04 de mayo de 2008
04.05.2008
CONFESIONES EN LA CIUDAD

Luis Massoni: "La pasión sólo puede contagiarse entre seres afines"

Por María José Muñoz-Peirats

04.05.2008 | 02:00

Estudió en la Alianza Francesa, y la Escuela Superior de San Carlos. A partir de 1966 su trayectoria es imparable: realiza múltiples exposiciones; es pionero del realismo mágico y se entrega a una febril vocación docente. Ha sido comisario de exposiciones y sobre todo es reconocido como importante retratista.

Artista inquieto e inquietante, pinta: «El pintor copia la luz, pero aspira a la tiniebla». Escribe: «El artista no inventa, descubre, no añade a lo que ya había, sino que encuentra, rescata fabulosos continentes en la chata geografía de lo habitual» y denuncia? Fundador de la asociación Amigos del Centro Histórico, denuncia?
-Confiese, ¿se ha dedicado de alguna manera a hacer justicia, poniendo en su sitio a ciertos artistas?
-Lo que ocurre es que sufro cuando me cruzo con alguien valioso que no recibe la atención merecida, como en el caso llamativo de Ramón Gaya, que aterrizó en Valencia en 1973. Yo conocía sus asombrosos escritos y cuando lo traté, comprendí que estaba delante de alguien excepcional, que generaba pensamiento con gran naturalidad.
-Cuando casi nadie hablaba de Ramón Gaya, usted le organizó una exposición...
-En el 75 en la galería Garbí. Hoy se puede decir: cuando Ramón llegó a Valencia estaba muy solo y pobre, vivió en mi casa durante tres años y medio y trabó amistad con la que sería su mujer, Isabel Verdejo.
-Concretamente usted es sobrino nieto de Benedito y parece llevar en las manos su legado...
-Somos muy distintos por época y carácter. Me inició en el dibujo, algo que nunca agradeceré bastante. Fue un hombre muy afortunado y exclusivamente pintor, yo he tocado otros palos, y me he creído y me han gustado algunas cosas de la modernidad.
-¿Qué cosas?
-Aquellas que no buscan la modernidad, porque la modernidad como meta es absurda, otra cosa es la avidez vital y sensible de un Picasso? el caso más preclaro de modernidad casi involuntaria. Cézanne y Van Gogh no son, como se piensa, modernos sino el canto de cisne de la pintura milenaria. En Picasso, que es más complejo, ya se produce una ruptura dramática.
-Creo que usted es de los primeros artistas de su generación que pinta a Gil Albert...
-Posiblemente. A Juan lo conocí en mi exposición de 1971. Nos caímos bien y le estuve haciendo un largo retrato. Oír a Gil Albert, era recuperar una porción del pasado que nos hurtaron; junto a Gaya encarnaba aquella generación legendaria del 27 y del 36.
-Últimamente se ha ocupado de la obra de Sigüenza consiguiendo, a punto de dispersarse, un compromiso de exposición por parte de la Generalitat Valenciana. Y es comisario de la exposición en el Centro del Carmen... Se llevó a su casa los lienzos de los herederos y los fue vendiendo a coleccionistas de confianza a un precio razonable.
-Era un dolor ver la obra de un pintor honradísimo en peligro de desaparecer. Al fallecer su sobrina, hermana del fotógrafo de Levante-EMV, Pepe Cabrelles, me llaman los herederos y me encuentro con unos lienzos sucios de un siglo que van a desaparecer en una mala venta. A parte de comprar alguno, le ofrecí a Consuelo Císcar la donación de tres óleos muy representativos, todo el archivo personal y una escultura de Aixa, a cambio de una exposición homenaje con un catálogo adecuado. Se portó con humanidad y buen sentido. Gracias a ese ofrecimiento fue posible convencer a coleccionistas amigos de que, mucho antes de la exposición, compraran una buena parte de aquella colección. Hoy los cuadros están restaurados, bien enmarcados, defendidos por amantes de la pintura, catalogados, estudiados y presentes en el Museo. Sigüenza es lo nunca visto, porque siendo tan pintor y pudiendo vivir de su pintura prefirió la oscura vida de un profesor entregado a la cultura local. Tanta espiritualidad ni entonces era corriente y ahora resulta antediluviana, porque vivimos el auge de la autopromoción y cualquiera chisgarabís, sin nada entre las manos, aspira desesperadamente a la fama.
