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Punto y seguido

Las Columnas de Hércules

"Más de un centenar murieron intentando entrar en la ciudad. Esas vidas perdidas recuerdan que la frontera castiga a quienes menos capacidad tienen para decidir sobre ella"

Enrique Orihuel, en una imagen reciente.

Enrique Orihuel, en una imagen reciente. / Levante-EMV

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Enrique Orihuel

Gandia

Según la mitología griega, Hércules separó las montañas que cerraban el extremo occidental del Mediterráneo. Allí quedaron las Columnas de Hércules, con el lema Non Plus Ultra, advertencia de que más allá solo había mar y misterio. Siglos después, Carlos I las incorporó a su escudo y convirtió la prohibición en impulso: Plus Ultra. El mundo no terminaba en el Estrecho.

Hoy esas columnas vuelven a marcar un límite, no entre continentes desconocidos, sino entre dos orillas que se necesitan y se recelan: Europa y África, España y Marruecos.

En Ceuta esa tensión se ha hecho visible. La llegada masiva de migrantes mostró el rostro dramático de una frontera que puede convertirse en herramienta de presión política. Las imágenes fueron contundentes: jóvenes exhaustos, personas empapadas y ciudadanos encerrados en sus casas por miedo. Más de un centenar murieron intentando entrar en la ciudad. Esas vidas perdidas recuerdan que la frontera castiga a quienes menos capacidad tienen para decidir sobre ella.

Reducir todo esto a «invasión» es tan fácil como insuficiente. El Estado debe proteger sus fronteras y decidir quién entra en su territorio, y la actuación del Gobierno en Ceuta estuvo lejos de la rapidez y firmeza que la situación exigía: se ha tardado veintiséis días en convocar el Consejo de Seguridad Nacional.

La comunidad marroquí es la más numerosa entre los extranjeros residentes en España y tiene también un peso relevante entre reclusos y menores extranjeros no acompañados. En 2024 eran 920.693 residentes, 3.792 reclusos y 4.393 menas. Son cifras que dibujan una realidad compleja que deben leerse con cuidado, porque solo son sombras de vidas concretas. Un número no puede convertirse en un juicio sobre toda una comunidad.

Hay razones objetivas para que muchos jóvenes marroquíes miren hacia el norte. Su país ha crecido y modernizado sus infraestructuras, pero persisten profundas desigualdades territoriales y sociales. El desempleo juvenil sigue siendo elevado y las sequías golpean las zonas rurales. A ello se suma un contexto político marcado por restricciones a la libertad de expresión y de prensa, así como dificultades para la participación cívica. Comprender estas causas no significa justificar nada, pero sí reconocer que quienes huyen no son culpables de las circunstancias que los empujan a marcharse.

También hay actores que instrumentalizan esta realidad. Lo hacen quienes utilizan la desesperación de miles de personas como herramienta diplomática, y lo hacen quienes, desde España, convierten esa desesperación en munición política. Entre la simplificación y la emotividad debería abrirse paso una palabra que casi nunca se pronuncia: responsabilidad. Una responsabilidad que no es solo institucional, sino también comunitaria y social.

España necesita controlar eficazmente sus fronteras, combatir las redes criminales dedicadas al tráfico de personas y drogas, impedir que la migración se utilice como presión y exigir una política migratoria europea coherente. Pero también debe proteger a quienes llegan, especialmente a los menores, y recordar que detrás de cada cifra hay una vida: un pasado y una posibilidad. Control fronterizo y dignidad humana deben ser las dos caras de una misma política.

La relación con Marruecos seguirá siendo difícil porque descansa sobre demasiadas dependencias: migración, seguridad, pesca, comercio, energía y diplomacia. España necesita a Marruecos. Marruecos necesita a España. Y ambos necesitan que el Estrecho sea un puente, no un campo de batalla. Ninguno puede convertir la frontera en herramienta de presión y Europa no puede seguir delegando en sus vecinos del sur una responsabilidad que también le pertenece.

Las Columnas de Hércules ya no representan el Non Plus Ultra. No son el fin del mundo, sino el umbral de dos realidades obligadas a entenderse. El Estrecho no es una muralla que separa a quienes están dentro de quienes quieren entrar, sino un lugar donde se cruzan dos vulnerabilidades y donde en demasiadas ocasiones, la política pasa por encima de la vida.

Más allá de las columnas, Carlos I siempre intuyó que había otro mundo. Quizá también otra oportunidad.

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