José Miguel Borja: La mirada tras la cámara

. / Levante-EMV
Josep M. Alfaro
“José fija la mirada en el punto que verás”. El tonómetro (hasta hoy no sabía que se llamaba así) emite una pequeña ráfaga de aire hacia la córnea. La máquina mide la respuesta de la córnea al soplo de aire. Todo está bien.
José Miguel Borja veía el mundo como nadie podía verlo. Nos miraba a los ojos a cada uno de nosotros y de igual forma miraba a la vida, de frente, sin tapujos, añadiendo una óptica que, probablemente, le dejó Berlanga cuando fue su profesor en la Escuela de Cine de Madrid.
Ahora que se lleva mucho hablar del multiverso siempre he pensado en un mundo paralelo en el que José Miguel es un gran director de cine, de fama mundial. Un Almodóvar de su tiempo, vaya.
Nos deja sus libros, sus muchos libros. Y sus artículos, sus muchos artículos.
Solíamos tomar café por las mañanas en el despacho que tenía junto a la óptica en la calle Duque Carlos. La conversación recorría sobre todo lo local, muchas veces en busca del tema de su Hueso de Santo de la semana siguiente. Allí nació también la reedición de “Gandia 1881-1980”, obra agotada que junto a Ignasi Mora se había editado años antes con una amplia colección de fotografías históricas de la ciudad y que ampliamos para actualizarla y que se podía conseguir a través de fascículos coleccionables que se distribuían gratuitamente con la edición comarcal de Levante-EMV.
Borja fue capaz de ir en sus novelas de lo local a lo universal, sus vivencias del franquismo retratando una sociedad rancia, reprimida, con sus secretos y miserias vistas con ironía. Ironía siempre. Los Borja tan presentes. El desarrollo de una sociedad agrícola (Las naranjas de oro) que no escapa a la presencia del realismo mágico.
Polifacético. Esta será probablemente la palabra que más oiremos al tratar de definir a José Miguel Borja. Irrepetible, diré yo. Recuerdo que una vez le dije (no recuerdo el tema de la conversación) “José Miguel eres un anarcopop”. Se rio. La definición creo que se la oí antes, con mucho cariño, a Josep Piera (Pep, permís pel copyright).
También escucharemos que José Miguel fue un empresario de trayectoria destacada o cosas similares. Y lo fue. Pero lo fue sobre todo gracias a su inseparable Marisa. Marisa Albi fue la clave de la expansión económica de la óptica.
Poder estar con los dos, recuerdo más de una cena en su casa de veraneo, era un auténtico lujo. Era envolverte de cultura, de educación, de cuestiones interesantes…política, por supuesto.
Su legado, por encima de los libros, la capacidad empresarial, su implicación en hacer de su sociedad algo cada vez mejor, son sus hijos e hijas, sus nietos y nietas. ¡Tienen tantas cosas de ellos!. No creo que exista nada más allá de la muerte, pero si existe estoy seguro que José Miguel y Marisa estarán haciendo mil cosas diferentes y divertidas.
José Miguel a mí me deja su mirada libre y honesta, socarrona y transgresora, curiosa e inquieta.
Adiós, amigo.
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