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Moda italiana junto al Támesis

Londres mantendrá hasta finales de julio en el Museo Victoria&Albert la panorámica de la moda italiana que abarca desde 1945 hasta hoy

Moda italiana junto al Támesis

Moda italiana junto al Támesis

Es difícil no experimentar algo parecido a la envidia ante el reconocimiento británico hacia la moda de Italia. Podíamos incluso, hallar un precedente, y de altura: en 1961, Margarita de Inglaterra, la hermana de la reina Isabel II, se atrevió a desafiar la etiqueta palaciega que imponía exclusivamente a los diseñadores ingleses vistiendo un modelo de Fernanda Gattinoni. Claro que esta italiana vestía a Ingrid Bergman, Kim Novak o Liz Taylor y cinco años antes había sido nominada al Oscar por el vestuario de Audrey Hepburn en la película Guerra y Paz.

La solera de la moda italiana viene de lejos. Ya en 1910, Giuseppe Visconti padre de Lucchino, el gran cineasta afirmaba: «Italia tiene todas las posibilidades técnicas y artísticas para lanzar al mundo una moda propia». Si bien no cabe hablar de siglos de historia, como en el caso francés, en cambio es patente la temprana visión que industriales, creadores e intermediarios tuvieron de los nuevos tiempos, y la rapidez de su adaptación. Con precedentes notables en los años 30 y 40, los mismos italianos sitúan el verdadero nacimiento de su moda, o de su «bautismo» internacional, en julio de 1952, con el célebre desfile de Florencia en la «Sala Bianca del Palazzo Pitti».

Había sido cuidadosamente preparado por Giovanni Battista Giorgini, hombre culto y refinado, agente de promoción y venta de la artesanía italiana, muy introducido en el mercado estadounidense. El fue el artífice cuando decidió ampliar su campo de acción a la moda creada en su país. Gracias a sus gestiones, el evento de la «Sala Bianca» se convirtió en un acontecimiento mundial al que asistieron, no sólo los periodistas más reverenciados como Carmel Snow, de Harper's Bazaar, Bettina Ballard, de Vogue y el omnipotente John B. Fairchild, de Women´s Wear Daily, sino todos los compradores de cadenas y grandes almacenes norteamericanos, además de los personajes de la alta sociedad cosmopolita.

Aquello fue un boom que las publicaciones de prestigio se apresuraron a cubrir de elogios, proclamando que una Italia todavía maltrecha tras la II Guerra Mundial hacía tambalear la preponderancia de la moda francesa, hasta entonces inamovible. La potencia italiana se asentaba en un catalogo de nombres que fueron grandes artistas de la costura y de un incipiente pret-a-porter de lujo. Abundaban las aristócratas que supieron abordar la moda con absoluto dominio y éxito total, como «carosa», firma de la princesa Giovanna Caracciolo; «Simonetta», que escondía sus apellidos nobiliarios, Colonna di Cesaró; el magnífico marqués Emilio Pucci; o la princesa Irene Galitzine. Y otros de muy alto nivel, como el brillante Schuberth, la fantástica Jole Veneziani, el grandísimo Robert Capucci o las pioneras Hermanas Fontana, que eran tres como las princesas de los cuentos; vistieron a Linda Christian en su boda con Tyrone Power y desfilaban en Hollywood ante espectadores como Rita Hayworth, Frank Sinatra o Clark Gable.

Son sólo un ejemplo. Estos y muchos más fueron los cimientos espléndidos de los herederos ya de sobra conocidos: los Moschino, Ferré, Armani, Valentino, Versace, Gucci, Prada y tutti quanti. En los primeros años 50, tras la hecatombe bélica, empezaban a llegar a Italia las primeras hilaturas de lana y algodón, y pronto comenzaron a suministrar a diseñadores y modistos los tejidos de altísima calidad, característicos de las veteranas fábricas italianas. Esto, unido a la abundancia de hábiles manos artesanas, constituye la base para generar una moda novedosa, más arriesgada que la francesa, y descrita por John B. Fairchild así: «Libre, bella y pulida como un Ferrari, deliciosa y cálida como la pasta: irresistible».

En 1992 se celebró en Florencia una exposición extraordinaria, conmemorativa del 40 aniversario de la «Sala Bianca». Fue en el Palazzo Strozzi; instalada nada menos que por la famosa arquitecta Gae Aulenti y el no menos famoso «regista» teatral Luca Bonconi. Otro exitazo, que conquistó París, donde el año siguiente se trasladó una selección de la muestra italiana, exhibiéndose en el «Musée des Arts de la Mode» entre marzo y agosto de 1993.

El made in Italy, apoyado desde el principio por diversos organismos estatales estaba ya solidamente anclado. La actual exposición londinense es prueba palpable de su vigencia. ¿No es comprensible añorar lo que podría haber llegado a ser, con soportes y gestores adecuados, un made in Spain de pareja envergadura, merecedor de homenajes en otros países, como los que reseñamos?... No todo se reduce a universalizar Zara o exportar a Balenciaga, por cierto dejándolo encasillado en la Haute Couture parisina.

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