PUNTO Y SEGUIDO
Domingo de Pascua

Enrique Orihuel. / Levante-EMV
Enrique Orihuel
Sicilia, finales del siglo XIX. Un pequeño pueblo bañado por el sol y la pobreza. La gente se congrega en la calle para celebrar el misterio de la fe: el Domingo de Pascua. Las imágenes de Cristo Resucitado y de la Virgen de los Dolores avanzan entre incienso y campanas, y se encuentran frente a la iglesia. Pietro Mascagni captó esa atmósfera en una escena de su ópera Cavalleria rusticana. El coro entona el Regina coeli, y la soprano inicia el canto del Inneggiamo, un himno pascual que celebra la resurrección de Cristo.
No es fácil explicar la Resurrección. No se puede exponer con palabras lo que escapa del lenguaje para habitar en el ámbito de lo indecible: ese territorio del misterio en el que creyentes y no creyentes tropiezan por igual. Para los primeros, la Resurrección es el punto de ignición de la fe, no solo un misterio más, sino su fundamento; como dijo San Pablo, «si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe». Para los segundos es una fábula o leyenda o incómoda.
La música de Mascagni no argumenta. No pretende convencer, pero tampoco se intimida ante lo invisible. Se dirige directamente al alma, con esa capacidad de expresar emociones, sentimientos y verdades profundas que las palabras no alcanzan. La letra del Inneggiamo apenas roza el enigma: «Cantemos: ¡el Señor no ha muerto!… ¡Hoy ascendió a la gloria celestial!». Es la melodía la que penetra en el misterio. La música solemne y espiritual de Mascagni se despliega como una emoción convertida en convicción. El misterio nuclear de la fe cristiana: la certeza de que Cristo ha resucitado y la promesa de la vida eterna, se vuelve tangible y el alma se estremece.
Hay en ese misterio una fuerza que ni el descreimiento logra disipar. Algo de esa potencia subsiste incluso en quien la niega. La resurrección, más allá de un artículo de fe, es una forma última de esperanza y Javier Cercas lo intuyó y plasmó no mediante música, sino en un libro: El loco de Dios en el fin del mundo.
Con la curiosidad del escéptico y su genio literario, Cercas se aproxima a un ámbito que le es ajeno. Buscó respuestas en periodistas, teólogos, misioneros, cardenales e incluso en el papa Francisco, durante su viaje a Mongolia. Insiste en su ateísmo, y lo hace con una vehemencia que quizá podría interpretarse como defensa ante una sospecha persistente: hay misterios que se resisten a ser negados. El misterio de la vida eterna lo sorprende y le infunde respeto. La esperanza en la resurrección está en el núcleo del cristianismo, aunque al no creyente pueda parecerle una superstición.
Gustav Mahler también abordó la resurrección desde el lenguaje musical. En su Segunda Sinfonía despliega su música como una lucha entre las tinieblas y la luz. Hay dolor, preguntas y silencio. Cuando finalmente irrumpe el coro, el espíritu parece rasgar un velo: «¡Oh dolor! ¡Tú, que todo lo colmas! ¡He escapado de ti!… ¡Moriré para vivir! ¡Resucitarás, sí, resucitarás, corazón mío!». La sinfonía culmina en una poderosa afirmación de vida que trasciende cualquier credo: el alma que se alza a través de la muerte y proclama, más que una doctrina, una intuición humana universal: «Volaré hacia la luz que ningún ojo ha penetrado…».
Mascagni, Mahler y Cercas: tres formas de rozar lo inefable; la fe popular, la pasión artística y la duda. Todos se acercan a ese misterio que llamamos resurrección.
Y más allá de la promesa futura, existe otra resurrección: la que acontece cuando algo en nosotros se levanta tras la pérdida, cuando renace la esperanza y volvemos a mirar el mundo como nuevo, como aquel pueblo siciliano que celebra, entre campanas e incienso, la luz que vence a la noche.
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