Domingo y Ramón, pescadores de Gandia: «Con este calor las medusas se quedan cerca de la orilla hasta diciembre»
Participan en la iniciativa municipal de capturar estos animales marinos: la cofradía gana y los turistas disfrutan de un baño más seguro

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Josep Camacho

Los pescadores de Gandia llevan un mes recogiendo medusas. Lo hacen, un verano más, en virtud de un convenio de colaboración impulsado por el ayuntamiento que es pionero en la costa mediterránea desde hace una década: una ayuda económica a la cofradía a cambio de que estos reduzcan en la costa gandiense la población de estos indeseables, a ojos de los humanos, animales marinos. Con ello ambas partes ganan, puesto que los turistas pueden bañarse de forma más segura, y es un factor de calidad más que distingue a Gandia de otros destinos turísticos.
El proceso es relativamente sencillo. Tras pactarlo con el ayuntamiento la cofradía lo propone a los pescadores. «No es fácil, porque cada vez quedamos menos», reconoce la presidenta de la cofradía, Carmen Argudo. Aún así se pueden cubrir los turnos. Hace tres años salían cuatro días a la semana, de viernes a lunes, pero por falta de barcos tuvieron que recortar a dos, y ahora lo hacen sábados y domingos, aunque recogen en total una cantidad parecida.
Domingo Ciurana y su cuñado Ramón Campillo son dos de estos recogedores de medusas en sus ratos «libres». A bordo de la embarcación «Iceberg uno», salen a las 7 horas y regresan al puerto pesquero a las 11 horas. Más tarde no pueden estar porque molestarían a los bañistas y hace mucho calor. Peinan toda la playa gandiense, desde Marenys de Rafalcaid, al sur, hasta la playa de l’Auir, en el límite con Xeraco, al norte.
Recogen cientos de ejemplares antes de que lleguen a la orilla a unos 500 metros, lo más cerca que pueden para que los bañistas noten el efecto. Es un trabajo que tiene sus riesgos, por los roces de los bichos. Usan unos canastos con mango. Llevan guantes y una careta protectora. Y un botiquín preparado con las cremas y gotas que alivian la picadura.
Pero, a veces, el propio ambiente que se genera en el barco, sobre todo cuando están todos los capazos llenos, resulta molesto, casi irrespirable. «Lo peligroso es si te salpica a la cara, irrita mucho a los ojos», relatan.
Cuando llegan al puerto las pesan y a partir de ahí las dejan secar al sol: las medusas se desintegran. De un aspecto gelatinoso pasan a convertirse en una especie de polvo. Pero aún así esos compuestos pueden seguir siendo urticantes, así que se deshacen de estos restos con mucho cuidado. Confirman, para tranquilidad de todos, que las medusas que capturan son las de siempre, las de toda la vida, y no se han encontrado con la temida carabela portuguesa, por otra parte muy rara de ver en la costa mediterránea.

La embarcación llega al puerto con las medusas. / J. C.
Comentan que con el cambio climático y el aumento de la temperatura del mar Mediterráneo, hoy en día hay bancos de medusas cerca de la costa, al menos en Gandia, hasta diciembre. «Esto no pasaba hace diez años, como mucho se quedaban hasta septiembre u octubre, y con la primera gota fría desaparecían, ahora no, las vemos casi todo el año», informa Ramón. Y encima son más grandes. «Antes engordaban en julio, ahora entre finales de agosto y septiembre».
Una plaga
Las medusas apenas tienen depredadores, solo las tortugas marinas, por lo que se han convertido en una plaga. Por este mismo motivo este año la travesía a nado por el puerto prevista para el día 15 evitará la escollera, tras las picaduras de la pasada edición. Siguiendo con el capítulo de anécdotas y curiosidades meduseras, los días despejados y con sol radiante es más fácil capturarlas porque suben más a la superficie del mar, pero los nublados se esconden. La noche se la pasan en el fondo.
Durante su jornada matinal Domingo y Ramón han traído, entre todos los capazos, 600 kilos. En las salidas de julio la cofradía ya lleva retirados unos 4.320 kilos de medusas. En su trabajo diario también les molestan, ya que se enredan con las sepias o con las doradas, por lo que deben faenar 20 o 30 metros lejos, en aguas más frías, por culpa de las medusas.
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