OPINIÓN
Cuando se apagan las cámaras

Enrique Orihuel. / Levante-EMV
Enrique Orihuel
Decía Julian Pitt‑Rivers que «ser español es el grado extremo de la condición humana». El antropólogo e hispanista inglés explicaba que los españoles no son distintos del resto, sino más… de lo que sea: «si son alegres, son más alegres; si son tristes, son más trágicos; si son simpáticos, su simpatía penetra como un láser; y si son antipáticos, son más pomposos e insensibles de lo imaginable».
Durante la reciente visita de León XIV al Congreso de los Diputados, a sus señorías les tocaba ser papistas, demostrando que los españoles somos más de lo que haga falta, incluso más papistas que el Papa. Diputados y senadores, en pie, con una ovación de siete minutos, se vieron obligados a mostrar al país y al mundo -urbi et orbi-, que quizá Pitt‑Rivers no exageraba.
También demostraron, como escribió J. F. Peláez en ABC, que «cuando quieren, saben estar; que esa imagen de perros de presa iletrados que se empeñan en trasladar no es natural, sino forzada»; imaginaba la escena como si alguien hubiera pulsado el botón de pausa justo cuando un adulto entra en la habitación donde unos niños llevan horas zurrándose: «¿Cómo están los chicos más buenos del mundo?».
Abrazados ya al papismo -más allá de la cortesía y del postureo-, el discurso del Papa pareció cosechar un consenso admirable. «Milagro papal en el Congreso: todos se dicen de acuerdo con León XIV», tituló El País. Queda la duda razonable de si diputados y senadores piensan aplicarse las reflexiones agustinianas del pontífice o si creen que son sus adversarios quienes deben tomarlas en serio.
La escena, que parecía coreografiada, resultaba elocuente si se recordaban las palabras que el Papa había pronunciado instantes antes, menos teatrales y más exigentes. Habló de paz, de lenguaje y de encuentro. «La paz -afirmó- no es solo una realidad política o institucional. Nace en la conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación».
Y recordó que también el lenguaje protege la paz: «Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro». Insistió en una idea poderosa que repite con frecuencia: la obligación de «custodiar la palabra para desarmar el lenguaje», porque «la firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación».
Quizá sería demasiado pedir que ese desarme alcanzara también a las redes sociales, donde el ingenio suele viajar armado y con munición de sobra, e incluso las palabras más leves parecen buscar batalla.
Hasta aquí, todos de acuerdo. Todos papistas. El problema empieza cuando se apagan las cámaras. España no suele fallar en los gestos solemnes, sino en lo que viene después: en la rutina, en la facilidad con que cada cual vuelve a su personaje. Algunos intentan mantener el gesto, pero la respiración del país termina imponiéndose. Por eso, la escena del Congreso dejó una sensación extraña: fue correcta, incluso elegante, pero tan pulida que parecía hecha para la foto, no para durar más allá del aplauso.
Lo más llamativo no fue la ovación ni el consenso, sino comprobar que, por unas horas, el país funcionó como si lo normal fuera posible: representantes que escuchan, asienten y hasta parecen entender lo que oyen. Pero se levantó la sesión y todo volvió a ocupar su sitio. El problema nunca fueron las palabras del Papa, sino nuestra legendaria habilidad para admirarlas sin sentirnos obligados por ellas. Quizá por eso las exhortaciones de León XIV corren el riesgo de convertirse en esa música de ascensor que acompaña unos instantes con una cortesía impecable, pero que nadie recuerda cuando se abren las puertas y cada cual sale dispuesto a reanudar sus viejas querellas.
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