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Vámonos de viaje

Ámsterdam: en la tela de araña de los canales

La historia de la capital holandesa está ligada a su éxito comercial, que modeló en parte su fisonomía

Ámsterdam: en la tela de araña de los canales

Ámsterdam: en la tela de araña de los canales

La ciudad de Ámsterdam creció durante siglos como uno de los puertos más importantes de Europa. La prosperidad de la capital holandesa está ligada a una historia de éxito comercial que modeló también gran parte de su fisonomía -como en sus emblemáticos canales- y contribuyó, con su inevitable intercambio cultural, a convertirla en un paradigma liberal y de tolerancia.

Aunque no sin polémica, Ámsterdam sigue ostentando esta fama al menos en dos de sus fenómenos más pintorescos: los coffeeshops y el Barrio Rojo.

En esta ciudad, hay que tomar con normalidad que se compre y se fume una amplia variedad de tipos de marihuana o hachís en unos locales, los coffeshops, en los que, curiosamente, no se sirve alcohol. Hoy, diseminados por gran parte de la ciudad, siguen siendo uno de sus reclamos turísticos.

Pero seguramente impacta más la crudeza con la que la prostitución se exhibe en el mismo centro histórico. Bajo sus luces de neón y sus faroles, los escaparates a pie de calle del Barrio Rojo abren y cierran sus cortinas día y noche ante una riada de paseantes, curiosos o turistas, familias, menores o mayores. A veces, a ambos lados de calles tan estrechas que apenas entran dos personas. Otras, en las zonas más expuestas de los márgenes de un canal. O incluso frente a una iglesia, como sucede con los que circundan la Oude Kerk, el templo más antiguo de la ciudad y uno de los edificios más emblemáticos, con su carrillón de 47 campanas. Solo el tránsito sin fin de gente y la animación de los bares confiere una cierta normalidad a la sucesión de escaparates y locales de espectáculos sexuales.

Hoy, la Oude Kerk, la "iglesia vieja", conserva la estructura de su última gran reforma, del siglo XVI, pero alberga más eventos de tipo laico que religioso en un interior desprovisto de su decoración original, arrasada en el mismo siglo por los iconoclastas calvinistas.

La expansión del Siglo de Oro

En Ámsterdam, como en gran parte de Europa, el triunfo del protestantismo plasmado en la historia de esta iglesia fue también una palanca fundamental en el despegue del capitalismo. La nueva ética religiosa favoreció el desarrollo de una pujante burguesía, clave en la expansión de la urbe más allá de sus límites medievales. Superando el canal Singel, los comerciantes se instalaron a partir del siglo XVII a lo largo de tres nuevos, el Herengracht (el canal de los caballeros), el Keizersgracht (del emperador) y el Prinsengracht (del príncipe), el canal de la casa de Ana Frank.

En sus orillas, las clases pudientes levantaron algunos de los mejores ejemplos de la arquitectura civil de la ciudad. A lo largo de su trazado radial, como el de una tela de araña, el visitante puede disfrutar de la postal más amable de Ámsterdam: los puentes sobre las láminas de agua, las flores de sus barandillas, las entrañables casas flotantes y las bicis, auténtico símbolo popular de la ciudad, omnipresentes. Todo realzado por las altas y estrechas fachadas de sus casas señoriales y, a la vez, tan racionales. Su extraña fisonomía, por ejemplo, responde a un mero motivo práctico: los propietarios pagaban impuestos en función de su anchura. Por eso, algunas otras de la ciudad adelgazaron hasta el extremo. Al contrario que sus ventanas, que multiplicaban su tamaño no solo para captar la luz, sino también para abrir paso a mercancías y muebles que nunca podrían subir por sus estrechas escaleras.

Los hastiales, las coronas de Ámsterdam

Las vigas y los casi amenazantes ganchos que coronan las casas eran imprescindibles para resolver el problema, con el uso de poleas. El visitante observador podrá ver cómo sobresalen de las fachadas -vencidas algunas a uno u otro lado por la problemática cimentación- de la parte cimera, esa en la que muchos de estos edificios lucen su elemento más ornamental: el hastial o piñón. El remate testero, apoyo de los profundos tejados a dos aguas, confiere una personalidad especial a la arquitectura de la ciudad y distingue a unas casas de otras. Cada época originó su propio estilo y hoy se pueden apreciar todos ellos especialmente en los edificios de estos tres grandes canales: escalonados, rectos, en forma de cuello o acampanados y con diferentes añadidos. Los hastiales son las coronas de esta arquitectura civil en la capital de un reino más decantada por la razón práctica que por la ostentación monumental, encarnada apenas en la imponente aunque casi discordante mole del palacio real.

Vistas desde una de las torres del palacio. / M.C.

Panorámica del pueblo desde el palacio./ M.C.

Palacio Real de Olite./ M.C.

El complejo está rodeado de viñedos./ M.C

Las enredaderas le dan un aire más característico./ M.C

Una de las calles del pueblo./ M.C

Parte de la Galería Dorada./ M.C

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Parte de la Galería Dorada./ M.C

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Más allá de estos tres canales, la ciudad se abre de nuevo entre miles de bicis, tranvías y más bicis en las que los padres pasean a niños y bebés en cajas, literalmente, sin cinturones ni cascos, y respira autenticidad en barrios de crecimiento posterior, como Jordaan, De Pijp o Plantage. Y tierra adentro, y también en la antiguas dársenas portuarias, en su secular lucha con el mar, Ámsterdam ha seguido expandiéndose sin descuidar su arquitectura, singular y sobre todo funcional, con sus casas tan habitualmente abiertas sin pudor a la calle a través de sus grandes ventanas casi siempre sin persianas ni cortinas.

El barrio de los museos

En otra muestra de racionalidad, Ámsterdam reúne sus tres más importantes museos de arte, el Rijksmuseum, el Van Gogh y el Stedelijk, en la misma zona de la ciudad. El primero, museo nacional, alberga la mayor colección de arte del país, con pinturas de los grandes artistas holandeses, como Rembrandt. El Museo Van Gogh expone gran parte de las obras del pintor junto a otras vinculadas de una u otra manera al 'genio del pelo rojo', mientras que el Stedelijk está dedicado al arte contemporáneo.

La casa de Ana Frank

En el número 267 del canal Prinsengracht se puede visitar la casa donde residió Ana Frank y su familia durante la ocupación nazi, antes de ser descubiertos y enviados a campos de concentración. El espacio, la parte trasera de un antiguo almacén del padre de Ana, recrea en sus estancias, convertidas en un museo, la angustia y las esperanzas que reflejó en su diario.

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