-¿Es usted un soñador que consigue hacer de sus sueños realidades?
-Soy un soñador que para hacer más llevadera la dura realidad tiende a quejarse. Lo que se está haciendo con la ciudad, ¡no tiene nombre! No tengo intención política, pero de los cinco barrios históricos, han engullido uno: Velluters, el más singular, el único con urbanismo rectilíneo. Han desaparecido más de doscientos edificios, treinta de ellos protegidos, en la mayor manzana de Europa; pero Valencia vive de espaldas a tales atropellos.
-¿Qué pasó con Foster, no vino a rehabilitar el Barrio Antiguo?
-Dime de lo que presumes... También nos llovió ese castigo de los cielos que es Calatrava. ¿Cuándo asimilará la maravillosa pretilada del Turia, ese puente infumable, caprichoso, estúpido y que ni siquiera es un prodigio de ingeniería?
-¿Y esa Ciudad de las Ciencias tan valorada?
-Ahí no quisiera entrar porque eso, que es feísimo, ha sepultado y falseado nuestra topografía. Si un museo de esos es tan necesario, que lo hagan, pero que lo escondan bajo tierra. No me gusta el sesgo futurista en que han metido a Valencia, mientras se hacen desaparecer calles, y se descalifican magníficos edificios como el de las Rocas.
El señor Calatrava ha cortado, como taquitos de queso, las inmensas vigas de mobila de la finca que ha desfigurado. ¿Qué se puede esperar de un sujeto que se salta la protección que tenía ese edificio y sustituye el gracioso bajorrelieve de una casa en llamas, correspondiente a la primera ubicación del parque de bomberos, usurpando en «un piedro» la Cruz de Calatrava? Es un dechado del urbanismo que no hay que hacer. Si en el centro las casas son ocres, él pinta la suya en dos grises. En lugar de la teja moruna, pone jardines de Babilonia. Las antiguas vigas de madera las sustituye por vigas de hierro. Cuando delante de su casa coincidí con Luís García Alarcón, con su ingenio a lo Buenafuente me dijo: «Habría que preguntarle: Calatrava, si tanto te gusta el centro, ¿por qué lo rompes?»
-Es fundador de la Asociación Amigos del Centro Histórico y ha hecho más de 80 denuncias en los medios de comunicación, ¿es usted un subversivo?
-Trato de ser un ciudadano que defiende lo más valioso de una ciudad dos veces milenaria.
-Repasemos sus denuncias: Destrucción de los frescos de Vergara en la calle Landerer...
-Por cierto, a cargo de la Diputación. Y ganamos el juicio.
-El proyecto de restauración de la cúpula de la Basílica de la Virgen...
-Sin duda la más importante. Era David contra Goliat. Todas las fuerzas vivas de la ciudad respaldaban el disparate, ¿quién les apeaba de esa burrada? Las reiteradas condenas de acreditados especialistas como Pérez Sánchez, Francisco Jurado o Bérchez? fueron decisivas para frenaran las delirantes, innecesarias y peligrosas perforaciones en cúpula y pinturas.
-¿El acristalamiento del Palau de la Generalitat; el «museu obert...»?
-Y añada la conversión de nuestras fuentes históricas en jacuzzis: La sustitución de nuestras delicadas farolas de estilo florentino por tremendas farolas fernandinas muy adecuadas para? Madrid; así como las pavimentaciones de granito. El túmulo funerario de la plaza de Manises es de grito y la contaminación lumínica de Valencia de libro. Así podría seguir señalando más de doscientos despropósitos. Por no hablar de la penosa situación del Museo de la Ciudad.
-¿Qué es concretamente el «realismo mágico» que practica desde 1970?
-Un renuevo del «regreso al orden», o sea a la figuración renacentista que primó en los años veinte por cansancio de las primeras vanguardias.
