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"Chule", el artesano del metal

En los últimos años el escultor de Tavernes de la Valldigna Jesús Martín-Lorente ha colocado su obra en las calles de numerosos municipios de la Safor e incluso de comarcas cercanas

De orígenes manchegos, su padre, transportista, también se dedicó a la forja y él, de manera autodidacta, le dio una dimensión artística con la que ahora se gana la vida

Jesús Martín-Lorente «Chule» con una de sus esculturas.

Jesús Martín-Lorente «Chule» con una de sus esculturas. / Juan Ramón Aragó

Josep Camacho

Gandia

Un gran dragón de cuatro metros de alto por cinco metros de ancho da la bienvenida al estudio-taller de Jesús Martín-Lorente (58 años), ubicado en Benifairó de la Valldigna. El artesano del metal, como le gusta denominarse, ha logrado con el tiempo crear un estilo propio y fácilmente identificable.

Es el artista de la calle, porque en los últimos años sus esculturas, por encargo de varios ayuntamientos, han proliferado por varios municipios de la Safor e incluso localidades cercanas como Sueca o Cullera. Desde hace una década se gana la vida exclusivamente con este oficio, y ahí sigue, puesto que continúa recibiendo encargos. Está a punto de estrenar dos nuevas esculturas en Gandia y en Cullera que todavía no quiere revelar.

Sus padres, Tomás y Carmen, llegaron en 1969 desde Herencia (Ciudad Real) con cinco hijos y se establecieron en Tavernes de la Valldigna. Su padre fue mecánico y transportista, pero también tenía una forja con la que después Jesús haría las primeras pruebas de soldadura. Su padre y un hermano fallecieron en accidente en 1974.

El árbol de la vida, en Gandia.

El árbol de la vida, en Gandia. / Levante-EMV

Su formación artística ha sido autodidacta. Desde 1990 se dedica a la escultura en metal. El sobrenombre con el que también se le conoce en el mundo del arte, «Chule», es la manera coloquial como se refieren a los «Jesús» en aquella zona de la Mancha.

En los espacios públicos ya tiene una veintena de esculturas, cosa que celebra, «para que todo el mundo pueda disfrutar de ellas, porque son obras que exploran temas universales e invitan al diálogo y a la reflexión», con un fuerte vínculo con el entorno, el paisaje y la memoria local.

Algunas enfatizan el espíritu solidario de la gente. Por una parte, en referencia a la pandemia de la covid, se instaló «Esperanza» (2021), en el parque de Sant Pere de Gandia, dedicada a los sanitarios, y «Lluites compartides», con el mismo propósito, en la plaza del Prado de Tavernes de la Valldigna.

La espiral de la vida

La espiral de la vida / Levante-EMV

También sobre la dana y en memoria de las víctimas, como la inaugurada en Cullera el pasado mes de octubre con motivo del primer aniversario. Se trata de «Arrels de Solidaritat», instalada en una plaza rebautizada como Plaça del Voluntariat, ya fue el punto neurálgico y logístico en aquellos días tan duros. Es una escultura de casi cuatro metros de altura que tiene como eje un gran tronco arrastrado por la fuerza del agua hasta la desembocadura del río Júcar durante los primeros días de la dana, mientras que en su parte superior se levanta la figura de una persona con botas de barro, brazos remangados y una pala.

Ventana en el Mediterráneo

Ventana en el Mediterráneo / Levante-EMV

Otras están muy ligadas al paisaje donde se ubican, como «Ventana en el Mediterráneo» (2022), en la playa de Tavernes, que se ha convertido en un punto muy «instagrameable» para hacerse fotos y subirlas a las redes sociales.

También las hay que hacen un guiño al medio ambiente, como «El árbol de la vida», en la plaza de Benipeixcar (Gandia) donde desde las ramas cuelgan botellas que recogen el rocío y riegan las plantas de abajo al evaporarse y condensarse. O «La lectora», en la Biblioteca de Gandia, construida en hierro, de materiales sobrantes, reciclados de otras obras.

La memoria democrática es otro de sus temas, como en «Las trece rosas» (2019), instalada en la Casa de la Cultura de Gandia en homenaje a las trece jóvenes fusiladas por el franquismo en 1939. Y de estilo costumbrista tiene «Añoranza carro y caballo» (2009), en un cruce de caminos en Tavernes de la Valldigna. «Una mujer se emocionó delante de mí porque le traía recuerdos de su infancia junto a su padre», apunta.

Reconoce que una de sus preferidas, por el valor simbólico que tuvo su larga preparación, es «La espiral de la vida» (2023), en Oliva. Dedicada a la educación está formada por una espiral de 1.100 manos reales —de bebés a centenarios— sostenida por diez figuras que representan a los centros educativos de la ciudad. Cada una lleva escrito el nombre de la persona.

En su taller trabajan cinco personas, entre ellos, como ayudantes, uno de sus tres hijos, Jose, y su mujer, Rosi Bernal, que también es escritora. El hijo está formándose como modelador en 3D en un centro universitario. Así que hay saga de artistas para rato.

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