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Punto y seguido

El dinero llega el último

"La corrupción empieza mucho antes de que alguien meta la mano en la caja: empieza cuando alguien deja de creer que la caja nos pertenece a todos"

Enrique Orihuel, en una imagen de archivo.

Enrique Orihuel, en una imagen de archivo. / Levante-EMV

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Enrique Orihuel Iranzo

Gandia

Hay expresiones que florecen mientras los discursos políticos se marchitan. Una de ellas es la del «vil metal», convertido en sinónimo de Mamón, príncipe de la avaricia. La repetimos como si el dinero saliera de fábrica con algún defecto moral. Sin embargo, no debe confundirse la herramienta con la materia: el dinero es una invención humana; el oro lleva miles de millones de años siendo exactamente lo mismo. Es un elemento químico de número atómico 79 que ni adjudica contratos, ni reparte comisiones ni coloca a los amigos en cargos públicos. El problema nunca estuvo en el átomo, sino en la facilidad con la que algunos le rinden pleitesía. Un poeta lo llamó «vil», pero solo como figura retórica: las culpas eran nuestras.

Cada vez que una nueva ola de corrupción sacude el país, señalamos al dinero como si fuera el protagonista. Sospecho, sin embargo, que suele aparecer bastante tarde en la historia. Breaking Bad lo explica mejor que muchos tratados de ética. Walter White asegura al principio que fabrica metanfetamina para garantizar el futuro de su familia. Al final admite la verdad: lo hacía porque le hacía sentirse poderoso, porque era bueno en ello y porque disfrutaba ocupando un lugar que nunca había ocupado. La serie deja entonces de hablar de dinero para hablar de poder. Los fajos de billetes solo certificaban que la transformación se había consumado.

Probablemente la corrupción sigue el mismo camino. Nadie se presenta a unas elecciones prometiendo que favorecerá a los suyos. Se invoca el servicio público, la regeneración y la ejemplaridad. Quizá esas palabras sean sinceras cuando se pronuncian. Lo inquietante viene después: la extraordinaria capacidad del poder para fabricar excepciones.

Las excepciones siempre parecen razonables; tienen la virtud de presentarse disfrazadas de sentido común. Este nombramiento porque es una persona de confianza. Aquel contrato por la urgencia. Esa llamada porque convenía desbloquear un expediente. Todo tiene explicación. Nadie siente que cruza una línea; simplemente se desplaza unos centímetros cada día hasta que descubre que la línea ya no existe. Ocurre como con las dietas: casi nadie recuerda cuál fue la primera excepción… el primer trozo de tarta.

España atraviesa otra entrega de ese interminable serial de grabaciones, contratos bajo sospecha, comisionistas e investigaciones judiciales. No hace falta citar nombres; los lectores pueden completar fácilmente el reparto.

Lo revelador no son solo los hechos, sino el lenguaje. Las palabras empiezan su metamorfosis antes que las conductas. Los favores pasan a llamarse «gestiones». El enchufe se convierte en «confianza». La obediencia recibe el nombre de «lealtad». Y cuando el diccionario ya se ha reformado, el dinero entra en escena con discreción. La corrupción empieza mucho antes de que alguien meta la mano en la caja: empieza cuando alguien deja de creer que la caja nos pertenece a todos.

El dinero, siendo importante, rara vez es la causa principal. Lo que seduce es la sensación de ocupar un lugar especial. Es la convicción de que las normas sirven para los ciudadanos corrientes, pero resultan demasiado estrechas para quienes se consideran imprescindibles. El poder tiene una curiosa habilidad: convierte los privilegios en derechos adquiridos y las ventajas personales en supuestos intereses generales. A partir de ahí, cobrar deja de parecer un abuso y empieza a vivirse como una simple regularización sentimental.

Conviene desconfiar de quienes hablan demasiado de honestidad y aspiran a ejercer como faros morales. La honradez funciona como la salud: solo pensamos en ella cuando empieza a faltar.

Seguiremos culpando al «vil metal» porque resulta más cómodo sospechar del dinero que del espejo. Pero el dinero nunca toma la iniciativa. Siempre llega el último, cuando la vanidad, la autojustificación y el poder ya han preparado la mesa. El primer soborno nunca se firma en una cuenta corriente: se firma en la conciencia. Todo lo demás son apuntes contables.

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