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La cena de los políticos

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JUSTO SERNA Un mundo desbocado (Runaway World) es el título de uno de los libros más importantes de Anthony Giddens, pensador laborista, sociólogo prolífico. Esta obra, que apareció en inglés en 1999, era una apretada síntesis de aquel tiempo, su representación: vivimos entonces -y ahora- a lomos de un mundo desbocado, de un caballo sin brida. La metáfora le servía a Giddens para identificar el curso de la sociedad, su aceleración, más allá de frenos institucionales, pero sobre todo para retratar el estado de ánimo, ahíto, la impresión generalizada de que somos individuos que todo se lo tragan: tipos sin compromisos, arrollados por un proceso que nadie gobierna enteramente.
Tiempo después, Ralf Dahrendorf -colega liberal de Giddens- retomaba esa idea del mundo desbocado. En su libro En busca de un nuevo orden repetía la metáfora de Giddens porque, según decía, «recoge fielmente los dos rasgos que definen nuestro mundo: es un mundo incontenible, que nadie puede parar, y en él no hay nada a lo que podamos agarrarnos». La aceleración, añadía Dahrendorf, es de naturaleza similar a la descrita en El manifiesto comunista, texto en el que Marx y Engels hablaban de la destrucción de los vínculos feudales, de la quiebra de las ligazones patriarcales y milenarias.
La globalización que nos atraviesa sería de esa naturaleza, aunque de efecto mayor. Por un lado, disuelve los lazos que antes nos ataban o contenían o sofocaban; por otro, nos quita los asideros, los criterios firmes, la pompa y la circunstancia que en el pasado nos auxiliaban y frenaban. El libro de Dahrendorf es un muestrario de soluciones liberales: propone extender la libertad en un mundo cosmopolita. No tanto la edificación de una democracia mundial -idea buena, pero impracticable seguramente-, cuanto la extensión de las democracias bien nutridas asociadas al bienestar.
Se trata, en todo caso, de una tarea difícil. Deberíamos hacer frente a la desgana de los ciudadanos en las viejas democracias. ¿La causa? Son numerosos los factores que influyen en esta falta de apetito democrático: la corrupción que destapan los medios y que revela la granjería de la que tan necesitados están ciertos políticos codiciosos; los comportamientos delictivos de quienes usurpan los servicios, de quienes se apropian de los recursos para redistribuirlos como favor a cambio de sujeción; el enriquecimiento de gobernantes menesterosos que luego hacen ostentación de lujos asiáticos. Un empacho, ya ven.
La vida es siempre una suma de acuerdos que se establecen entre dos o más personas sometidas a ciertas obligaciones equivalentes, a ciertas fidelidades: gracias a ellas nos guardamos respeto. La exigencia es el requerimiento básico para la observancia de esos acuerdos, requerimiento que, en principio, se basa en la confianza. Como no siempre podemos depositar nuestra consideración en alguien a quien no conocemos e incluso como no siempre ese a quien conocemos es fiel a su palabra, necesitamos compromisos formales que garanticen la observancia de las obligaciones. Confiar es aguardar que el otro cumpla las reglas y la palabra, una palabra que en el caso del político -por ejemplo- no es personal, sino institucional. Cuando esto no se da, cuando no recaen sanciones eficaces en aquellos que vulneran sus cometidos o promesas, entonces se sacia el apetito avaricioso y delictivo.
Hay una anécdota que cita Giddens y que vendría a plantearnos la paradoja en la que estamos envueltos: la de la democracia saciada, indispuesta y achacosa con la que nos conformamos. En cierta ocasión, un viajero europeo que estaba de paso por Estados Unidos preguntó a un colega norteamericano: «¿Cómo podéis aguantar ser gobernados por gente que no osaríais invitar a cenar?» El estadounidense, lejos de atragantarse, le devolvió el interrogante con lógica abrumadora: «¿Cómo podéis aguantar ser gobernados por gente que jamás os invitaría a cenar?» En uno y en otro caso, la moraleja es la misma: sólo deberíamos votar a aquellos políticos que pudieran ser comensales nuestros, justamente porque llegan a la hora, porque se conducen de modo cortés y porque cumplen los compromisos contraídos a pesar de vivir en un mundo desbocado e incierto. Los niños malcriados pretextan cualquier cosa para justificar sus irresponsabilidades o su pésima educación. Ya está bien. Es simple lo que propongo, ya lo sé, pero la urbanidad política de quienes se sientan a la mesa es el primer requisito de la civilización.
Buen provecho.

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