-¿Qué busca en el retrato?
-Testimoniar lo que de más intenso tenga la realidad puesto que el ser humano posee conciencia y las flores no.
-Usted ha pintado a casi toda Valencia ¿El retrato lleva en sí un secreto de sociedad?
-Y la sigo pintando. Últimamente hago muchos retratos de grupo. A través del retrato se reafirman los vínculos afectivos y también, sin duda, la pertenencia a un grupo social.
-¿A qué tipo de grupo social pertenece esta ciudad?
-Soy nulo sociólogo. Para mí el mayor interés al retratar, consiste en rescatar del «personaje social», que representa cada modelo, la «persona» que sea. Y como ideal regresar esa persona a una suerte de origen vital.
-¿Cuál es su origen vital?
-Eso quisiera yo saber... El arte no define la realidad, sólo puede -y no es poco- aproximarnos a su misterio. Después de 8.000 años de retratismo intento ahondar en las motivaciones del género. El cruce de miradas entre pintor y modelo es algo muy serio que pretendo proteger de esa frivolización de las «notas de sociedad». Mi pintura de retratos y toda la demás se religa constantemente con los enfoques de la pintura antigua. Lo de hoy me gusta tan «repoquito» que me entrego compulsivamente en los brazos del pasado.
-Es profesor, ¿se puede enseñar la pasión?
-La pasión sólo puede contagiarse entre seres afines. He sido un poco ingenuo al creer incondicionalmente en mis alumnos que me han decepcionado en demasiados casos.
-¿El dibujo es como un boceto del pensamiento?
-El dibujo es el fundamento de la pintura y un medio muy puro de expresión en el que cabe tanto la pasión como el pensamiento.
-¿Sus ideas son sus obras o tiene que hacer concesiones al mercado?
-Hago las justas. Muchas veces me encargan un tipo de cuadro e impongo otro. Lo que no hago de encargo nace en completa libertad.
-¿Cómo se sobrevive en un mundo dominado por el intercambio comercial?
-Con mucho sacrificio y trabajo, sorteando los mil peligros del agio del arte y de la desidia oficial. Actualmente hay verdaderas fábricas de exposiciones llevadas por legión de oficinistas, limpios de interés por el arte y lo que es peor, incapaces de amarlo.
-¿Para tener éxito se tiene que actuar de acuerdo con el sistema?
-Si se busca el éxito masivo y usual, desde luego. Siempre he diferenciado entre difusión y propaganda. El éxito que se deba a la propaganda no va conmigo, es más, lo detesto. El éxito que me satisface de veras y me estimula a pintar lo mejor que pueda consiste en seguir reconociéndome en los cuadros que pinté y en que el público, aun sin conocerme, también se reconozca profundamente en ellos. Creo que al público se le engaña con cualquier cosa, pero también es cierto que cuando se le pone oro de ley delante de los ojos sabe reconocerlo, no todo está perdido, por lo que aspiro a ofrecer quilates.
-¿Un cuadro debe imponerse por sí mismo a quien lo contempla?
-Desde luego. Me viene a la cabeza el aforismo de Juan Ramón: «La primera virtud del arte es la de ser contagioso».
-¿Somos agentes de nuestras circunstancias o víctimas?
-Las dos cosas, aunque algunos somos víctimas de nosotros mismos. A mí me cuesta callar verdades, pero eso tampoco está mal y escapar de esa tontería del éxito, como yo hice varias veces, renueva por dentro; en un artista su interior es lo más decisivo.
-¿Vivimos en un mundo cada vez más hambriento de poder y más controlado?
-Por desgracia sólo hay que ver la cada vez más monstruosa infiltración del fútbol en la política.
-¿Qué retrato haría de los pecados de los valencianos?
-El pecado capital del valenciano es la dejadez, que unida al hedonismo desmedido se torna ligereza.
-¿Esta ciudad es pecadora?
- Y? ¡mucho! Valencia, además, peca de autodestructiva.

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