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Punto y seguido

Mal tiempo

"El mal tiempo persiste, dentro y fuera de nuestras fronteras. Reconocerlo no equivale a rendirse: es un ejercicio de realismo que no debería desembocar en resignación"

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. / Levante-EMV

Enrique Orihuel Iranzo

Gandia

El padre Pirrone pensaba que el mundo era un gran rompecabezas para quienes desconocían las matemáticas y la teología: «¡Oh Señor, solo Tu Omnisciencia podía inventar tantas complicaciones!». Así retrataba Tomasi di Lampedusa las cavilaciones del jesuita siciliano. Quizá hoy admitiría que ni las matemáticas ni la teología bastan para iluminar la complejidad del mundo contemporáneo.

El inicio de 2026 estuvo marcado por un aire de optimismo. El Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena, dirigido con energía y entusiasmo por Yannick Nézet-Séguin, ofreció una imagen de alegría y esperanza. La música no resuelve los problemas del mundo, pero recuerda que la armonía, la belleza y la buena voluntad siguen siendo posibles. Viena –su música y su belleza– funciona también como un espejismo que contrasta con el deterioro de valores como la verdad y el bien.

Las complicaciones humanas que Tomasi describía en la Sicilia del siglo XIX se reproducen hoy de forma amplificada. No responden a un designio divino, sino al talento persistente del ser humano para crear problemas nuevos y agravar los antiguos. El mundo es una trama densa de causas y efectos imprevisibles. La omnisciencia divina puede comprenderla, pero la intervención humana suele añadir incertidumbre y caos.

El año ha comenzado arrastrando viejos problemas y sumando nuevas complicaciones. Venezuela exhibe las consecuencias de un poder autocrático sin límites. Groenlandia, hasta ahora al margen de los focos, irrumpe en la disputa geopolítica. Gaza permanece atrapada en una violencia que no se debe a la falta de soluciones, sino a odios ancestrales y posturas irreconciliables. Ucrania recuerda que la guerra convencional por la conquista de territorios sigue vigente pese a décadas de diplomacia. Irán deja entrever el agotamiento de un pueblo sometido al férreo dominio de los ayatolás. Problemas antiguos conducen a consecuencias dramáticas que se miden en vidas humanas.

Los protagonistas del desbarajuste son autócratas, chamanes o aprendices de autoritarismo. El deshielo no es solo climático. Revela también un deshielo moral, un desplazamiento de límites que antes parecían intocables y hoy se evalúan en términos de rentabilidad económica o estratégica.

En España, la situación refleja la misma tendencia. La política vive instalada en una tensión constante, marcada por el empeño del presidente Sánchez por mantenerse en el poder frente a una aritmética parlamentaria desfavorable y al lastre de corrupciones y maniobras en la sombra. Más allá de simpatías o rechazos y de estériles polarizaciones, es evidente que el poder ha adquirido un peso casi autónomo. Ya no es un instrumento para proyectos de bien común, sino un fin que justifica tácticas, cesiones y silencios. Gobernar se confunde con resistir, y resistir con vencer.

Este cambio de prioridades no es casual. Se percibe un retroceso en el respeto a principios que parecían incuestionables: el Estado de derecho, la estabilidad institucional, la existencia de límites claros al poder. Hoy, esos principios se relativizan, se negocian o posponen en nombre de urgencias supuestamente superiores.

El mal tiempo persiste, dentro y fuera de nuestras fronteras. Reconocerlo no equivale a rendirse: es un ejercicio de realismo que no debería desembocar en resignación. Entre la alarma permanente y la indiferencia existe un espacio para la lucidez y la defensa serena de los valores que hoy se erosionan. También para iniciar el año con una confianza contenida, prudente, pero imprescindible para afrontar las dificultades siendo conscientes de su magnitud.

Evocar la divertida novela Mal tiempo, de P. G. Wodehouse, no es una frivolidad. En el mundo ficticio de Wodehouse, las complicaciones nunca son definitivas y el ingenio actúa como antídoto frente al exceso de dramatismo. El autor, benevolente con la estupidez humana, no niega los problemas: simplemente se niega a concederles la última palabra. Quizá esa sea una forma sensata de comenzar el año, con una sonrisa moderada, consciente y necesaria. Y, como dice el refrán, «a mal tiempo, buena cara».

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