26 de enero de 2012
26.01.2012

El color del cristal

26.01.2012 | 03:40

Mara Calabuig

Sin abandonar la irrenunciable discreción, esta "Mirada", ahora más vulnerable, se vuelve oscilante. En un extremo alientan los, al parecer, buenos resultados de FIMI, y el ejemplo de tanta buena gente en pro de la Pasarela Alma conducida por Francis Montesinos, en prueba evidente de que la moda tiene su corazoncito.
Que a veces, sin embargo, no late al compás deseado y en el tiempo justo. Me llama la atención, por ejemplo, que algunas voces reivindiquen ahora el legado de Elio Berhanyer, al que se otorgó el Premio Nacional de Diseño de Moda y una T de la revista Telva después de haber tenido que cerrar su taller, y a quien muchos esnobs negaban el pan y la sal no hace tanto, cuando desfilaba en la Pasarela Cibeles (que por cierto ha perdido su castizo nombre, también en aras de recortes. ¿O de mercados?)
Su directora, Cuca Solana, en una entrevista reciente, prodigaba elogios al añorado Jesús del Pozo, calificándole de "Armani español". No sé si lo hizo en público mientras vivió el diseñador madrileño, pero, en contraste, recuerdo muchas críticas periodísticas demoledoras, tildando a Del Pozo de repetitivo e inmovilista. Reconocer méritos tarde no es una reacción esporádica en nuestro mundillo de la moda, que a menudo cae en el error de apreciar sólo la última novedad, desdeñando la primera calidad de la que se alimenta.
Estamos aún a tiempo de apreciar lo que tuvo de fundamento y raíz el quehacer de Alejandro, el modisto al que ayer dio su adiós en la misa funeral un público numerosísimo y vario. Alejandro Vidal fue pieza decisiva en la transición que abriría puertas internacionales a la moda centrada en una buena tarea artesanal de alcance más doméstico. Alejandro se había ejercitado a fondo lejos de España, intercambiando influencias, vivía en directo la moda europea y, sobre todo, poseía el don, reconocido por él mismo, de "mirar a una mujer y saber en seguida qué es lo que le va". Ese ojo crítico se traducía en rápidos bocetos, que luego llevaba a la práctica con la tenaz minuciosidad que le caracterizaba. Su estilo no era arquitectónico, de trazos rígidos y tajantes, sino de líneas curvas, suaves, envolventes. Admiraba, en Chanel, su período de muselinas y gasas -poco frecuentado- que él sabía orquestar sabiamente. Y sin que hubiera jamás nada excesivo en ninguno de sus modelos. Creo que fue, a su manera, predecesor del minimalismo, en una época no liberada del proverbial barroquismo tan adherido a la estética valenciana. Su forma de entender el oficio facilitó el paso de la costura al diseño, abriendo camino a los que han venido después, empezando por quienes le han sucedido en dos generaciones de su propia familia.
Por suerte, el pasado mes de abril, al concedérsele el premio de la revista Tendencias VLC, todavía pudimos ofrecer a Alejandro un anticipo de lo que hubiera debido ser más adelante un homenaje de mayor envergadura y concreto enfoque en su figura. Propugnamos la innovación, desde luego, pero no hay que olvidar que sin cimientos acaba saltando por los aires.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine