Helados que saben a gloria: las monjas de clausura de Gandia amplían su carta este verano
Las religiosas de clausura elaboran además mermeladas y rosarios, cuyos beneficios destinan al sostenimiento del monasterio

Una pareja posa tras comprar helados en el monasterio de Santa Clara, en Gandia. / Josep Camacho

-Ave María Purísima.
-Hola, quería una tarrina de helado de limón.
-Un momento, se la traemos enseguida.
Sin ningún contacto visual y a través de un torno que se abre y se cierra. Así es la experiencia de compra en el Real Monasterio de Santa Clara, en Gandia, fundado en el siglo XV, y ubicado en el centro histórico de la ciudad.
Hace cuatro años las monjas de clausura se lanzaron a vender helados artesanales producidos en su propio obrador, y un verano más están siendo todo un éxito, especialmente en estos días de ola de calor y temperaturas extremas. También anotan encargos por teléfono, sobre todo de granizado de limón.
Este año las religiosas han ampliado los sabores, y ya ofrecen en la carta hasta 16 diferentes. Las novedades este verano son el de "stracciatella" y el de chocolate con leche y Kit-Kat. Empezaron a venderlos en mayo y acabarán en septiembre. La tarrina individual, de 100 gramos, vale 3,5 euros, y además hay formatos de medio litro y un litro. También hay granizado de limón; un vaso sale por 2,5 euros. Por ahora solo aceptan pagos en efectivo.

Obrador de los helados. / Levante-EMV
Al frente del obrador está sor Caridad María, una monja gandiense que atiende al periodista al otro lado de la reja. Explica que la fabricación de helados comenzó en el verano de 2022, animadas por una comunidad de clarisas de Palma de Mallorca, donde ya lo hacían. Dos monjas fueron una semana allí a aprender, y después implementaron el proceso en Gandia. "Empezó como algo muy modesto, para feligreses, amigos...", recuerda. Hoy se acercan personas de todo tipo, incluso grupos de turistas en tropel. Los que piden envases de helados más grandes suelen ser familias de los pueblos cercanos.

Los helados se compran a través del torno, el contacto con el mundo exterior de las monjas. / J.C.
Las religiosas se ponen a elaborarlos a las nueve de la mañana y acaban sobre las dos de la tarde, aunque mientras tanto atienden a los clientes que entren. Cuentan con todos los permisos sanitarios. Los helados pueden adquirirse en horario de 10.30 h a 13.30 horas y por la tarde de 16.45 h a 20 horas, excepto los jueves. El convento de Santa Clara está ubicado en la plaza de la Duquesa Maria Enríquez, número 6.
Mermeladas y rosarios
Pero no solo tienen helados, las Hermanas Pobres de Santa Clara han ido ampliando los productos a la venta, todos ellos confeccionados artesanalmente por ellas mismas, y que ofrecen el resto del año. Así pues, también venden tarros de mermeladas de varias frutas, envasados al vacío sin aditivos, y artículos religiosos, fundamentalmente rosarios, en su versión tradicional o de pulsera de mano.

Las religiosas también venden mermeladas y artículos religiosos. / J.C.
Y todo ello lo hacen siguiendo el principio franciscano de "ora et labora". Los beneficios de las ventas se destinan al sostenimiento del monasterio. Por ejemplo, con la recaudación del verano pasado de los helados mejoraron el pavimento del refectorio. "El edificio se rehabilitó en los años 60, pero desde entonces se han hecho pocos arreglos en la casa, por lo que siempre hay necesidades, sobre todo de mantenimiento de la casa", reconoce sor Caridad.
Sus únicas fuentes de ingresos son las limosnas y lo que adquieren con estas ventas. Aunque es común que las clarisas, en otros puntos de España, elaboren productos y los vendan, en Gandia no lo era tanto. "Las monjas más veteranas cuentan que había un obrador de pastas y de dulce de membrillo, pero hacía más de treinta años que no se hacía nada".
Vida contemplativa
La comunidad la forman actualmente diez monjas. "Es una cifra modesta pero nos permite mantener un buen ritmo de trabajo y comunitario, además por providencia de Dios la mayoría somos jóvenes", valora sor Caridad. Tres de ellas tienen más de 85 años, y hay dos jóvenes veinteañeras. Viven la clausura pero, añade, se sienten muy queridas por los gandienses y por las parroquias de la ciudad.
Uno de sus cometidos es custodiar y estar pendientes de la Capilla de la Adoración Eucarística Perpetua, donde desde hace 11 años se expone el Santísimo las 24 horas del día los siete días de la semana, gracias a la organización de voluntarios, que cubren las franjas horarias, muchos de ellos jóvenes vinculados a Cáritas Interparroquial. "Todos los que entran, aunque no sean creyentes, siempre dicen que aquí experimentan la paz, y eso para nosotras es una señal de que Dios sigue tocando sus corazones", añade al respecto sor Caridad.
Y saber escuchar. "Muchas personas nos piden que recemos por ellos o por sus familiares, quizá uno de los males de nuestro mundo es que mucha gente necesita hablar, pero hay poca gente que escucha", reflexiona la religiosa. "Somos como un corazón donde la gente vuelca su sufrimiento o sus alegrías", apunta.
También realizan convivencias vocacionales dos veces al año y acompañamiento a jóvenes que están discerniendo si Dios les llama a la vida contemplativa.
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