Levante-EMV.com »

LENTE DE CONTACTO

La retirada de Zaplana

 21:25  
Enviar
Imprimir
Aumentar el texto
Reducir el texto

JUSTO SERNA Hay un género de literatura -o de subliteratura, no sé- que me divierte especialmente: es el del libro-entrevista, hecho para lucimiento de un famoso. En dichos volúmenes, alguien que ha alcanzado notoriedad se confiesa. O alguien que desea obtenerla; o, incluso, alguien que aspira a mejorar su mala prensa. En esas páginas, que suelen adoptar la forma de unos recuerdos, el personaje se expone: normalmente para evocar una vida -la suya- que juzga interesante; o tal vez para mostrarnos el lado más amable o desconocido; o quizá para adelantarnos qué será de su existencia, qué hará en el porvenir. Al decirlo, alardea del pasado y, a la vez, se compromete con lo venidero. Para realizar un libro así es preciso que un periodista conciba el esquema, formule y pacte las preguntas, pero sobre todo es obligado crear un ambiente de confianza: el suficiente como para que el entrevistado se sienta cómodo y largue con sencillez, con familiaridad o incluso con cierta franqueza o con apariencia de tal.
Acabo de leer un libro datado en marzo de 1995. Lo ambicionaba desde hace años pero su pronta descatalogación me impidió disponer de un ejemplar. Ahora, gracias a la amabilidad de Francisco Fuster, lo tengo. ¿Su título? «Eduardo Zaplana. Un liberal para el cambio en la Comunidad Valenciana». Es uno de esos libros-entrevista que antes mencionaba, cuidadosamente preparado por el personaje y por un periodista que hacía las veces de interlocutor áulico: Rafa Marí. ¿Alguna particularidad? Un volumen de estas características, admitía Marí, «obliga al político en capilla a establecer sus compromisos, a sellar en un libro sus promesas. Que aquí quedan impresas por si algún día las incumple y hubiera que reprochárselo». ¿Y bien? ¿Qué impresión me llevo al leerlo tantos años después?
La verdad es que sorprende cómo ha declinado la estrella de Eduardo Zaplana: entonces era un joven candidato, muy prometedor para los objetivos del PP, en vísperas de ganar unas elecciones autonómicas. Prologado por un José María Aznar retórico -verbalmente expansivo, de frase rebuscada, de período larguísimo-, Zaplana se mostraba eufórico. La cubierta del libro lo pregonaba con una fotografía favorecedora, de tintes verdaderamente publicitarios. Vemos allí a un político con aura, de pie, erguido; vemos a alguien que aún no ha cumplido los cuarenta, con traje que parece de buen paño y con cartera algo ostentosa; vemos a un candidato que camina con seguridad y con firmeza, al aire libre. Transita por una calle que no se distingue, abstracta. Quizá está difuminada para que la realidad concreta no se divise. Es una calle en la que, sin embargo, sólo se ve una señal de tráfico: la que establece el sentido único para los autos. Es muy rotundo el significado que se le quiere dar a la imagen: hay una dirección obligada -parece decirnos el retratado-, pero yo, el candidato, circulo a la contra. La lectura de dicho libro produce ahora algo de estupefacción en el lector: la cuestión no es si el político ha logrado sus objetivos. De lo que se trata es que el principal compromiso que Eduardo Zaplana estableciera no sabemos si lo ha incumplido.
«Mis ambiciones políticas estarían sobradamente colmadas con la presidencia de la Generalidad. El esfuerzo de esos ocho años [que era el plazo máximo que se imponía en la gestión] culminaría con creces mi carrera política. Lo digo con toda sinceridad, y no desde la modestia». El periodista le replicaba diciéndole que aquél era un compromiso algo delicado, pues haciendo cálculos eso supondría tener que cambiar de actividad a los cuarenta y siente años. El candidato protestaba con energía. «Me daría por muy contento pudiendo descansar un poco a los 47 años, desengancharme por un tiempo de la vida política y ganarme honradamente la vida como abogado, con mi despacho abierto. O ser simplemente un diputado de a pie», respondía. No había reparo, pues: tenía suficientes arrestos para abandonar la política. Las cosas, sin embargo, no han andado así: han pasado doce años de aquella promesa y Eduardo Zaplana no ha podido ganarse la vida honradamente como abogado. Abandonó, sí, la Presidencia de la Generalitat, pero por un empleo de ministro, que finalmente se esfumó. Fue nombrado portavoz del grupo popular en el Congreso, cargo del que será próximamente apeado y ahora, por lo que dicen, lo vemos lidiando para hacerse con un puesto que le permita repetir como parlamentario. Quién sabe, a lo mejor ya ha llegado el tiempo de su retirada: no sé si como diputado o, tal vez, como abogado con despacho abierto. Desde luego hace tiempo que parece circular en dirección contraria.

COMPARTIR