Opinión
Memoria Selectiva
Gandia fue duramente castigada por ambos bandos y eso no debería olvidarse nunca. La omisión que se critica de una etapa no puede reproducirse en el presente sin caer en la misma lógica

La concejala popular Mar Beltrán, en una imagen de archivo. / Levante-EMV
Mar Beltrán
La memoria histórica es entendida como la capacidad individual o colectiva de recordar hechos del pasado. Es el eje conductor para acercarnos a la verdad. El hombre que olvida su pasado corre el peligro de repetir sus errores. Sin embargo, la memoria histórica, tan necesaria para construir una identidad colectiva honesta, corre siempre el riesgo de convertirse en un espejo deformado cuando se elige recordar sólo una parte del pasado.
A propósito de la reciente presentación del libro “Memòries de l’oblit” y celebración de la festividad del beato Andrés Hibernón, me gustaría reflexionar sobre el tipo de memoria histórica que se ejerce en Gandia, que en ocasiones en lugar de caminar hacia la concordia o la construcción de puentes, causa precisamente el efecto contrario.
Palabras como “justicia”, “dignidad” o “reparación” se utilizan a menudo para construir un relato parcial, en el que solo tienen cabida las víctimas que encajan en un determinado guion. Las demás —las incómodas, las que rompen esa narrativa— quedan fuera, como si no existieran.
Recordar y ordenar nuestra memoria colectiva no puede hacerse desde el filtro de los bandos o las creencias. Precisamente porque aspiramos a una sociedad más justa y en convivencia, ese ejercicio debe ser inclusivo, sereno y sin exclusiones. Solo así evitaremos repetir errores del pasado y construiremos un futuro basado en la concordia, no en la división.
Actualmente se exhuman fosas, se organizan actos y se realizan encuentros de desagravio, pero todo eso pierde legitimidad cuando la memoria se aplica con un criterio puramente ideológico porque entonces ya no estamos ante un ejercicio de verdad histórica, sino ante una forma parcial de interpretar el pasado.
El gobierno socialista de Gandia, como viene siendo habitual, dice una cosa y hace la contraria. En materia de memoria histórica, resulta difícil sostener que se esté realizando un ejercicio verdaderamente justo. Más bien estamos viendo la otra cara de esta propuesta: el riesgo de convertir el pasado en una herramienta del presente.
Si de verdad se creyera en la memoria, se asumiría completa, también en aquello que incomoda o rompe el relato. Porque eso es lo que exige una memoria honesta.
Resulta llamativo que dentro de estas acciones apenas se hable de los fusilamientos de sacerdotes en “el paredón” de la Colegiata, convertida en almacén y polvorín tras el expolio de su patrimonio. Tampoco de las palizas, hurtos, vejaciones y amenazas que sufrieron comerciantes y ciudadanos si no colaboraban con el bando republicano.
Cómo olvidar la quema del cuerpo incorrupto del Beato Andrés Hibernón en la plaza que lleva su nombre, junto a su Santuario.
Gandia fue duramente castigada por ambos bandos y eso no debería olvidarse nunca. La omisión que se critica de una etapa no puede reproducirse en el presente sin caer en la misma lógica.
El odio y la división generan más odio y más división, independientemente de quién los promueva.
Cuando la memoria es selectiva, deja de ser memoria y corre el riesgo de convertirse en una herramienta política. Y eso, lejos de ayudar, no contribuye a la convivencia ni al entendimiento.
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