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Grietas en el muro

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. / Levante-EMV

J. Monrabal

En España las elecciones europeas se plantearon desde las derechas como un plebiscito sobre Pedro Sánchez. Intervenidas por jueces hiperactivos, fakes ultras, traficantes de carroña y sinvergüenzas famosos, fueron, probablemente, las más sucias de la democracia española. La conspiración del camión de la basura fracasó el domingo pasado con gran alegría de las derechas, que sostenían que había triunfado, y del PSOE, que veía los resultados no solo como un aval a la continuidad del gobierno sino como una hazaña entre los partidos socialistas europeos. Sánchez resistía, pero el mapa, salvo en Catalunya, Euskadi, Navarra y Canarias, volvía a pintarse de azul, como en las autonómicas de hace un año, cuando el presidente convocó elecciones generales. Y ya sabemos lo que ocurrió.  

Aunque extrapolar unas elecciones a otras (o hacerlas pasar por lo que no son) sea un ejercicio irreal, no es menos cierto que a partir de determinado punto la lectura de los resultados de las europeas no permite interpretaciones contradictorias, como las del el PP y el PSOE. Por eso Macron convocó en Francia elecciones legislativas recién concluida la jornada electoral y Yolanda Díaz presentó su dimisión el lunes. Cuando se impone la ley de la gravedad y en un partido se repiten los diálogos de los personajes que van a bordo del globo que aparece en ‘La isla misteriosa’ de Julio Verne («¿Remontamos?». «¡No, al contrario, descendemos!». «¡Mucho peor, caemos!») hay que prepararse para el golpe.

Si unas elecciones tan singulares como las europeas, con una participación 20 puntos por debajo de las generales, no admiten extrapolaciones, pero pueden servir no obstante como piedra de toque de la estabilidad de los partidos, entonces el muro de contención frente al involucionismo situado en el sector a la izquierda del PSOE presenta grietas inquietantes. Los pésimos resultados de Sumar han precipitado los llamamientos a «la reflexión» interna, y todos insisten en que hay que «reflexionar», pero nadie habla de las evidencias. Y la primera es que una coalición de partidos (casi todos, a su vez, coaliciones de partidos) como Sumar tiene hoy un problema de aforo, de proyección, de liderazgo y de funcionamiento organizativo de difícil solución. 

Aunque muchas voces insistan retóricamente en que, ante los malos resultados de Sumar y la amenaza ultra, hay que tener «altura de miras», la propia estructura de la coalición y el inevitable afán de protagonismo y poder de cada uno de sus componentes no inspiran grandes ilusiones en las tareas de reparación. En ese sentido, la renuncia de Yolanda Díaz, tan elocuente, parece un acta de defunción más que una puerta abierta a la reconstrucción de un partido cuyos integrantes nunca han dudado a la hora de elegir entre ser ser cabeza de ratón o cola de león, como demostró Podemos pocos meses después del 23-J, al escindirse de Sumar, no sin antes echar pestes de la nueva formación y correr a instalarse en Liliput, donde lo pequeño es hermoso y el rencor.

Decía el novelista e ingeniero de caminos Juan Benet que hay grietas que es mejor no colmatar, una vez diagnosticadas como parte de la vida interna de la obra. Quizás la abierta ahora en Sumar sea de ese tipo, puesto que la coalición se sostiene en 27 diputados que, en rigor, no forman parte tanto de un partido convencional como de un acuerdo coyuntural creado para las generales del año pasado. Esa cuota representativa y el hecho de contar con cinco ministros en el gobierno pueden crear la ficción de que Sumar es todavía un partido y que las grietas no son una amenaza real, puesto que estaban previstas en el proyecto. Pero lo cierto es que, desde el domingo pasado, se han extendido y forman parte del memorial de agravios contra el ejecutivo de Sánchez que frente al muro de contención recitan cada día Feijóo, Abascal y el gañán de los bulos recién llegado a la gran familia patriótica. Sumar se debate hoy entre su necesidad positiva y su complicada viabilidad como organización estable, de largo recorrido. No puede permitirse errores, pero el riesgo de que los cometa es muy alto. 

¿Y en Gandia, qué? Poca cosa: lecturas de los resultados complacientes, protocolarias, pro domo, por parte del PP y el PSOE mientras Compromís se convertía por enésima vez en una isla misteriosa. El dato de que el voto a las fuerzas ultras superara por primera vez el 16% (10 puntos más que en las europeas de 2019 y que en las municipales del año pasado) no parecía interesar a nadie.

Menos mal que ayer empezó la Eurocopa, regresa la realidad real, y volvemos a pisar, como diría Sánchez, tierra firme.