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De la calle a casa: el Centro de Atención Integral de Gandia, un hogar para quienes lo habían perdido todo

El espacio atiende a catorce personas, que pueden permanecer en el recurso hasta un año

Se les ofrece alojamiento, formación, alimentación y talleres

Algunos usuarios del CAI Gandia.

Algunos usuarios del CAI Gandia. / Saray Fajardo

Saray Fajardo

Saray Fajardo

Gandia

En el imaginario de muchos, el Centro de Atención Integral para Personas sin Hogar San Francisco de Borja de Cáritas Gandia podría parecer un lugar frío y oscuro. Sin embargo, la realidad contrasta, para bien, con esa imagen. Al acceder a este centro, que ofrece catorce plazas (doce hombres y dos mujeres), una mujer muestra la mejor de sus sonrisas en recepción mientras que de fondo el aroma de la comida se entremezcla con el murmullo de los usuarios que preparan los kits de comida que, posteriormente, entregarán en el centro de día a las personas que lo necesiten. Unos metros más adelante, un salón de ambiente familiar acoge a los residentes que desean ver la televisión o charlar y, al fondo, un pasillo con algunas de sus fotos junto a las habitaciones les esperan para descansar. Sus mascotas también tienen su espacio en el jardín -que dispone de su propio huerto ecológico y hasta una barbacoa para preparar manjares especiales-, convirtiéndose en uno de los pocos centros para personas en riesgo de exclusión social que también acoge a perros.

El CAI, el único centro de estas características en la provincia de Valencia más allá de los espacios situados en el 'cap i casal', se ha convertido en el hogar de muchas personas durante estos cerca de quince años. Fue en 2010 cuando se puso la primera piedra de este centro, que abrió sus puertas en 2012. Hasta 2022, cerca de 400 personas sin hogar pasaron por este lugar, que les permite mejorar sus vidas. Este espacio nació aunando residencia temporal, Centro de Día y lugar en el que se imparten talleres prelaborales, pero, a principios de 2020, la acción del Centro de Día se trasladó a un nuevo edificio, cedido por la Fundación Gozalbo Marqués, ubicado en la calle Gutiérrez Mas.

Dos usuarios en el huerto ecológico.

Dos usuarios en el huerto ecológico. / Saray Fajardo

Los usuarios llegan rotos a piezas, como si se tratara de un puzzle, pero allí, en la mayoría de casos, vuelven a recomponerse. "La persona nos llega a trozos y nosotros tenemos que recomponerla", señala Chema Puente, coordinador del Área de Inclusión de Personas Sin Hogar. Es el caso de Mario (nombre ficticio para preservar su identidad), una persona dependiente en sillas de ruedas, que les acompaña desde hace un tiempo. Reconoce que tuvo "muchos problemas de adicción" e, incluso, llegó a denunciar a Cáritas. Sin embargo, el encuentro con Chema durante una de sus hospitalizaciones comportó que la situación cambiara. "Vivía en un parque, no tenía a nadie. Ahora estoy mejor y me siento mejor", señala Mario, quien agradece todo el apoyo brindado durante este tiempo. En sus palabras, "lo perdí todo, me quedé solo, sin casa y sin nada. Tenía que pedir en los supermercados y enfrentarme a insultos en la calle". Ahora, como él mismo explica, "intento ser positivo".

El CAI está formado no solo por un equipo multidisciplinar, sino también por una serie de voluntarios, que aprovechan su tiempo libre para ayudar en esta causa. Los usuarios no solo participan en talleres o actividades, sino que también deben asumir las tareas del centro, como la limpieza de habitaciones, lavar los platos o preparar la mesa para comer y cenar. "Yo siempre digo que son supervivientes, pero mentalmente les altera esta situación. Nosotros tenemos que sacarlos adelante. No solo intentamos solucionar los problemas, sino reeducarlos y que tengan la mente ocupada", explica Puente.

«Las mujeres no quieren mostrar que están en la calle para evitar agresiones»

El centro dispone de catorce plazas concertadas, de las cuales diez son para hombres y otras dos para mujeres. Suelen permanecer seis meses, aunque su estancia se puede prolongar otros seis meses más dependiendo de su estado y evolución. El perfil, en palabras de Puente, suele ser muy variado, aunque predominan las personas sin hogar "con una salud destrozada y adicciones. Suele ser un perfil muy dependiente".

En el caso de las mujeres, la situación es muy distinta. El coordinador de Cáritas recalca que "son mujeres muy fuertes, que saben desarrollarse en la calle o, por otra parte, muy vulnerables y dependientes". Por ello, el CAI suele priorizarlas. Suelen ser invisibles por partida doble, ya que evitan mostrar su situación para evitar ataques. "No quieren que se sepa que están en la calle para evitar agresiones. Además, necesitan ducharse y lavarse constantemente, sobre todo si están en el periodo de menstruación", añade. Insiste en que "es más difícil ser mujer en la calle. Se detectan menos, pero no porque haya menos sino porque no se dejan ver".

Cuando las personas sin hogar llegan al centro, no disponen de cobertura sanitaria ni familiar, por lo que el centro debe ayudarles a realizarse el SIP, sacarle los medicamentos o enseñarles acciones básicas como acudir al banco. Además, reciben un gran apoyo psicológico, ya que "creen que no tienen derechos y se vuelven invisible".

Por ello, a través de los talleres, intentan proporcionarles herramientas y trabajar todos los aspectos. "El psicólogo intenta trabajar con ellos esa parte más psicológica, pero la evolución es muy distinta según el usuario", afirma. Por ejemplo, hay personas sin hogar que consiguen salir adelante en pocos meses, otras que necesitan más tiempo y, lamentablemente, otras que no lo logran, ya sea porque vuelven a recaer o porque terminan falleciendo -de hecho, el CAI dispone de un árbol de la vida, en el que se rinde homenaje a las personas que no están-. "Ellos saben que estamos ahí, sea el momento que sea, y eso es lo más importante", insiste.

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