No por esperada es menos dura la noticia de la pérdida de un ser querido. Pues sin tener otro parentesco que el tesoro de la amistad, el hecho de ser don Alvaro Domecq y Díez un ser extraordinariamente próximo a todas las personas que configuran el mundo del toro, hace que su figura haya sido y sea valorada como propia de cada una de esas personas que han tenido la suerte de tratarle.

En un obituario no hay espacio suficiente para relatar toda la biografía de un personaje de la dimensión de Don Alvaro Domecq y Díez, pero sí para dejar constancia de los rasgos que lo han hecho un ser querido y respetado por propios y extraños de un universo, el del toro, que no todo el mundo es capaz de entender y que él, recurriendo a su añeja sabiduría, se preocupó de divulgar poniendo en liza todas sus virtudes como artista, siendo un innovador del arte del rejoneo y preservando, como ganadero, las cualidades más notables del toro bravo como son la integridad de la raza emanada de la bravura y la nobleza. Finalmente, como escritor, divulgando con entusiasmo y sensibilidad la cultura creada en torno al toro.

Quienes hemos tenido la suerte de tratarle, sabemos de su inmensa bondad y de la fuerza interior que ha tenido para hacer frente a tanta prueba límite a que fue sometido en vida. Desde la pérdida de su hija Marisol, cuando apenas contaba ocho años, en un desgraciado accidente campero, hasta soportar cómo la carretera le arrebataba de un sólo golpe, tremendamente brutal, a cuatro de sus nietas, pasando por presenciar en directo la muerte de su íntimo amigo Manuel Rodríguez Manolete. Todas esas vicisitudes nunca le influyeron negativamente, por eso, como dice su ahora desolado amigo Manuel Flores Camará: «Siempre se condujo como un hombre cabal.»

Su legado lo recoge ahora su hijo Alvaro, ¡cuánto cariño ha derramado el entrañable Alvarito, estos últimos meses cuando su padre ya no podía valerse por sí solo! ¡Con qué ternura cuidaba de él! ¡Con qué generosidad! Digno sucesor. Una larga y bienhadada herencia, que tiene su continuidad en su hija Fabiola, los hijos de ésta y de Luis Fernando Domecq Ybarra, seguirá esparciendo por los ruedos el aroma de un modo generoso y sensible de entender la fiesta de los toros. Y allí donde aparezca uno de esos preciosos animales con la divisa azul y oro de Torrestrella, renacerá la imagen ilustre de quien fue genial caballero, señor de los Alburejos e inolvidable ser humano. Con su muerte, centenares de páginas del libro infinito de los toros se ensombrecen con el luto de la pérdida. Descanse en paz.