Corrían mediados de los años 60 cuando el entonces alcalde de Valencia, Adolfo Rincón de Arellano, me designó como una de las cuatro damas de la corte de honor de Cayetana de Alba, quien había sido nombrada Fallera Mayor del Parador del Foc de Valencia. Con poco más de 20 años, yo trabajaba como becaria en el diario Jornada de Valencia, y tuve la oportunidad de acompañar a la duquesa de Alba a todos los actos a los que acudió en aquella semana de las fiestas grandes de Valencia. Sencilla y curiosa son las cualidades de Cayetana de Alba que me vienen a la memoria cuando recuerdo esos días. Mujer de hablar pausado y voz queda, mostraba interés por todo lo que le rodeaba y no se cansaba de preguntar por aquello que despertaba su curiosidad. No comparto la imagen de una mujer valiente y «echada para alante». Más bien la recuerdo como una persona tímida, que hablaba muy bajito, como queriendo pasar desapercibida. Eso sí, ya despertaba la admiración popular y la gente la aclamaba allí donde iba.

Entre las anécdotas que me vienen a la mente, no puedo olvidar aquella tarde en la que acompañé a la duquesa a los toros. Yo detesto las corridas, así que para calmar los nervios me puse a comer pipas de girasol en la plaza. Cayetana jamás había visto ni probado este fruto seco, así que le di un puñado y le encantaron. Recuerdo que antes de marcharse de Valencia, como despedida, le regalé una bolsa de esos frutos secos. También se reía cuando en las mascletàs le contaba el miedo que me daban las tracas y siempre me instaba a que comiera más porque en aquellos años yo estaba muy flaca.

Pese a sus títulos nobiliarios, la duquesa jamás quiso que la llamáramos de usted, simplemente Cayetana, y en la Ofrenda de flores no consintió desfilar delante de sus damas, así que fuimos las cinco juntas. Durante los días que estuvo en Valencia, Cayetana de Alba se interesó por cada una de las damas que la acompañábamos. Enseguida se aprendió nuestros nombres y nos preguntaba por la familia, el trabajo... En aquel viaje la acompañaba su primer marido, Luis Martínez de Irujo y recuerdo que las cuatro damas estábamos embelesadas, ya que era un hombre muy guapo. La duquesa se daba cuenta, pero se lo tomaba con humor y nos decía que más bien parecíamos la corte de su marido porque pasábamos más tiempo con él que con ella.

Años más tarde tuve la oportunidad de compartir todos estos recuerdos con la duquesa de Alba en Sevilla, durante la boda de la infanta Elena. Fue muy gratificante comprobar que ella también recordaba con cariño aquella semana como Fallera en las fiestas grandes de Valencia.