La Saeta de dos republicanos
Las cárcel de las Escuelas Pías de Gandia albergaba en ese momento a más de 700 presos de todas las clases sociales, oficios y corporaciones, pertenecientes a los 29 pueblos de la comarca

Una imagen antigua de la Escola Pia de Gandia, en archivo. / Levante-EMV
Pepe Fuster Alandete
Dos saetas se elevaron al cielo en la extraña primavera de 1939. La primera, en la tarde del segundo domingo de mayo, festividad de la “Verge”. Esta brotaba desde la garganta de uno de los presos encerrados en el edificio de las Escuelas Pías de Gandia; “Checa Roja ahora reconvertida en cárcel para los “desafectos” al nuevo régimen. La segunda saeta, algo más atemporal, se oía en los bajos de la Casa Consistorial de la población vecina de Oliva. Ambas, ocurrían a los pocos meses del final de nuestra guerra.
Ese domingo, frente a la fachada de lo que antaño fue la Universidad Teológica, fundada por el Borja más famoso de la dinastía, una pequeña muchedumbre que, en procesión, llevaba en alza a la imagen de la “Mare de Dèu dels Desamparats”, hacía un alto solemne en su entrada. Era su celebración. Por eso, el Abad Sola de Gandia, recién llegado de su exilio forzoso en la ciudad de Aviñón, había decidido sacar a la “Geperudeta” a peregrinar por algunas calles de la ciudad. No lo hacía con el permiso de la autoridad militar, dado que el Auditor de Guerra de la plaza, el Duque de Santa Elena, encargado de firmar las sentencias locales que se llevaban a cabo, le había prohibido celebrar este acto, y menos aún, como pretendía el abacial de la Colegiata, detener la comitiva frente al edificio donde muchos gandienses estaban presos.
Ese día, llegado el momento, la procesión se detuvo en la misma puerta del edificio prisión, desobedeciendo a la autoridad que llevaba de apellido Borbón (era primo de Alfonso XIII). Todo ocurrió muy rápido… desde el interior de la cárcel se oyó nacer un canto; eran los presos que, elevando su voz, comenzaron a cantarle a la “Mare de Dèu”. Mientras, en el exterior, el gentío que acompañaba a la imagen religiosa; feligreses unos, otros, solamente familiares de los encarcelados, congregados junto al Abad Sola, quedaron allí parados, y el tiempo, contaron, con todos ellos.
De repente, desde una de las ventanas se propagó la voz de uno de los presos: era el “Roig”, realizando un solo… los demás le acompañaron: “Carmen de España, flor de Valencia, tu pan bendito siempre será... paz en la tierra… paz en los campos... Madre de Desamparados, madre mía, amparadnos... no nos dejes de tu mano... hay madre de bondad... se mi salvación…” Por unos instantes, quienes estaban afuera, callaron y escucharon el desgarro/del canto, que transmitía la saeta de este republicano…
Más de 700 presos
Las cárcel de las Escuelas Pías de Gandia albergaba en ese momento a más de 700 presos de todas las clases sociales, oficios y corporaciones, pertenecientes a los 29 pueblos de la comarca: Unos, a la espera de cumplir su sentencia: salir en una de las “sacas”, otros, aguardando el juicio sumarísimo que les dictaría algo más que un futuro incierto o malogrado.
La segunda saeta pudo haber ocurrido en esa misma fecha o en otro día posterior, pero en la vecina Oliva, también al poco de acabar la contienda. El sargento “Maurinet” se encontraba en pleno suplicio de interrogatorio, en las dependencias del consistorio, cuando algunas mozas del pueblo se acercaron a la verja del cuartucho en donde el joven olivense, agarrado a los barrotes, buscaba desesperadamente un poco de aire fresco y le decían: “¡Maurinet, tan guapo que eres!... Es una lástima que tengan que matarte… ¡Con lo bien que cantabas y ahora ves! ¿No cantas ahora…?, Tu madre está ahí enfrente, asomada a la ventana. ¿Por qué no le cantas un poco?... A ella le gustaría oírte por última vez. Y a nosotras también… Canta Maurinet. Mira, te escucharemos sentadas en el bordillo de la acera. ¡Canta ahora, ya que eras tan valiente antes!”
La saeta surgió desde dentro “… el pobre Maurinet, haciendo de tripas corazón, con el alma rota y la boca llena de sangre, se agarró a los barrotes y cantó con su voz pastosa y varonil la más desgarradora “saeta” que de labios tumefactos de preso jamás se dedicó a la Mater Dolorosa…” Las muchachas, tras escuchar el llanto de la boca de Maurinet, se fueron, como arrepentidas, una a una, y en silencio. “Maurinet, loco de dolor, seguía cantando…”.
Meses después, el día de Ánimasdel 40, Salvador Maurí Alemany, “Maurinet”, con tan solo 19 años, carretero de profesión, y sargento en la milicia republicana, sería fusilado junto a su padre, Salvador Maurí Fillol, también apodado “Maurinet”, labrador de 45 años, en Paterna, los dos en el mismo día en que también mataron a su madre.
La primera saeta pertenece a las memorias de Esther Alandete Soler, la segunda, la relata, bajo el seudónimo de Carlos Monreal, el gandiense Damián Catalá en su libro autobiográfico “El juicio Final”.
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