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Punto y seguido

Lampedusa

"Lampedusa encarna un doble naufragio: el de la verdad y el de quienes huyen de la guerra y la miseria"

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. / Levante-EMV

Enrique Orihuel Iranzo

Gandia

Lampedusa, una pequeña isla tendida entre África y Sicilia, es también el nombre del autor de El gatopardo, una de las grandes novelas del siglo XX. Giuseppe Tomasi di Lampedusa heredó el título de príncipe de una tierra que ya no era suya, porque un antepasado la vendió al Reino de Nápoles en el siglo XIX. Cuando escribió su obra, Giuseppe apenas conservaba el título y la memoria del naufragio de su linaje. De esa evocación nació una elegía teñida de ironía y nostalgia ante la ineludible decadencia.

Impregnada de «melancólica poesía», la novela narra el ocaso de la aristocracia siciliana tras el desembarco de Garibaldi. A través del personaje de Fabrizio Corvera, príncipe de Salina, asistimos al derrumbe de un mundo que se extingue, mientras los viejos emblemas borbónicos se decoloran bajo el implacable sol siciliano.

Con la mirada fatigada, don Fabrizio percibe el insolente positivismo de su sobrino: «Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie». La frase es reflejo de la política moderna, como si Tomasi di Lampedusa hubiera intuido el siglo XXI, con su vorágine de reformas que nada cambian y discursos que prometen mucho para ofrecer apenas una versión de segunda mano del pasado.

Una frase menos citada pero más amarga de El gatopardo afirma que: «En ningún otro lugar tiene tan breve vida la verdad como en Sicilia: el hecho ha sucedido apenas hace cinco minutos y ya lo esencial ha desaparecido, enmascarado, embellecido, desfigurado, aplastado, aniquilado por la fantasía y los intereses […] Todas las pasiones, tanto las buenas como las malas, se arrojan sobre el hecho y lo hacen pedazos…».

Tomasi di Lampedusa escribía sobre Sicilia, pero bien podría haber descrito nuestra época, ya que la literatura es un instrumento idóneo para pensar sobre el mundo contemporáneo. Hoy llamamos relato al despedazamiento de la verdad: esa nueva alquimia que transmuta los hechos en versiones, doradas o negras según convenga; las tragedias las convierte en titulares y las vidas en cifras. Todo es flexible y maleable para adaptarse al propósito que se persiga.

Uno de los personajes marginales de la novela -el perro de don Fabrizio- encierra quizá el contrapunto moral. Su autor comentó que «El perro Bendicò es un personaje importantísimo y casi la clave de la novela». Silencioso y leal a su dueño, representa una autenticidad que no se negocia. Su presencia discreta contrasta con la superficialidad y pragmatismo de la antigua aristocracia y con la trivial modernidad que llegó para sustituirla. Es la fidelidad sin ambición frente a una sociedad política sin alma.

Bendicò permanece al margen de los cambios mientras los dos príncipes -el de Salina y el autor- comparten una mirada serena y distante, con lucidez, pero sin animosidad. Se echa hoy de menos esa actitud de análisis sosegado, lejos de estridencias, tópicos y relatos interesados.

Tomasi no imaginó que, sesenta años después de su muerte, el nombre de la isla de la que fue príncipe sería conocido por una tragedia. Lampedusa es tristemente célebre: allí llegan las pateras desde el norte de África, existe un centro de recepción de inmigrantes y son muchos los que no llegan con vida a la isla. En una noche de octubre de 2013, en el peor de los frecuentes naufragios, un pesquero en el que se hacinaban refugiados huyendo de Eritrea, volcó frente a Lampedusa. Aquella noche murieron más de trescientas personas.

Incluso en las tragedias los hechos se enmarañan con relatos contradictorios e interesados. Como en El gatopardo, también la verdad parece tener una vida breve antes de que la fantasía, la ambición o la conveniencia la desfiguren. Lampedusa encarna un doble naufragio: el de la verdad y el de quienes huyen de la guerra y la miseria.

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