila- sobre la identidad del enemigo.  

No es tan extraño que los partidos que más han descuidado aspectos organizativos fundamentales hayan sido los protagonistas de la primera escaramuza política seria de la precampaña en la que los socialistas no han participado, beneficiados por un statu quo que, de momento, no van a romper porque, sin necesidad de salir a campo abierto con las bayonetas caladas, las expectativas les sonríen y el tiempo corre a su favor. Que Compromís va de capa caída y el PP de Moragues no despega son evidencias que solo negarán los incondicionales más ciegos de esos dos partidos. Mientras tanto, el PSOE de Prieto, que lleva un año navegando a velocidad de crucero, ha optado por no diversificar esfuerzos y se refuerza cada día como el centro de gravedad –pues en bandeja se lo han puesto- de la política local, rentabilizando y proyectando una imagen institucional –una imagen de futuro- que el PP de la bicefalia y el Compromís de la acefalia, hoy están lejos de poder representar.

José Manuel Prieto mantiene un talante político transversal, descafeinado, pero inalterable y versátil, que lo mismo sirve para ir a una misa oficiada por el arzobispo Cañizares, que para abrir o cerrar unas jornadas económicas, que para volver a ir a otra misa de Cañizares, que para reivindicar los derechos del colectivo LGTB, que para participar en una paella de barrio que para lo que se tercie, sin necesidad de justificarse ante la galería ni entrar en debates ideológicos ni recurrir a eslóganes menos trillados que «Gandia avanza». Hoy José Manuel Prieto es el único político local de referencia para el establishment local, y encarna, a distancia, la oferta objetivamente más potente del repertorio electoral. Pero lo hace porque puede, y puede porque desde que reemplazó a Diana Morant en la alcaldía su partido puso en marcha una estrategia mientras sus competidores directos ni siquiera buscaban un candidato, iban a remolque, le dejaban hacer o no veían la diferencia entre marcar la agenda política o seguirla. 

Tras el espaldarazo oficial a su candidatura, Juan Carlos Moragues no ha sorprendido con un movimiento alternativo a los mecanismos electorales creados por Víctor Soler, que a estas alturas ya son chatarra, y Compromís se aproxima al iceberg de febrero con la flema de la orquesta del Titanic, conducta esta incomprensible en un partido que gobierna y que quizás convendría enderezar en un campo de reeducación, de inspiración soviética, especialmente estricto. Es muy probable que un partido con recursos como el PP tenga en cartera un proyecto electoral que vaya más allá de pasear al nuevo candidato por la calle y meterlo a presión en cuanto sarao o acto público se ponga a tiro porque todo eso, por más voluntad que se le eche, no se transformará en un chorreo de votos ni puede ser la clave de un vuelco en las urnas.

Si hablamos por tercera o cuarta vez de estrategias políticas es porque no hay debate preelectoral, y no hay debate porque solo un partido tiene una estrategia, justamente el único que ha mantenido a sus fuerzas unidas, como predicaba Clausewitz, a lo largo de todo el mandato. Descontando los tiempos muertos -el diciembre navideño, el marzo fallero y el mayo ruidoso- quedan poco más de cien días de campaña efectivos, y si la política nacional no da un giro lo bastante brusco como para reubicar el voto entre los partidos mayoritarios –el abundante voto a las siglas- es fácil adivinar qué formación política seguirá concentrando la moral de victoria, cuál se hundirá en las frías aguas electorales y la que no conseguirá la mayoría absoluta.