Opinión
El tiempo de las tradiciones
Y toda tradición evoluciona. Pero hay una diferencia entre evolucionar y descontextualizar. Entre adaptar y desplazar. Entre hacer crecer una tradición y utilizarla.

Mari Carmen Vidal, en una imagen reciente. / Levante-EMV
Mari Carmen Vidal
Sobre las tradiciones se ha escrito mucho. Una de esas frases que vuelven una y otra vez, sin firma, pero con verdad, dice que quien pierde sus tradiciones, pierde su identidad. Quizá por eso conviene detenerse de vez en cuando a pensar no sólo en lo que hacemos, sino en cómo, cuándo y con quién lo hacemos.
Las tradiciones no son solo celebraciones que se repiten en el tiempo. Son una forma de identidad colectiva. Nos sitúan, nos dan continuidad y nos permiten reconocernos en algo que va más allá de lo inmediato: dan sentido a nuestra historia y a nuestro presente. No son arbitrarias: nacen en un contexto, en un momento concreto, y su significado está ligado a ese origen.
En nuestra ciudad hay dos momentos que marcan el calendario: las Fallas y la Semana Santa. En mi caso, como fallera desde que empecé a dar mis primeros pasos, marzo no es un mes cualquiera, es el mejor mes del año. Son recuerdos que se repiten: el casal lleno, las calles vivas, la música, el olor a pólvora… Almaceno innumerables recuerdos de todos esos marzos en los que los gandienses tenemos la suerte de vivir en nuestras calles una fiesta que no sólo disfrutamos, sino que nos representa.
Las Fallas nacen de un gesto sencillo: quemar lo viejo para dar paso a lo nuevo. Son un proceso que desemboca en marzo, en un momento muy concreto del calendario que no es casual. Ese tiempo forma parte de la propia lógica de la fiesta. No es solo una fecha: es un contexto. Es el final del invierno, el anuncio de la primavera, el sentido de renovación que está en el origen mismo de la tradición.
Dentro de ese marco, cada acto ocupa su lugar.
La cabalgata no es un elemento accesorio. Es un preludio, una antesala que forma parte de ese recorrido colectivo que empieza semanas antes y que tiene un ritmo propio. Desplazarla fuera de ese contexto no es simplemente cambiarla de fecha. Es, en cierta medida, sacarla de su significado.
Porque todo tiene un sentido. Como lo tienen otras festividades que también se encajan en una fecha concreta del calendario: la Feria de Abril, los San Fermines... y nadie se plantea reducirlas a un mero espectáculo.
En los últimos años se ha extendido la idea de que las tradiciones pueden adaptarse sin consecuencias, como si fueran simples piezas que pueden encajarse en cualquier momento del calendario. Pero cuando se separa un ritual de su tiempo, hay que asumir que su valor pues está en lo que muestra, no en lo que representa. Y ahí es donde aparece el riesgo de que deje de ser vivida como una unión y experiencia compartida para pasar a ser consumida como espectáculo.
Porque cuando las tradiciones se respetan, refuerzan el vínculo entre las personas. Pero cuando se descontextualizan, corren el riesgo de perder parte de lo que las hace verdaderamente importantes
El traslado de la cabalgata fallera al mes de julio invita a reflexionar precisamente sobre eso.
No por la decisión en sí, sino por el origen de la propuesta. No nace de una necesidad interna de la fiesta ni de una evolución natural de la tradición. Responde a una iniciativa institucional que busca generar actividad en un momento concreto del calendario. Y es legítimo querer dinamizar la ciudad. Pero también lo es preguntarse desde dónde se afronta.
Las tradiciones no están para resolver lo que otros no han sabido construir. Porque su valor reside precisamente en que no son intercambiables, en que no pueden trasladarse sin que algo se altere. Porque han conseguido algo que no se improvisa: que una ciudad, durante unos días, se sienta una. Eso es tan difícil de crear como fácil de destruir.
Y toda tradición evoluciona. Pero hay una diferencia entre evolucionar y descontextualizar. Entre adaptar y desplazar. Entre hacer crecer una tradición y utilizarla.
Quizá la cuestión de fondo no sea si una cabalgata puede celebrarse en julio. Quizá la cuestión sea qué se pierde cuando deja de celebrarse en febrero.
Porque hay cosas que no dependen solo de su forma, sino del lugar que ocupan en el tiempo. Y cuando ese lugar cambia, lo que se transforma no es solo el calendario. Es el sentido.
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