Punto y seguido
Hiperexcitación
Hoy, la sobreestimulación emocional y mediática penetra en gobiernos, campañas, debates y pantallas. La política se teatraliza, los discursos se propagan como incendios y la indignación se convierte en combustible

Enrique Orihuel, en una imagen de archivo. / Levante-EMV
Enrique Orihuel
En alguna ocasión he visitado el café lisboeta de Martinho da Arcada. La luz tenue filtrándose por los arcos se mezcla con el murmullo de la Praça do Comércio, junto con el traqueteo de los tranvías y el zumbido nervioso de los tuk-tuks cargados de turistas ansiosos. En las paredes, las fotografías de Fernando Pessoa observan el trajinar de los camareros, como si aún esperaran a Bernardo Soares para una última anotación en un viejo cuaderno manchado de café. Pensé entonces que, si Soares viviera, habría publicado en redes sociales alguna de sus ácidas sentencias, destinadas a circular unas horas entre adhesiones, comentarios y fotos de gatitos, antes de hundirse en el marasmo del siguiente trending topic.
Pero Soares nunca existió del todo. Fue apenas un semiheterónimo, una escisión deliberada de Pessoa: una amputación del poeta, sin raciocinio ni afectividad, que, desde la Lisboa de hace un siglo, observaba el avance de la mediocridad de su época.
En El libro del desasosiego, una obra muy triste, Soares convirtió la fatiga existencial en resistencia y la melancolía en un modo de habitar el mundo. Intuyó que el signo de los tiempos premiaba la incapacidad de pensar, la agitación permanente y la elasticidad moral. Su diagnóstico de entonces parece describir con precisión un presente donde la hiperexcitación se ha convertido en clima social.
Hoy, la sobreestimulación emocional y mediática penetra en gobiernos, campañas, debates y pantallas. La política se teatraliza, los discursos se propagan como incendios y la indignación se convierte en combustible. En este paisaje, nombres que aparecen a diario en titulares, como Trump, Netanyahu o Putin, funcionan como emblemas de un tiempo donde el sobresalto y la desconexión moral se han normalizado.
Basta mirar alrededor. Las guerras retransmitidas en directo, con sus víctimas civiles reducidas a cifras, conviven con una insensibilidad creciente. Las tragedias en fronteras y mares, y el sufrimiento de miles de desplazados, se disuelven con rapidez en el flujo informativo. Pero la abundancia de imágenes no siempre despierta conciencia: a menudo produce distancia y olvido.
Incluso en Gandia, convertida en símbolo de saturación turística y de estímulo continuo, esta lógica se hace visible. Lejos de los centros de poder, la hiperexcitación se infiltra en la vida cotidiana: ruido, velocidad, consumo, dificultad para detenerse. Como si el mundo hubiera adoptado ese pulso acelerado que confunde el movimiento con el sentido.
Pessoa puso en boca de Soares una advertencia incómoda: «En la vida de hoy, el mundo solo pertenece a los estúpidos, a los insensibles y a los agitados. El derecho a vivir y a triunfar se conquista hoy con los mismos procedimientos con que se conquista el internamiento en un manicomio: la incapacidad de pensar, la amoralidad y la hiperexcitación». Ese párrafo conserva su filo porque describe un mundo donde la prisa se confunde con eficacia, la excitación con liderazgo y la superficialidad con opinión. Desde la crispación parlamentaria hasta la ansiedad mediática, pasando por escenarios internacionales donde el sobresalto es rutina y la agitación ha dejado de ser excepción para transmutarse en paisaje.
Allí, en el café que frecuentaba Pessoa, creí por un instante sentir a Soares sentado en la mesa contigua, escribiendo una frase que no buscaba likes ni polémicas, solo la verdad. Al salir, crucé la plaza y me acerqué al Tajo. Intenté, entre tantos sonidos, escuchar el rumor del río al anochecer, y se abrió paso la idea de que necesitamos una lentitud que nos resguarde de la prisa, de los gestos automáticos y de las palabras vacías. Defender la pausa y la reflexión es una forma de resistencia. Esa lentitud es responsabilidad: apartarse del vértigo para distinguir lo esencial de lo accesorio, lo verdadero de lo ruidoso. Pensé que quizá esa resistencia empieza en gestos mínimos, en devolverle peso al tiempo y dejar que el pensamiento respire.
En tiempos de hiperexcitación, detenerse a pensar es, más que nunca, un acto de insumisión. Una forma de seguir siendo humanos en medio de tanto ruido.
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