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OPINIÓN

Las modas pasan, lo esencial permanece

Víctor Soler.

Víctor Soler. / Levante-EMV

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Víctor Soler

Presidente del PP de Gandia

Aún recuerdo el día de la fumata blanca que anunció la elección de León XIV. Aquella tarde hice una apuesta con un amigo sobre quién sería el próximo Papa. Cada uno eligió tres nombres. Entre mis papables estaba Robert Francis Prevost. No sabría decir exactamente por qué. Quizá por su temple o por su serenidad.

Representaba, al menos a mis ojos, ese perfil de pastor capaz de unir más que de dividir. A alguien dispuesto a priorizar la construcción de puentes frente a la confrontación. A alguien más preocupado por tender la mano que por aferrarse a interpretaciones estrictas de la doctrina. O quien sabe, tal vez fue solo un pálpito. Pero terminó convirtiéndose en realidad.

Su elección fue, además, una celebración llena de belleza. Porque pocas instituciones conservan hoy la capacidad de ofrecer ceremonias cargadas de simbolismo, tradición y trascendencia como la Iglesia Católica. La liturgia, la historia y la fe de millones de personas convierten acontecimientos como un cónclave en algo que trasciende lo meramente religioso para convertirse en un fenómeno universal. Por mucho que algunos se empeñen en negarlo. Porque no, no sólo de pan vive el hombre.

Un año después, el Papa León visita España. Y lo hace con una acogida que está superando incluso las expectativas más optimistas. Él mismo reconocía en un entrañable momento ante el Rey Felipe VI que Madrid “había respondido muy bien”. Y basta observar las imágenes para comprobarlo.

El Santiago Bernabéu presentaba una imagen difícil de ignorar. Miles y miles de personas, muchas de ellas jóvenes, acudían para escuchar al Pontífice. Una fotografía que resulta especialmente significativa en una sociedad donde durante años se ha repetido hasta la saciedad que la religión era cosa del pasado.

Sin embargo, algunos datos apuntan en otra dirección. El Informe de Jóvenes Españoles 2026 de la Fundación SM destaca entre sus principales conclusiones el creciente interés de los jóvenes por la espiritualidad y la religión. Actualmente, un 38,4 % considera la religión bastante o muy importante en su vida, mientras que el porcentaje de jóvenes que se identifican como católicos ha pasado del 31,6 % en 2020 al 45 % en 2025. Quizá la explicación sea más sencilla de lo que pensamos.

Vivimos tiempos acelerados, de incertidumbre permanente, donde abundan las opiniones y escasean las certezas, y donde muchos de los valores que han sustentado nuestra convivencia parecen cada vez más difusos. Por esa razón, no resulta extraño que muchas personas vuelvan la mirada hacia aquello que ofrece sentido, comunidad y esperanza. Y la fe, para millones de personas, sigue desempeñando precisamente ese papel. Porque las modas pasan, pero lo esencial permanece.

Basta observar lo que ocurre en Gandia. Cada Semana Santa nuestras calles se llenan de personas que participan, acompañan o simplemente contemplan unas celebraciones que forman parte de nuestra identidad colectiva. Lo mismo sucede con la festividad de San Francisco de Borja, con el Corpus Christi o con tantas expresiones de religiosidad popular que siguen muy vivas generación tras generación.

No se trata únicamente de creencias religiosas. Se trata también de raíces compartidas. De una herencia cultural que ha moldeado nuestra forma de entender la vida, nuestras fiestas, nuestro patrimonio y buena parte de los valores sobre los que se ha construido nuestra sociedad. Por eso resulta especialmente interesante el fenómeno que está generando León XIV.

No porque haya inventado un mensaje nuevo. Al contrario. Habla de cuestiones que la Iglesia lleva siglos defendiendo: la dignidad de cada persona, la importancia de la familia, la solidaridad con quienes sufren, la necesidad de construir puentes y la búsqueda del bien común. Ideas sencillas. Pero profundamente necesarias.

Tal vez ahí resida la verdadera fuerza de su liderazgo. No en ofrecer respuestas revolucionarias, sino en recordar verdades que siguen siendo válidas incluso en un mundo que cambia a toda velocidad.

Y quizá esa sea también una buena noticia para quienes creemos que las tradiciones no son un obstáculo para avanzar, sino una brújula que nos ayuda a no perder el rumbo. Un año después de aquella fumata blanca, sigo sin saber exactamente por qué incluí a Robert Francis Prevost entre mis papables. Tal vez fue intuición.

O tal vez simplemente percibí algo que hoy parece evidente: que las modas pasan, pero lo esencial permanece. Que, como escribió Antoine de Saint-Exupéry, “no hay más que un lujo verdadero: el de las relaciones humanas".

Porque que un servidor de Dios que habla de amor al prójimo, de humanidad y de fraternidad sea capaz de llenar un estadio en pleno siglo XXI no es una anécdota. Es una señal. Una prueba de que, frente a las modas pasajeras y la exaltación del individualismo disfrazado de autocuidado, sigue existiendo una profunda necesidad de sentido, de comunidad y de esperanza. Y eso, sin duda, es una buena noticia.

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