Opinión
Vivienda, pobreza e invisibilidad
Las cifras esconden historias, preocupaciones y angustias que rara vez ocupan los titulares: familias que comparten piso, jóvenes que tienen que aplazar su emancipación, mayores que dedican buena parte de su pensión al alquiler...

Enrique Orihuel, en una imagen de archivo. / Levante-EMV
Enrique Orihuel
«¿Quieres ser invisible para los hombres? Sé pobre». El aforismo tan breve como afilado de Santiago Ramón y Cajal, conserva intacta su vigencia. Sugiere el mecanismo que convierte la pobreza y, con ella la exclusión social, en una forma de desaparición. No hace falta recurrir al anillo de Giges, aquel mito platónico que otorgaba el don de la invisibilidad, ni usar el Anillo Único de Tolkien para desvanecerse ante la mirada de la sociedad.
En nuestras ciudades hiperactivas y ruidosas la pobreza queda fuera de plano: expulsada de la fotografía y del relato común. Cuando nos cruzamos con ella, ya hemos aprendido a girar la cabeza con naturalidad. Y, sin embargo, ahí está: silenciosa y respirando en los márgenes. «La pobreza no siempre grita; a veces susurra en la penumbra de las casas», escribió Jorge Bustos.
Descendiendo de lo simbólico a lo tangible, los datos del informe FOESSA de 2025 en la Comunitat Valenciana revelan, con la frialdad de un bisturí, lo que se oculta bajo la capa de invisibilidad social y mediática. Una de cada cinco familias se encuentra en situación de exclusión. Una proporción estancada desde 2018 que ya forma parte del paisaje.
La encuesta de condiciones de vida del Instituto Valenciano de Estadística muestra resultados similares con una metodología diferente. El indicador AROPE se sitúa en el 25,8%, es decir: una de cada cuatro personas está en riesgo de pobreza o exclusión social.
Detrás de cada cifra hay vidas concretas que se esconden tras puertas cerradas y fachadas aparentemente normales. ¿Por qué seguimos sin verlos? Quizá preferimos pensar que son casos aislados, porque reconocer su extensión obligaría a revisar prioridades colectivas.
La vivienda está en el origen de la pobreza y la exclusión. El último Informe FOESSA muestra que cerca de la mitad de quienes viven de alquiler están en riesgo de pobreza. No es extraño, ya que entre 2015 y 2024 los precios se han duplicado, tensionando al límite los presupuestos familiares. Cuando la mayor parte del salario se destina al pago del alquiler, la alimentación, el recibo de la luz o sostener la educación de los hijos, es una odisea que hiere en silencio.
Los datos trazan una verdad que no admite maquillaje: más de 1,2 millones de personas afrontan problemas de acceso o mantenimiento de la vivienda en la Comunitat Valenciana. En Gandia, según estimaciones de Cáritas Interparroquial, unas 18.000 personas viven pendientes de esa incertidumbre. Pero las cifras esconden historias, preocupaciones y angustias que rara vez ocupan los titulares: familias que comparten piso, jóvenes que tienen que aplazar su emancipación, mayores que dedican buena parte de su pensión al alquiler...
No faltan datos ni análisis, sino la voluntad de actuar sobre ellos. En abril de 2024, el exministro Jordi Sevilla lo resumió con crudeza: «El problema de la vivienda en España no es técnico; es político. Si los dos grandes partidos se sentaran dos o tres tardes, habría un acuerdo y el problema empezaría a resolverse». Ese acuerdo debería incluir más vivienda pública, menos burocracia, más suelo disponible, políticas de rehabilitación y un compromiso real con quienes viven instalados en el desasosiego.
Quizá ese sea el gran desafío de nuestro tiempo. Mientras no se frene la escalada de precios de la vivienda, será imposible reducir la pobreza y la exclusión. La invisibilidad no es un hechizo: es una costumbre que hemos aceptado. Y esa costumbre se agrava cuando el gobierno parece más concentrado en preservar equilibrios parlamentarios que en aliviar la asfixia cotidiana de miles de familias.
No podremos destruir el anillo que vuelve imperceptibles a quienes peor lo pasan, pero sí podemos negarnos a seguir usándolo. Mirar de frente la realidad, sin atajos y sin excusas, es el primer gesto para empezar a transformarla.
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